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El Plan Asia-Pacífico: ¿Los últimos de Filipinas?
Por Xulio Ríos (Papeles de Cuestiones Internacionales nº 85, primavera/2004)
 
 

Una de las principales señas de identidad de la diplomacia española en el segundo mandato (2000-2004) del gobierno Aznar ha sido el “retorno a la cuenca del Pacífico”, en feliz expresión de Ion de la Riva, director de Casa Asia(1). Bien es verdad que ya en el discurso de investidura de 1996 el candidato popular había realizado alguna mención a la importancia de estar presente en esta región, especialmente en lo económico y comercial, pero sin que de esas palabras se derivara gesto alguno, generoso en contenido o en acciones, ni directa ni indirectamente.

A partir de 2000, ya en su segundo y último mandato, especialmente a partir de la reunión de Embajadores de España en Asia-Pacífico celebrada en Manila el 30 de Junio de 2000, la retórica comenzó a tomar forma documental. El Plan Marco Asia-Pacífico –en adelante, el Plan-, liderado por el Ministerio de Economía y con la participación y apoyo de otros departamentos, en especial Exteriores, vendría a concretar la respuesta de España a los desafíos que planteaba una región que aglutina al 56% de la población del planeta y que genera el 25% del PIB mundial(2). El Plan convertía a Asia en uno de los ejes de la política exterior española, procurando medidas en diversas órdenes (económico y comercial, obviamente, pero también en lo político, cultural y en materia de cooperación al desarrollo) y dibujando un amplio conjunto de estrategias, instrumentos y acciones que debían servir para paliar la escandalosa ausencia de España en la zona que todos los analistas y observadores reconocen como de mayor importancia y proyección estratégica en el siglo XXI(3).

¿Por qué un Plan para Asia-Pacífico? Podemos hablar de dos razones fundamentales: por la importancia geoestratégica y económica de la región y por la necesidad de establecer unas mínimas pautas que sirvan de orientación a los diferentes actores políticos, económicos, sociales y culturales llamados a estar presentes en esa parte del globo. Ciertamente, desde el punto de vista estratégico, toda Asia ha venido ganando en importancia en las últimas décadas. La nueva situación generada en Asia Central a partir del 11S, la guerra de Afganistán, el contencioso coreano o el indo-paquistaní, la emergencia de China y el conflicto con Taiwán, la amplitud del fenómeno islamista en toda la zona, etc., son datos conocidos que dan cuenta de la persistencia de tensiones que pueden eclosionar de forma violenta en cualquier momento si no se disponen mecanismos institucionalizados para gestionar las crisis de forma preventiva.

A ese magma debemos añadir la variable del crecimiento. El mundo, se ha dicho hasta la saciedad, comienza a girar en Asia. A la vista del sorprendente y continuado crecimiento chino –y también el indio– o la rápida recuperación de las economías de los dragones asiáticos, nadie se cuestiona la importancia del área entendida como mercado. Además, presenta en su conjunto la mayor estabilidad de precios entre los países en vías de desarrollo, el menor ratio deuda externa/PIB, y un riesgo país a medio y largo plazo reducido, además de otras características destacables.

España necesitaba, por tanto, aminorar las muchas desventajas derivadas de llegar tarde a esta región, a pesar de que nuestra presencia en la zona es bien antigua. Como ha señalado Arturo Avello, Embajador en Misión Especial para el Plan, otros países, incluidos los de nuestro entorno, llevan décadas de ventajas, mientras que España, que tenía una rica tradición asiatista truncada al final del siglo XIX, se encuentra mal situada ante los desafíos en presencia en esa región, habiendo casi desaparecido Asia del imaginario colectivo(4). Ciertamente, España ha estado muy alejada de Asia (salvo, quizás de Filipinas): pocas embajadas, pocos consulados –apenas el 7% de funcionarios españoles destinados en el extranjero lo están en esta zona-, poco intercambio de visitas de alto nivel, poca presencia en los debates y en los foros en los que se discute del porvenir de la región en cualquier materia, y esas carencias complican nuestras posibilidades en la zona, habida cuenta que se trata de variables y factores que exigen un relativamente dilatado horizonte temporal para su corrección.

El Plan Asia(5) ha logrado, en primer lugar, propiciar una reflexión general sobre nuestra posición en dicho continente e incorporar una dimensión asiática a la diplomacia española, escasamente presente hasta entonces. Además, es el resultado de una iniciativa que toma buena nota de las circunstancias cambiantes del mundo en que vivimos y de la necesidad de generar respuestas más que aguardar los efectos. La formulación del Plan Asia ha sido un acierto, sobre todo porque evidencia un cierto despertar de la diplomacia española, quizás más acostumbrada a las inercias que a la creatividad.

Pero la eficacia general del Plan debía medirse a través de los resultados en el ámbito económico, principalmente. De 2000 a 2002, España consiguió multiplicar por seis su inversión en la zona, pasando de 252 millones de euros a 1.496 millones. Pero se trata, a pesar del avance, de un nivel muy modesto, apenas relevante en el conjunto de los 117.000 millones de euros invertidos en el exterior en ese periodo. En el capitulo de inversiones, Asia no alcanza el medio punto del total, influenciado tanto por la predominante orientación americana de nuestros flujos exteriores como por las limitaciones que aún existen en muchos países asiáticos a la presencia extranjera en sectores en los que España podría hacer notar su valor tradicional (turismo, telecomunicaciones o energía, por ejemplo).

Por otra parte, la fragilidad económica de la región y la incertidumbre internacional de los últimos años, unida a las epidemias y otras calamidades, no han permitido un despegue destacable del comercio exterior, que ha presentado cifras de crecimiento relativamente modestas. Nuestra cuota de mercado sigue siendo muy reducida y nuestros productos y empresas no disponen aún de una imagen consolidada que las haga más apetecibles. En el primer bienio del Plan, el crecimiento de las exportaciones ha sido del 27%, pero sin conseguir superar el 3% de nuestras exportaciones totales(6). La tercera parte del déficit comercial exterior español corresponde a la región. Si bien China destaca ya como primer destino de nuestras exportaciones, superando a Japón, en varias de las plazas más importantes (Hong Kong, Corea del Sur, Malasia, Tailandia o Indonesia) no se ha alcanzado aún el nivel de exportación de antes de la crisis de 1998.

El Plan ha tenido repercusiones positivas en otros órdenes. Se han multiplicado los contactos entre autoridades, institucionalizando el diálogo político con China, Japón, Filipinas e Indonesia y acometiendo numerosos viajes y visitas a la región. Se han desarrollado múltiples actividades de promoción orientadas a dar a conocer un país que es un gran desconocido en la región y del que abundan numerosos estereotipos alejados de la imagen contemporánea de modernidad y pluralidad; se han asegurado estructuras importantes como los Comités de Hombres de Negocios; se ha abierto una oficina de turismo en Beijing; una nueva Embajada en Singapur, con un ligero refuerzo del personal diplomático; o ampliado y mejorado los instrumentos financieros para facilitar la presencia de empresas españolas en la zona. Quedan por resolver aspectos neurálgicos como los enlaces directos en vuelo regular, hoy inexistentes con ninguna capital asiática.

En el orden cultural, se ha propiciado cierto impulso a estas actividades, multiplicando una presencia que antes se antojaba muy limitada. En la península, la creación de Casa Asia en Barcelona ha sido el mayor de los aciertos, al disponer de un fuerte dinamismo y una eficaz gestión, acompañada de la creación de Casa de la India en Valladolid y el Centro Cultural Hispano-Japonés en Salamanca.

A modo de valoración final, en si misma, la aparición de la formulación y del propio Plan solo cabe valorarse como muy positiva. Otra cosa es que sus ambiciosos contenidos puedan ser creíbles, especialmente cuando los compromisos presupuestarios subsiguientes nunca han estado a la altura de las formulaciones recogidas en el documento(7). Sin ese componente, obviamente era comprensible que muchos cuestionasen la capacidad del Plan para asegurar los objetivos que se había marcado, pero sin duda su formulación ha servido para estimular un debate antes inexistente y ha permitido además poner en marcha infraestructuras de gran importancia, estimular una cualificada presencia en la Fundación Asia-Europa, o propiciar un mayor desarrollo de los estudios académicos. Pero sobre todo ha despertado el interés de los empresarios, de la sociedad y ha abierto en la diplomacia española, directamente o a través de las instituciones comunitarias –con marcos de cooperación con la región desde hace más de veinte años-, una preocupación por destacarse en el desarrollo de iniciativas que revelen una clara vocación de incidencia mayor en la zona.

Asuma o no España responsabilidades a escala global, circunstancia en la que el ex presidente Aznar ha venido justificando en los últimos tiempos algunas de sus más polémicas decisiones en política exterior, es necesario perseverar en esta política, reforzando la necesidad de asumir el reto de Asia.

Perseverar significa, en primer lugar, definir objetivos realistas que cuenten con el mínimo e indispensable contrapunto económico para facilitar su realización. En segundo lugar, sin perjuicio de la dimensión económico-comercial e inversora, es importante atender a los aspectos culturales que pueden ayudar a facilitar el entendimiento y la comunicación sentando las bases para un intercambio de mayor contenido y consistencia, evitando los brotes de incomprensión y de odio hacia el que es diferente. También el orden diplomático, aumentando la presencia española y estimulando la dimensión política, de una gran importancia en una región en la que lo institucional conserva aún la llave de muchas puertas.

La cooperación es otro ámbito en el que el Plan debe acentuar su presencia. La AECI, que ha elaborado un Plan para Asia-Pacífico 2003-2004 se ha concentrado en Filipinas, China y Vietnam, con una probable ampliación a Indonesia, un grupo a todas luces limitado. Resulta especialmente importante incorporar la dimensión inmigratoria en las políticas de cooperación. Por otra parte, es fundamental prestar atención también a la cooperación científica y tecnológica, atendiendo a la producción de proyectos conjuntos de interés bilateral y recíproco.

La política española hacia Asia, por último, debiera ser coherente con la de la Unión Europea y contemplar la necesidad de influir en ella(8). Nuestro peso en la zona es menor que el de los países grandes e incluso medianos. Ponerse al día exigirá un gran esfuerzo, pero podemos enriquecer la política europea propiciando esquemas triangulares de cooperación, resaltando y haciendo valer nuestra condición de puente entre dos continentes: América Latina y Asia.

El nuevo gobierno socialista tendrá en Asia uno de los referentes esenciales de la acción exterior(9). Solo cabe esperar un nuevo Plan, que ponga mayor énfasis en lo político, en la dimensión cooperativa y cultural, y que fortalezca y afiance la dimensión económica y comercial. El retorno a la cuenca del Pacífico debe ser para quedarse.

 
 

 

Notas:

(1) Riva, Ion de la. Retorno a la cuenca del Pacífico. Polítca Exterior, nº 85, enero/febrero 2002, pág 21 a 25.

(2) Costa, Juan. La política del ICEX en Asia. Economía Exterior nº 15, 2000/01, pág 45 a 49.

(3) Nadal, Miquel. La exportación española a Asia. Economía Exterior nº 15, 2000/01, pág 7 a 13.

(4) Informe de Seguimiento del Plan Asia-Pacífico (2000-2004), Ministerio de Asuntos Exteriores. Se puede consultar en www.iberglobal.com/.

(5) Un resumen ejecutivo del Plan Marco Asia-Pacífico puede consultarse a través de la revista del ICEX, El Exportador, que se puede visitar en: www.el-exportador.com.

(6) Utrera Mora, Francisco. El plan Asia-Pacífico. El Mundo, 1 de marzo de 2004.

(7) San Severino, Roque. Una valoración de la política española en Asia: una iniciativa necesaria con medios inadecuados. En www.iberglobal.com/.

(8) Cid Peiteado, Alberte. El viraje de España hacia Asia-Pacífico: una “dimensión en ciernes”, en Observatorio de Política Exterior Europea 06/2004.

(9) Jiménez, Trinidad. Elementos estratégicos de la relación entre España y Asia-Pacífico. En “El nuevo orden internacional en Asia-Pacífico”, Pablo Bustelo y Fernando Delage –coordinadores–. Editorial Pirámide, 2002, pág 383-388.

 

Xulio Ríos es director del IGADI.

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