La China antipática

Es universal el convencimiento de que en China se ha producido en las últimas décadas una gigantesca transformación. Lo más parecido a un milagro económico. Sin embargo, no es exagerado afirmar que esta nueva China, ya segunda potencia del planeta, no genera excesiva simpatía. Algunos lo achacan a que en los últimos años su imagen se asocia a la proliferación de informaciones negativas en buena parte de los medios de comunicación. También puede influir la ignorancia, muy extendida en Occidente, a propósito de los principales trazos de su identidad cultural, tan marcada y diferente a la nuestra. Sea como fuere, lo cierto es que la China del presente, pese al avance general experimentado en los últimos años, concita un aplauso limitado y desigual.

Ello es curioso también porque el contacto con sus nacionales en ultramar se desarrolla de forma positiva. Los emigrantes chinos son laboriosos, sus hijos son buenos estudiantes, y los conflictos son mínimos, más allá de quejas por horarios o similares. Pero es unánime el reconocimiento de su afán de superación que practican observando cada vez más las reglas de su entorno aunque preservando con celo su intimidad. No son los chinos el problema.

Los productos que nos llegan de Oriente son baratos y aunque su calidad es discutible resuelven más de un problema a muchas familias, sobre todo en tiempos de crisis. A otro nivel, sus ingentes reservas de divisas contribuyen de forma clara a estabilizar las economías de los países más afectados por la desaceleración. Pero ni así… Tampoco reconociendo el enorme aporte realizado a la erradicación de la pobreza en el mundo, hecho que no tiene parangón. Todo queda hecho trizas cuando trasciende un episodio de abuso de poder, la detención de un disidente o un accidente en sus minas y todo son miramientos cuando proyecta hacer una inversión de tal o cual magnitud en un país tercero.

El otrora popular Kung Fu generaba simpatía. Nos daba cuenta de una identidad y un modo de proceder diferente, recto y coherente, que invitaba al respeto porque se desarrollaba desde la reivindicación de la humildad y la dignidad, atributos esenciales de la condición humana. Nos acercaba a la espiritualidad de otro mundo, exótico y atrayente, difícil de penetrar pero, en cualquier caso, más víctima de nuestros desafueros que amenazante respecto a nuestros intereses o valores. No es su cultura el problema.

Para una gran mayoría, las reservas en relación a China tienen una doble motivación. En primer lugar, obedece a la convicción profunda de que viene logrando su auge haciendo trampa. Y trampa tanto sería el abuso de la piratería o la baja calidad de gran parte de los productos que comercializa en los países desarrollados, como el dumping social que está en la raíz, dicen, de los retrocesos en derechos en los países de Occidente. Claro está que esta percepción no es uniforme: las multinacionales acostumbran a verlo de forma diferente a la del ciudadano de a pie. En segundo lugar, responde a las restricciones de su sistema político y social, sacrificando libertades y derechos en aras de preservar el poder de una casta supuestamente ilustrada y virtuosa que se arroga la indiscutible titularidad del mandato del cielo para discernir entre el bien y el mal.

También existen serias dudas acerca de cuál será su comportamiento una vez logre destronar a EEUU, de ser el caso. Y esa desconfianza, producto de la incerteza de su rumbo y el confesado deseo de no alinearse con Occidente, alimenta recelos y fundamenta estrategias, visibles y ocultas, para impedir la culminación de su emergencia, al menos en lo político y defensivo. Y ahí está, en buena medida, el verdadero problema.

No puede ser que la llamada a ejercer de primera potencia del mundo en los próximos años caiga tan antipática. Ello explica el interés de China por promover su poder blando, a través especialmente de la difusión de su identidad cultural, pues es en ella donde se encuentra el ADN último de su conducta. De hecho, quienes llegan a tener un contacto estrecho con la sociedad china ganan en comprensión, tolerancia y respeto, incluso en relación al lado más sombrío de su proceso, abogando por la bonhomía de sus intenciones generales y la progresividad de su evolución. En la proliferación de Institutos Confucio y otras iniciativas similares convergen ese interés de Beijing y el de muchos occidentales que, simpatías culturales aparte, identifica en esta aproximación oportunidades laborales. El pragmatismo recíproco deviene así el primer y principal aglutinador de las mutuas esperanzas de lograr un entendimiento beneficioso para ambas partes.

Es verdad que China es otro mundo. Su idiosincrasia, tan singular, le confiere atributos de compleja universalización aunque puedan basarse en valores idénticos o muy próximos. Y es verdad que debemos acercarnos a su civilización, cada día más de retorno, trascendiendo las categorías ideológicas que nos han servido para moldear el mundo en los últimos siglos. Pero el aumento de la simpatía devendrá de su capacidad para recrear en Oriente cuanto de bueno estamos perdiendo en Occidente.