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EEUU e Hispanoamérica: Entre el mosaico de comunidades y la comunidad homogénea

Iberoamérica y Estados Unidos confrontaron problemas muy distintos al momento de acceder a sus respectivas independencias. De alguna manera cada uno adolecía de lo que al otro le sobraba. Bien valdría la pena pasearnos por ambos escenarios.
Liñas de investigación Relacións Internacionais
Apartados xeográficos Estados Unidos Latinoamérica
Palabras chave Hispanoamérica EEUU

El caballero de Ciudad de México

La centralización resultó el fenómeno más notorio en la Iberoamérica colonial. Hispanoamérica, sin embargo, sintió sus efectos de manera más notoria, y por mucho más tiempo, que Brasil. El peso aplastante de normas y regulaciones definió la relación de la Corona Española con sus colonias de allende el Atlántico. Para 1635, 400 mil decretos habían sido emitidos en relación a estas últimas. Ello equivalía a 2.500 decretos por año desde el momento mismo de la llegada de Colón. (Veliz, 1980, p. 43). La única defensa frente a este ímpetu centralizador fue la distancia, la cual permitía un nivel fáctico, que no jurídico, de autonomía.

Las más pequeña de las decisiones con respecto a marcha de las colonias hispanoamericanas debían ser remitidas a la metrópolis. Los asuntos eclesiásticos no constituyeron la excepción. Según Juan García Icazbalceta: “Sin autorización del Rey no se podía establecer ninguna Iglesia, monasterio u hospital, ni se podían crear obispados o parroquias. Ningún sacerdote podía cruzar a América sin un permiso real”. (Veliz, 1980, p. 40). Sólo al nivel más bajo, representado por los cabildos coloniales, podían los criollos (españoles nacidos en las Américas) tener una participación directa.

Esta obsesión centralizadora uniformó a las posesiones de España en América. Como bien señalaba John Elliot, durante la época colonial un caballero de la Ciudad de México que visitara a Lima, 2.600 millas al sur, se habría sentido completamente en casa. En efecto, “las instituciones cívicas eran idénticas; las formas de culto las mismas”. (Elliot, 2014, p.177). El impulso uniformador español, que abarcaba hasta el mínimo detalle, hizo de todo su imperio americano una suerte de comunidad homogénea.

El joven John Adams

El contraste con las colonias inglesas de América del Norte no podía resultar mayor. Allí prevaleció una amplia autonomía política. Las asambleas coloniales, que trabajaban en conjunción con un gobernador británico cuyo salario ellas pagaban, tenían una amplia autoridad sobre los bienes públicos, los derechos de propiedad, la libertad religiosa y la aplicación de contratos. En palabras de John Elliot, la América británica “era una sociedad cuyas instituciones políticas y administrativas lejos de ser impuestas desde arriba, evolucionaban desde abajo”. (Elliot, 2014, p. 134).

De hecho, durante los cien años que precedieron a la Guerra de los Siete Años (la cual tuvo lugar entre 1756 y 1763), Londres otorgó amplia libertad política local a los colonos, a cambio de que estos aceptaran subordinarse al control “ligero” de la metrópolis. Como explica John Lewis Gaddis, refiriéndose a la colonización británica en América: “La violencia [en la metrópoli] multiplicó las razones para la emigración, al igual que la promesa de que a la llegada a América, los colonos disfrutarían de oportunidades comerciales, tolerancia a su escogencia religiosa y de un gobierno más ligero. Los problemas domésticos, incluso durante [el experimento republicano de] Cromwell (…), no dejaron más opción a Londres que la de permitir un ‘mosaico de comunidades’ colonial. Cuando Carlos II hizo de la ligereza su camino hacia la restauración monárquica en 1660, la heterogeneidad se había consolidado al otro lado del Atlántico” (Gaddis, 2019, p. 162).

Sin embargo, el gobierno de mano blanda y la tolerancia de credos, en las colonias, pudo haberse descarrilado si la llamada Revolución Gloriosa no hubiera depuesto a Jacobo II (hermano de Carlos II) en 1688. El objetivo de este era devolver a Gran Bretaña al culto católico y administrar al país y a sus colonias de acuerdo al modelo centralista francés de Luis XIV.

El aborto temprano de las ambiciones de Jacobo II, garantizó que el “mosaico de comunidades” de las colonias británicas en América del Norte pudiera seguir su curso sin perturbaciones. Cada colonia con su propio parlamento, sus propias leyes, su propio credo religioso y su propia visión de la sociedad deseada. Tanto es así que, si varias décadas más tarde, un John Adams joven (uno de los padres fundadores de Estados Unidos originario de Massachussets), hubiese visitado a los plantadores de Virginia o a los esclavistas de Carolina del Sur, habría sentido un choque cultural tan grande como si estuviese en otro continente. (Gaddis, 2019, p. 162). El contraste con el caballero de la Ciudad de México de visita en Lima, aludido por John Elliot, no podía resultar mayor.

La independencia y sus retos

Tan exitoso fue el experimento estadounidense que, según Robert Harvey: “Las trece colonias, lejos de comportarse como subordinadas al dominio británico, se consideraban en pie de igualdad con la madre patria. Tenían sus propios parlamentos y sistemas políticos. Elegían a sus propios funcionarios. Eran hombres libres, mucho más libres de hecho, que los ciudadanos de Gran Bretaña (…) Proporcionaban sus propias fuerzas de defensa”. (Harvey, 2001, p. 43).

Los problemas para los colonos comenzaron cuando Gran Bretaña ganó la Guerra de los Siete Años contra Francia. Por un lado, Londres se encontró ante una gran deuda por pagar como resultado del conflicto. Por otro lado, había adquirido un enorme imperio en las Américas (todas las antiguas posesiones francesas en Canadá), lo cual hacía mucho menos relevantes a las trece colonias norteamericanas. Gran Bretaña, como resultado, no sólo presionó a los futuros Estados Unidos para que financiaran una parte de esa deuda, sino que buscó ejercer un control más centralizado sobre dicho territorio. Esto, no sólo porque su ámbito colonial se había ampliado considerablemente y exigía de mayor uniformidad política, sino porque sin la amenaza representada por los vecinos franceses más al norte, las trece colonias se hacían más dependientes de su dominio.

Una espiral de acción y reacción comenzó así a tomar forma, con Londres aumentando su control y las colonias incrementando su desafío. De la misma manera en que el Reino Unido sentía que la eliminación de la amenaza francesa hacía que sus colonias dependieran más de él, los colonos se sintieron menos necesitados de la protección británica. La guerra, bajo estas condiciones, se tornó inevitable. (Harvey, 2001, p. 44).

Una guerra de la cual los colonos rebeldes emergieron victoriosos, permitiendo el surgimiento de los Estados Unidos. Habiendo tenido una larga experiencia en la gestión de sus propios parlamentos y en la toma de sus propias decisiones políticas, los habitantes de este nuevo país se encontraban más que preparados para la independencia.

Una vez más, el contraste con sus vecinos hispanoparlantes del sur no podría haber sido mayor. Cuando estos últimos alcanzaron su independencia de Madrid, algunas décadas más tarde, se encontraron totalmente desvalidos frente a los nuevos retos. Después de haber conocido tan sólo la más extrema de las centralizaciones, durante trescientos años, su inexperiencia política era total. Para ellos, la independencia equivalía a la decapitación repentina de todas sus estructuras políticas y sociales.

Sin embargo, si el saber gobernarse a sí mismos no era un problema para los emergentes Estados Unidos, la heterogeneidad sí lo era. Fusionar en una sola nación a este mosaico de comunidades no era, en efecto, tarea fácil. Así las cosas, mientras los nuevos estados hispanoamericanos carecían por entero de experiencia para el autogobierno, disfrutaban por el contrario de importantes niveles de uniformidad. Ello les hubiera permitido, como tanto insistió Simón Bolívar, encontrar en la fusión, en las fórmulas confederativas y a través de las alianzas, las vías adecuadas para superar las propias debilidades y enfrentar los retos comunes. Según su famosa frase: “La Patria es América”. La infancia política propia de la región se convirtió, sin embargo, en el mayor obstáculo para lograr este propósito. La proliferación de cacicazgos y las visiones parroquiales impidieron hacer realidad el sueño de Bolívar. Los países hispanoamericanos, como consecuencia, debieron avanzar en solitario y a tientas, haciendo de su debilidad su signo distintivo. Una debilidad que los haría víctimas de los impulsos predatorios de los poderosos.

Gracias a su madurez política, por el contrario, los habitantes de Estados Unidos lograron alcanzar la unión a pesar de su diversidad. Sin embargo, al no poder resolver el problema de la esclavitud, dos visiones enfrentadas de sociedad permanecieron como legado para las generaciones sucesivas. Más aún, los límites entre la autoridad de los estados y la de la Unión quedaron deliberadamente vagos en su proyecto fundacional, ante la incapacidad de los padres fundadores de dar respuesta a este problema. Ambos temas eran, en efecto, producto de su heterogeneidad. Al entremezclarse, los mismos terminarían creando las condiciones para que en la segunda mitad del siglo XIX el país se viese sometido a una cruenta guerra civil.

Como fuese, el mosaico de comunidades anglosajón se fusionó en un Estado unitario, mientras que la comunidad homogénea de Hispanoamérica dio lugar dieciocho países.

Referencias:

Elliot, John H. (2006). Empires of the Atlantic: Britain and Spain in America. New Haven: Yale University Press.

Gaddis, John Lewis (2019). On Grand Strategy. London: Penguin Books.

Harvey, Robert (2001). A Few Bloody Noses: The American War of Independence. London: John Murray.

Véliz, Claudio (1980). The Centralist Tradition of Latin America. Princeton: Princeton University Press.