La no buscada, por parte de Japón, conversión al modelo de la economía capitalista planetaria occidentalizante se está cobrando continuos recortes de plantilla y un cambio de mentalidad de la sociedad respecto al trabajo, los negocios, la vida. Con un récord de paro del 5%, una amalgama de movimientos de protesta, aún testimoniales, se extiende por el país, cansado del consenso corporativista y de una política muy alejada del sentir ciudadano. La brecha social es cada vez más grande en un país que no conoce revolución política o social.
Japón reproduce hoy similares cifras a Occidente: 16.000 empleos recortados en Fujitsu, 19.000 en Toshiba, 14.000 en Hitachi, o las 65.000 bajas incentivadas, prejubilaciones y despidos masivos previstos si sumamos Casio o Sanyo, tan solo en un sector electrónico que, de todos modos, acompaña a algo tan elemental como son los supermercados.
En los últimos años la desocupación se había concentrado en la agricultura y la construcción, sectores mantenidos a cargo del erario público con la construcción de grandes infraestructuras, y de los que depende el empleo de millones de japoneses. Los salarios de la industria (que enlas estadísticas japonesas viene a ser todo más construcción, minería y energía) cayeron un 8,5% entre los años 98-99, pero la pérdida de poder adquisitivo no provocó protesta social alguna: los sindicatos no tienen fuerza y la gente tiene miedo a perder su empleo. En este año 2001, sin embargo, las pequeñas y medianas empresas han generalizado el salario reducido en más de un 10%.
Desde 1999 las empresas reciben una compensación de 300.000 yenes, unos 3.000 euros, por cada nuevo contrato a una persona mayor de 45 años, medida muy consecuente en una sociedad con una media de edad avanzada pero con nulo efecto cuando la producción de las empresas cae en picado y no se necesita más mano de obra sino menos. Ahora se han unido a los despidos las grandes corporaciones nacionales, y la economía japonesa, que siempre había logrado crear empleos a pesar de las dificultades, es destructora neta de puestos de trabajo.
La crisis está minando la igualdad que, en general, caracterizó el pasado medio siglo de este país y provoca conductas antes inéditas, subida en flecha de la tasa de suicidios, aumento de fenómenos violentos propios de sociedades extremadamente industrializadas, y cambios en la mentalidad de los asalariados, que antes se daban en cuerpo y alma a su empresa. Las quiebras y los despidos masivos se suceden, los desempleados cobran seguros mucho más bajos que en Occidente y algunos están ya buscando nuevo empleo, no queriendo sacrificarlo todo por una empresa que puede sacrificarlos a ellos en cualquier momento.
Despidos masivos, trabajos a tiempo parcial y movilidad son la traducción nacional a los vaivenes del Nikkei, la bolsa nipona, que el gobierno Koizumi, mejor visto en el exterior que en su propio país, tratará de afrontar en los próximos años, quizá…
Privatización, desregulación y presupuestos extra son las promesas del nuevo primer ministro Junichiro Koizumi, conocido en Occidente por su aire kennediano y sus desconcertantes rulos. "Vender humo" es la opinión que expresan muchos analistas internacionales, pero también una sociedad en evolución, muy distanciada de la política tradicional, enfrentada a cambios que hasta ahora le eran ajenos y definitivamente instalada en la inseguridad. Se está desmoronando el sistema de relaciones laborales armónicas.
La pérdida del consenso
Cambios en los trabajos, en la vida
El primer síntoma de la ruptura del sueño japonés, basado ensencialmente en el empleo de por vida, se constata entre la población joven. Se calcula que sólo alrededor de un tercio de las mayores corporaciones nacionales planean contratar a nuevos graduados este año. En realidad las empresas japonesas deben todavía liberarse de sus excedentes de producción y no es probable que inviertan en nuevos equipamientos y plantilla hasta 2002. Los antiguos jóvenes millonarios buscan trabajo ahora en las empresas extranjeras, antaño muy pocas y evitadas por los japoneses con ambiciones: pagaban bien pero el escalafón social, el empleo de por vida, estaban en las compañías nacionales. El 70% de los estudiantes no sale de la Universidad como hace tres años para ingresar en una compañía y trabajar en ella de por vida como han hecho sus padres. "Se acabó la fidelidad de las empresas hacia los trabajadores, y viceversa" explica Kiichi Hito, estudiante de doctorado de la Universidad de Tokio.
Tambien se está operando un cambio en las costumbres tradicionales respecto a los mayores. Japón ostenta el ritmo de envejecimiento más alto del mundo, tanto que los analistas calculan que en el 2050 el 32% de los japoneses serán mayores de 65 años frente al 17,2% actual. En un país cuya deuda pública es superior al 140% del PIB, un tercio del gasto público en sanidad deriva de servicios para personas de más de 70 años, que se convierten automáticamente en beneficiarios de la sanidad pública. Ahora bien, de ahora en adelante los jubilados y las personas mayores deberán pagar más por los servicios médicos que reciban en los próximos años, y los trabajadores "administrarán sus fondos para obtener el mayor beneficio posible a la hora del retiro".
Adelantando amarguras, Koizumi habla de reformar la seguridad social y el sistema de pensiones, adaptando gradualmente a Japón el modelo que Estados Unidos aplicó desde finales de los 80, y aquí rechazado nominalmente hasta la fecha. El objetivo final de estos plaes consiste en conseguir más productividad al menor costo posible, eliminando cientos de miles de puestos de trabajo durante los próximos años, que sellan ya el final de 50 años de seguridad laboral.
La producción industrial y el consumo continúan disminuyendo. En efecto, el miedo a quedar sin empleo está haciendo mella y es, en gran medida, responsable de que el consumo privado, que representa el 60% del PIB japonés, permanezca estancado y frene el crecimiento económico. Japón entró el pasado marzo en fase de deflación, es decir, la caída generalizada delos precios por falta de demanda. Todo ello en un país en el que el Gobierno tiene recomendado públicamente a sus conciudadanos que trabajen menos y compren más.
Cuando en los 90 el gobierno, el sector corporativo y el bancario, estaban endeudados hasta las cejas, Japón pidió ayuda a las otras dos potencias económicas, Estados Unidos y la Unión Europea. La respuesta fue muy simple: crece impulsando la demanda nacional, no por las exportaciones. Se le instó a que aumentara enormemente su déficit presupuestario para impulsar el consumo interno, con el catastrófico resultado siguiente: cuando el Gobierno dejó de ahorrar, los hogares japoneses ahorraron aún más. Temían que el Gobierno nunca fuera capaz de pagar sus pensiones.
Las medidas liberalizadoras tomadas ahora por Koizumi, base de su reforma económica, provocarán, sin duda, más paro, lo que no ayudará desde luego a recuperar la demanda interna. La reforma del endeudado sector bancario, basada en la reducción del número de entidades y en las fusiones, dejarán miles de trabajadores despedidos y es previsible una tendencia a la deslocalización de la producción, teniendo en cuenta que, ante lo gravoso de la mano de obra nipona, los reducidos costos laborales de los vecinos asiáticos en crisis son un atractivo irresistible para muchas empresas del país.
Un reciente estudio de la Universidad de Tokio concluye que 106 de cada 190 encuestados (parados o que prevén estarlo pronto) se consideran inútiles para la sociedad. A la par que las protestas sociales, en los últimos años han aumentado los suicidios y las depresiones, así como los robos y la delincuencia juvenil. Las recientes elecciones de abril de 2001 se celebraron con la astenia del electorado. El Partido Liberal Demócrata (PLD) gobierna desde hace décadas, si bien acunmulando 11 primeros ministros en los últimos trece años e implementando otros tantos planes de emergencia, todos fallidos, para recuperar la economía. "No habrá ganancias sin sufrimiento", repite Koizumi, que ve reducida su popularidad a un 20%. La imposición del sacrificio de la globalización sin beneficios está despertando en la sociedad japonesa otro tipo de demandas (seguridad nuclear, impacto medioambiental, sanidad…), tercer síntoma de occidentalización, que los sucesivos Gobiernos escatiman una y otra vez, y que se están proyectando en referéndums locales (medio centenar desde el año 95) que no tienen fuerza jurídica pero sí moral. Una reciente encuesta del influyente diaro Asahi Shimbun reveló que un 80% de los encuestados quiere tener una mayor participación en las decisiones políticas. Pero no explicaban cómo.
El sistema educativo nipón, un factor clave en el milagro económico de postguerra necesita, según numerosos economistas y expertos, una reforma general que subraye la individualidad por encima de la "uniformidad anodina" que se le supone al Japón. Más individualidad, más compra.
El papel de la mujer
La segunda occidentalización de Japón
En esa uniformidad anodina destacan las nuevas actitudes de la mujer. A pesar de que el trabajo temporario se masculiniza a marchas forzadas, las mujeres constituyen todavía el 90% de dicha mano de obra. Hasta ahora en Japón las mujeres seguían lo que tradicionalmente es denomina "curva en forma de M", es decir, que dejaban de trabajar cuando se casan o tienen un hijo para volver cuando terminaron de criar a sus hijos. Esto es lo que hace que toda la mano de obra temporaria o a tiempo parcial estuviese constituída por mujeres. Casi 9 millones de office ladies (floreros de oficina) adornaban, adornan aún, secretarías, oficinas y despachos de dirección con derecho a despido estipulado por casamiento.
Desde que en 1999 fueron revisadas las leyes de equiparación de derechos la situación ha mejorado para las mujeres, quienes están aprovechando la crisis de una sociedad masculina. Un matrimonio más tardío, o no matrimonio, en un país en que la píldora anticonceptiva se vende desde hace sólo un año y medio, está convirtiendo a Japón en una sociedad de "solteros parásitos" que viven con su madre en vez de con su pareja, quien decide si alojarlos o no bajo el mismo techo. Por otra parte, las jóvenes japonesas viajan solas (estudio, turismo), y en Madrid, Toledo o Milán auxilian a los turistas occidentales con el encuadre de sus cámaras de fotos. Tercer síntoma, este casi de postoccidentalización.
El quinto síntoma, en principio, atañe directamente al mercado internacional. Quizá ahora Japón pueda acometer esa devaluación del yen, antes impedida por los bloques comerciales USA-UE para tratar de frenar la avalancha de importaciones niponas a bajo precio. La globalización económica, unida a la recesión, se ha traducido en una apertura del país a empresas norteamericanas y europeas, que ya toman posiciones en los deprimidos, aunque hipercompetitivos, sectores del automóvil y la electrónica. El hermético mercado japonés, que tantos conflictos comerciales provocó en los años 80-90 con las economías norteamericana y europea, se está abriendo. Parece que la anormalidad estructural de Japón, que desde aquí fue envidiada como modelo superior del capitalismo, toca a su fin, dando paso a un consenso internacional, Dow Jones-Nikkei, que se ha perdido en el interior.
Japón, una sociedad enormemente consensuada en cuanto a usos y costumbres, pierde poco a poco la originalidad que caracterizaba no sólo a su sistema económico, sino al completo entramado sociocultural. Una originalidad milenaria que pone a prueba ahora su capacidad de adaptación.
