Lula: ¿Otro Brasil es posible?

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Hace tan solo dos años, en la primavera de 2000, el Partido dos Trabalhadores (PT), aún habiendo renunciado ya al socialismo como referencia doctrinal, y su eterno candidato a la Presidencia (1989, 1994, 1998), Luiz Inácio "Lula" da Silva, no eran capaces de movilizar suficientemente al electorado progresista. Entonces eran Ciro Gomes, e incluso Itamar Franco, los que encabezaban las encuestas. En octubre de 2002, Lula es el presidente de la República más votado de la historia brasileña, y el primero de una inequívoca izquierda tras la salida de los militares en 1984. Es más, Lula, el Partido dos Trabalhadores, Brasil y sus activas organizaciones sociales son hoy la base experimental en la que se refleja la emergente alternativa global al neoliberalismo.

Puesto que provenía de las finanzas y no de las armas convencionales, en las recientes elecciones brasileñas asistimos a un elegante veto a la alternancia en el poder, pero no por éllo menos intolerable y antidemocrático. El Partido dos Trabalhadores, consciente de la presión financiera internacional y de las voluntades estadounidenses, utilizó, en los dos últimos años, una de las armas más antiguas que se le conocen a la izquierda para robustecerse: la organización de una amplia base de solidaridad internacional; en este caso, el llamado "consenso de Porto Alegre". El Foro Social Mundial de Porto Alegre, 2001 y 2002 (2003 abrirá con Lula como presidente de Brasil), ha despetado un instructivo debate entre gentes de todo el mundo, muy especialmente en América y Europa, en el que se argumentan las vías y posibilidades para otras Políticas. Una de estas políticas distintas a las recogidas en los grandes acuerdos internacionales es la que, desde hace más de una década, aplica el PT en los más de cien municipios en los que hasta ahora gobernaba, las grandes áreas metropolitanas (Sao Paulo, Recife, Belem, Porto Alegre) y las mayores áreas rurales del país.

Básicamente, en estas unidades, todos los gastos públicos son decididos por asambleas de ciudadanos, organizadas primero por regiones y luego a nivel local. El modelo de gobernación del PT, ensayado en la microescala, es, pues, una suerte de nueva democracia participativa. En la retaguardia de las nuevas formas societarias brasileñas está, sobre todo, el Movimiento dos Sem Terra -MST-, con el que el PT de Lula compartió militancia en los primeros 80, para distanciarse después. A pesar de ello, la capacidad de movilización de los Sem Terra ha contribuído y mucho a la aplastante victoria del PT, haciendo poco menos que inevitable la pendiente reforma agraria frenada por los grandes hacendados brasileños, posiblemente una de las capas sociales más reaccionarias del mundo.

Como de cualquier manera, hoy día las victorias electorales de la izquierda exigen una buena dosis de complejidad, Lula se ha dirigido al electorado de centro para asegurarse el triunfo y calmar a los inversores. La táctica electoral del PT se oriento a la búsqueda de una amplia coalición opositora que anunciaba, ya en precampaña, el pacto nacional y el Gabinete de coalición que Lula propuso en su primera declaración oficial tras las elecciones. Parte de los nuevos apoyos que Lula ha encontrado en el empresariado brasileño se deben a la presentación, como vicepresidente, de José Alencar (exitoso empresario del textil próximo al Partido Liberal), un paso más, según algunos, para hacerse perdonar las viejas veleidades obreras, pero también una apuesta por la industria brasileña de pro, representada en este industrial burgés autóctono. Lula pretende hacer un frente con los sectores de la producción nacional, en una alianza donde el empresariado productivo debe jugar un papel central.

Pese a la bastante conservadora gestión económica y a la rígida disciplina fiscal que ha demostrado el PT en los municipios y estados en que ha gobernado, el electorado decidió otorgarle sólo tres de los 27 gobernadores estatales. Esto quiere decir que, además de perder feudos emblemáticos (Río Grande do Sul, capital Porto Alegre) y los mayores estados del país, el electorado ha puesto en una difícil situación de gobierno interior al PT, al diferenciar el voto regional del presidencial.

Lula, a diferencia de Cardoso, no podrá gobernar por decretos presidenciales, y pese a que cuenta con el respaldo de 190 diputados frete a 513 (y 27 senadores contra 81), necesitará pactar con la derecha, cualquiera que sea su nombre (PFL, PSDB o PMDB) al mismo tiempo que enfría al ala más a la izquierda de su partido, una coalición de amplio espectro que cubre idearios tan distantes como el socialdemócrata y el trokista.

Pese a las dificultades, la victoria de Lula y su partido es ya abrumadora y meritoria. Querer cambiar un país como Brasil, poseer las ideas para ello, y llegar al poder político desde la lucha sindical en la periferia paulista -periferia de la periferia continental estadounidense- son ya realidades de enorme carga significativa.

Pero Lula y el PT no lo tendrán fácil. Son enormes y reales las dificultades y resistencias que habrá de afrontar el programa gubernamental brasileño. Es esa tendencia a la hipocresía que recuerda las palabras de Dom Helder Cámara, que gusta repetir Lula: "cada vez que hablo de la pobreza soy aplaudido. Cada vez que hablo de las causas de la pobreza soy criticado y llamado comunista". Que nadie se alarme, -BCSH y demás-, Lula "honrará deudas", eufemismo del pagar o perder el beneplácito de los poderosos.

Dólares sólo de ida

Las anteriores etapas de Collor y, aún más, las de Cardoso (1994-2002), son las de la recepción de los mandatos neoliberales según el Consenso de Washington. Este paradigma, propio de los años 90, serviría especialmente para orientar a los gobiernos de los países en desarrollo y a los organismos internacionales (FMI y Banco Mundial) a la hora de valorar los avances en materia de ortodoxia económica de los primeros, que pedirían ayuda a los segundos. El paradigma de desarrollo dictado por las instituciones de Washington significa la sustitución de las posibles estrategias de desarrollo económico nacionales por la fórmula de la apertura a los flujos internacionales, la privatización de empresas públicas, y las tasas de interés elevadas.
Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001 y economista jefe del Banco Mundial, explica muy llanamente el resultado de tal política, impuesta por sus propios empleadores: "ser receptor de préstamos cuantiosos para tratar de salir de la crisis, a cambio de aplicar los ajustes a todo nivel que exigen los prestamistas, termina por derribar las economías que dicen ayudar… el dinero que entra vuelve a salir y, cuando lo hace, el enfermo ya no está delicado, sino en agonía". De rodillas, añadiríamos.

Durante la última etapa de Cardoso, en menos de cuatro años, Brasil recibió del FMI un rescate financiero por valor de 85.000 millones de dólares, acumulando aún más la deuda externa más abultada del mundo, 260 billones de dólares. La deuda per cápita brasileña no es, sin embargo, la mayor (1.387 $); ocupa el lugar 17. Esto es así porque un 10% de la población controla la mitad de la riqueza nacional, en un país con casi 40 millones de hambrientos. También se ha considerado que la deuda pública no es en realidad tan grande porque "sólo" afecta al 58% de la riqueza nacional; pero la riqueza nacional se mide en moneda nacional (real) y la deuda se paga en dólares.

La gran apuesta de Lula para reactivar la economía es el aumento de las exportaciones. El PT enfatiza que la reforma tributaria deberá reducir gravámenes a la producción y a las exportaciones. El crecimiento de las exportaciones, en el programa del PT, estaría encuadrado en una política más amplia, que incluiría romper con el actual modelo económico basado en la apertura y la desregulación de la economía nacional y, en consecuencia, en la subordinación de su dinámica a los intereses y comportamientos del capital financiero globalizado. El segundo punto sería la lucha contra la dependencia externa y la defensa de la autonomía nacional, colocando lo social como referente central del desarrollo mediante, entre otros, una mejor redistribución de la renta. En última instancia, se contempla la reglamentación del proceso de apertura del sector financiero, y la adaptación de las políticas relativas al capital extranjero a las directrices y prioridades del nuevo modelo económico.

La política de exportaciones tiene un riesgo, el de seguir reproduciendo la trampa en la que se halla el país. Efectivamente, una de las formas de captar dólares es exportar más (vender productos y recibir dólares), pero la importación de dólares obliga también al país (cuyas empresas más grandes están en manos de multinacionales) a remitirlos luego al exterior. Brasil paga la deuda dos veces; a las instituciones prestamistas (FMI, BM, Tesoro EE.UU), y a las casas matrices. A veces estas casas matrices son bancos, como Morgan Stanley y Merrril Lynch, que haciendo precampaña contra el "comunismo" de Lula recomendaron a sus accionistas reducir los títulos brasileños en sus carteras. Esta piratería llevó al real a su cotización mínima histórica con motivo de la primera vuelta presidencial cuando, entre seis candidatos, Lula ya acumulaba el 46,44% de los votos, más del doble que José Serra (PSDB), el candidato oficialista y también "oficial" para el FMI. Algunos inversores sentían peligrar las futuras ganancias del ALCA.

Se estima que solamente en el mes electoral de octubre salieron del país 567 millones de dólares, diez veces más que el año pasado: son los pagos a las "matrices". En un período más amplio (años 80-90), el Banco Mundial prestó a Brasil casi 12 billones de dólares para programas sociales e infraestructuras, pero en el mismo espacio de tiempo pagó una deuda exterior de 14 billones. La total falta de equidad es el principio del Consenso de Washington, que supone que, cada vez que el real se desvaloriza respecto al dólar el país se hace más y más pobre, más receptivo. Un ejemplo muy claro explica el mecanismo: hay un primer momento en el que 1 dólar es igual a 1 real; para una deuda de 100$, se necesitan 100 reales. En 2001, 1 dólar vale 2,59 reales; para la misma deuda, 100$, se desembolsaron 259 reales. Ahora mismo, en octubre de 2002, la equivalencia es 1 dólar=3,80 reales; por la deuda de 100$ se necesitan 380 reales.

Es decir, Brasil ha reforzado, en la última década, un crecimiento "hacia afuera", que remunera a los accionistas extranjeros, pero que ni garantiza, ni va acompañado, de crecimiento interno: es necesario importar más dólares, y lo poco que queda, en reales, se destina a la distribución de la renta nacional.

Lula dice que es posible crecer gastando y distribuyendo pero, evidentemente no lo es si Brasil se sigue endeudando. El pasado agosto, el FMI ha aprobado un nuevo paquete de ayuda (30.000 millones $) para Brasil. Lula recibirá el 80%, pero deberá cumplir metas estrictas que le impedirán aumentar el gasto público durante los dos primeros años de su gobierno. ¿"Honrar deudas" querrá decir, entonces, no gobernar?. Ese es el peor de los vetos.