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China y Japón tienen mucho de que hablar

 Yasuo Fukuda en Qufu; clic para aumentar
Cuando Yasuo Fukuda visitó China en diciembre último, se trasladó a Qufu, la ciudad donde nació Confucio, significando así la existencia de ese tronco civilizatorio compartido. ¿Es suficiente para dilucidar una estrategia que permita afianzar el binomio autonomía-soberanía frente al poder occidental?
 

La visita oficial a Japón del presidente chino, Hu Jintao, debería contribuir de modo muy significativo a la definición de un nuevo marco de relaciones bilaterales. Y quizás a algo más. El primer ministro nipón, Yasuo Fukuda, es un decidido partidario de estrechar las relaciones con China, proceso que entiende debe desarrollarse a la par que la normalización de su proyección exterior en el escenario regional y mundial y que constituye el núcleo central de la revisión constitucional que tomará cuerpo a partir de 2010.

El hostil mandato de Junichiro Koizumi y la subsiguiente inestabilidad política en el Japón de su sucesor, Shinzo Abe, permiten afirmar que la última ha sido una década ciertamente perdida en las relaciones bilaterales. Desde 1998, ningún jefe de Estado chino ha vuelto a pisar tierras japonesas. No obstante, los intercambios económicos se han mantenido y en ambos países se comprende la importancia de fortalecer la confianza bilateral. No solo en atención a la necesidad de normalizar relaciones entre países vecinos tan importantes, sino también porque dificilmente habrá nuevo Japón si quienes lideran esa transformación no acercan posiciones con China.

En lo inmediato, en la agenda abundan los habituales contenciosos, que no son pocos: la responsabilidad histórica de Japón (esclavas sexuales, trabajo forzoso, la presentación de los conflictos armados recientes en los manuales de estudio, las visitas a Yasukuni), la retirada de las armas químicas que las tropas niponas abandonaron en el noroeste chino, Taiwán, y las disputas territoriales en los mares de China oriental y meridional que, en buena medida, explicitan conflictos por el control de la explotación de importantes bolsas de recursos energéticos.

Pero lo que puede contribuir a que el encuentro entre Hu y Fukuda tenga un impacto que vaya más allá de lo coyuntural, donde podría haber también novedades a modo de gestos que ilustren la nueva atmósfera bilateral (por ejemplo, anunciando acuerdos en el litigio por los derechos de explotación del gas natural en el mar de China oriental), radica en la plasmación de afinidades más profundas.

Fukuda es respetado en China y su visita en diciembre pasado marcó un punto de inflexión en el tratamiento no solo de los diferendos bilaterales, sino también en la comprensión y acuerdo de sus respectivas ambiciones. Y si hay más voluntad, ¿serán capaces China y Japón de llegar a compartir el liderazgo asiático? Pudiera parecer una hipótesis lejana pero indispensable para imaginar otra Asia en el mundo, acorde con su protagonismo económico. Para ello, no solo Japón debe sincerar su introspección, sino que también China debe deconstruir esa beligerancia permanente que estimula los rencores de su población. Por otra parte, el nuevo clima que puede iniciarse en las relaciones entre Taipei y Beijing exigirá de Tokio el cese de sus ambiguedades estratégicas en el estrecho de Taiwán.

Japón muestra evidentes deseos de liberarse de su pasado y afirmarse como un actor internacional potente y emancipado. China no puede confiar exclusivamente en que Estados Unidos modere esas ambiciones o, peor aún, las instrumentalice en su propio beneficio (prestando apoyo, como ha venido haciendo, a las aventuras belicistas de Washington), lo que podría acentuar la pinza de contención sobre sí misma. La otra opción consistiría en fortalecer las relaciones económicas (China compra a Japón más del doble que a Estados Unidos) y aprovechar las ventajas estratégicas del entendimiento bilateral, significadamente, la reducción de la influencia estadounidense en el continente asiático. Ello supondría un gran esfuerzo de ambas partes, pues Japón debe “independizarse” de Occidente, asiatizar su política e implicarse en una visión de China que apueste sin temor por su modernización; y esta debe vencer no pocos obstáculos psicológicos y conceptuales.

En este encuentro, Hu y Fukuda afrontarán las dificultades surgidas en el diálogo de los últimos años, pero, sobre todo, les cabe explorar las posibilidades de combinar sus mutuas aspiraciones estratégicas con una reivindicación de las raíces culturales comunes. Cuando Fukuda visitó China en diciembre último, se trasladó a Qufu, la ciudad donde nació Confucio, significando así la existencia de ese tronco civilizatorio compartido. ¿Es suficiente para dilucidar una estrategia que permita afianzar el binomio autonomía-soberanía frente al poder occidental?

China y Japón pueden desempeñar mutuamente un positivo papel en las respectivas economías, pero ¿aceptará China la revisión del poder militar, hoy limitado, de Tokio y el establecimiento de un marco de seguridad basado en la transparencia y relaciones de confianza que aleje las previsibles denuncias del resurgir del nacionalismo e imperialismo nipón? Y aún sin entendimiento, ¿está en condiciones de evitarlo si llega a producirse?

El nuevo clima que puede abrirse en el estrecho de Taiwán en los próximos meses puede tener mayores impactos. Ese fin de la guerra fría particular entre Beijing y Taipei, puede influir no solo en el futuro de la peninsula coreana (donde la guerra fría no se ha disipado), sino también en la apertura de un nuevo tiempo en las relaciones entre Beijing y Tokio, sustituyendo la paz fría de los últimos años por una nueva actitud en lo político y estratégico y, no menos importante, en el plano de los sentimientos y mutuas percepciones.