Celebradas en un clima de escasas expectativas, las elecciones legislativas en Israel muestran un contradictorio panorama en varias direcciones. Por un lado, se observa un cambio histórico, ya que un partido recién formado, el Kadima, y un político gris y poco conocido, Ehud Olmert, rompieron con la tradicional bipolaridad asentada sobre el partido Likud y sobre el partido Laborista, vigente prácticamente desde la creación del Estado de Israel en 1948.
Sin embargo, este cambio obedece más a factores casuales y accidentados que a una convincente manifestación política, lo cual se refleja también en los nuevos líderes políticos. Olmert, su colaboradora Tzipi Livni, el laborista Amir Peretz, incluso el ex primer ministro Benjamín Netanyahu, ninguno de ellos se corresponde con elite militar que construyó el Estado israelí ni enfoca parte de su autoridad en aspectos carismáticos, otorgados por el peso, mítico y real, de la historia reciente. Sea por razones biológicas o políticas, los "padres de la nación", llámense Yitzhak Rabin, Ariel Sharon o Shimon Peres, dejaron de ser factores de peso en la política israelí.
El cambio generacional que hoy ocupa los altos puestos de la dirigencia nacional parece un hecho consumado, aunque esto no necesariamente garantice un cambio en la mentalidad y la cultura política israelí. A pesar de que todo cambio tiende a reflejar ciertas sensaciones positivas (y el caso israelí no es una excepción) existen otros síntomas que arrojan claroscuros a un panorama que no deja de ser preocupante.
Si el arrollador triunfo de Hamas en Palestina supone un hecho aún difícilmente digerible para los principales actores del conflicto en Oriente Medio, aún no sabemos hasta qué punto se lograrán analizar las claves políticas que dejan las recientes elecciones legislativas israelíes.
La crisis más visible
En Israel se aprecia un clima de cierto desencanto, apatía y atomización sociopolítica. Sólo un 22% de los cinco millones de israelíes (en un país de poco más de 6 millones y medio de personas), fueron a votar. Esta apática respuesta del electorado supone un contundente mensaje hacia unos candidatos cuya campaña estuvo más bien enfocada en la sucesión de Sharon, el triunfo del islamista Hamas en Palestina y la amenaza del programa nuclear iraní.
Un reciente estudio del Instituto del Seguro Social revela que un 25% de la sociedad israelí vive en el umbral de la pobreza. Este elevado índice advierte sobre un problema oculto en el debate político y social de una nación demasiado enfocada en sus imperativos militares y de seguridad, cuyo presupuesto de defensa alcanza los $9.900 millones, un 7,2% del PIB, y lo mantiene como socio militar privilegiado de la superpotencia estadounidense. Con Sharon agonizando y Oriente Medio en fase de incierta convulsión, los candidatos apenas afrontaron con profundidad temas que hoy sobresalen en el espacio público como la pobreza y la desigualdad socioeconómica.
En medio de esta apatía y falta de expectativas, ninguno de los candidatos imprimió algún sentido emotivo a una campaña que, según medios israelíes, pasó con más pena que gloria. Si este desinterés, en un momento clave por las evidentes transformaciones geopolíticas regionales, obedece a algún tipo de banalización sociopolítica e incapacidad por encontrar alternativas, el futuro del nuevo Israel que surgió el pasado martes 28 de marzo podría ser una bomba de relojería aún más explosiva de lo que se piensa.
Un parlamento "balcanizado"
Con esta elevada abstención, Olmert y el Kadima obtuvieron un 21,35 de los votos, lo cual le otorga 28 diputados que lo obligarán a realizar negociaciones con los otros partidos para poder formar gobierno. Los laboristas de Peretz se alzaron con el 20% de los votos, en total 20 diputados, una baza importante para un futuro gobierno de coalición, rememorando el "gobierno de unidad nacional" que recientemente formaran Sharon y Peres.
El panorama político y legislativo se complementa con el descalabro del derechista Likud, superado por una nueva formación ultranacionalista y religiosa, el Israel Beitanu, hoy tercera fuerza política parlamentaria, superando a su vez al partido ultrarreligioso Shas. El Partido Unión Nacional-Partido Nacional Religioso mantuvo su cuota parlamentaria junto al Partido de la Torah y el Judaísmo, mientras otro nuevo movimiento, el Partido de los Pensionistas, liderado por el mítico agente del Mossad, Rafi Eitan, también ingresó en el Parlamento. Con este cuadro preliminar, Olmert ya dibujó una posible estrategia de coalición con Shas y los pensionistas.
Resulta evidente que la elevada abstención y la marcada multipolaridad política favorecieron a los hasta ahora minoritarios partidos nacionalistas de derecha y religiosos. El partido de los ciudadanos árabes israelíes sigue manteniendo su representación en un parlamento "balcanizado" en diversos partidos religiosos y nacionalistas, cuyas notables posibilidades para influir en las decisiones (y, por lo tanto, en el futuro político) del nuevo gobierno de coalición se harán sentir en materias como las negociaciones de paz con los palestinos y el evidente déficit demográfico israelí.
En el nuevo Israel, habrá que tomar nota de un actor político al que estas elecciones catapultan hacia el estrellato: Avigdor Lieberman, líder del Israel Beitanu, partido formado por la masiva e influyente inmigración judía rusa. Su posición recalcitrante hacia el proceso de paz con los palestinos augura momentos tensos y complicados para Olmert, mientras la comunidad internacional aún analiza con cautela el nuevo panorama político israelí. Dependiendo de la coyuntura, Lieberman podría tener acogida en el deslucido Likud y, posiblemente, en los otros dos partidos religiosos y nacionalistas a la hora de legislar.
¿Qué proceso de paz?
Mientras los israelíes votaban, el partido Hamas asumía el gobierno en la Autoridad Nacional Palestina. Aunque reconociendo su legitimidad electoral, uno de los pocos puntos de consenso entre los candidatos israelíes fue el de evitar contactos con Hamas si éste no dejaba las armas, ni eliminaba la cláusula relativa a la destrucción del Estado israelí. En pocas palabras, la visión terrorista supera la visión política.
El inicial enfoque moderado de Hamas, lo cual llevó a un histórico reconocimiento de las fronteras israelíes de la guerra de 1967, puede ayudar a los planes de Olmert de asentar, definitivamente y de manera unilateral, las fronteras israelíes para el 2010, incluyendo una nueva evacuación-partición de Cisjordania. De este modo, Israel busca seguir manteniendo bajo su control los mecanismos reales para la negociación de un acuerdo de paz y la futura creación de un Estado palestino.
Pero ahora depende aún más del entorno regional: con la caótica posguerra iraquí cerca de sus fronteras y el incierto futuro del régimen sirio, en Tel Aviv deben descifrar con delicadeza el avance del islamismo como opción política de cambio en Palestina, Israel, Jordania y el Líbano y la cada vez mayor preponderancia geopolítica de Irán, tradicional rival y enemigo israelí.
Con el acoso exterior hacia Hamas y la prudencia hacia el nuevo gobierno israelí, no se vislumbra a corto plazo una negociación directa entre palestinos e israelíes. En ambos pueblos se han operado, de manera simultánea y contradictoria, sendos e históricos cambios que aún no se cifra en resultados concretos. Entre el entusiasmo, la apatía y la frustración, el tiempo juega como una peligrosa bomba de relojería.
