La primera de las dos constantes sería la auto percibida noción de que Rusia es un país único y singular. De la misma manera en que Estados Unidos se visualiza a sí misma como una nación excepcional en los anales de la humanidad, y China se percibe como heredera de una visión de “Reino del Centro” que hace que el resto del mundo gire a su alrededor, Rusia se ha sentido siempre como la “Tercera Roma”. Es decir, como la heredera natural, por intermedio de la civilización bizantina de la cual absorbió sus claves culturales y religiosas, del antiguo Imperio Romano. Esta visión exaltada de sí misma le exige jugar un papel protagónico en los asuntos del mundo y la hace resentir cualquier posición de menoscabo.
La segunda de las constantes sería la percepción de vulnerabilidad que históricamente ha derivado de su particular geografía. Desprovista de fronteras naturales, más allá de las proporcionadas por los océanos Pacífico y Ártico, Rusia se ha sentido perenemente vulnerable a la penetración de fuerzas hostiles. De hecho, estas no han faltado. Carlos XII de Suecia en el siglo XVIII y Guillermo II y Adolfo Hitler de Alemania en el siglo XX, invadieron a Rusia. Esto se ha traducido en un impulso de expansión de sus fronteras, buscando compensar, por vía de la profundidad territorial, las barreras naturales que su geografía le ha negado. La absorción de estados vecinos o la presencia de estados tapones han constituido siempre sus opciones de seguridad predilectas.
A estas constantes se unen dos variables determinadas por las convicciones profundas de Putin. En primer lugar, para este la desintegración de la Unión Soviética representó la mayor tragedia del siglo XX. Ello entrañó la pérdida de dos millones de millas cuadradas de territorio (superior al territorio entero de la India de 1,3 millones de millas cuadradas), así como la pérdida de 25 millones de rusos que pasaron a convertirse en ciudadanos de países vecinos. Esto, en adición al declive violento y súbito sufrido por la jerarquía internacional de Rusia. Un declive que se tradujo, de acuerdo a Putin, en fuertes humillaciones infligidas a su país por parte de un Occidente prepotente.
En segundo lugar, su creencia profunda de que la noción de Ucrania como Estado soberano es una simple ficción. Desde la confederación de tribus que conformaron la Rus de Kiev en el siglo IX, Ucrania ha estado siempre unida a Rusia. Para Putin, fue Lenin quien creó, por razones políticas, la ficción de Ucrania como un Estado distinto a Rusia dentro del contexto de la Unión Soviética. Una ficción que pervivió al colapso de la URSS.
Dando sustento objetivo a mucho del resentimiento sentido por Putin, se encontró el triple paquete de políticas emprendidas por Occidente desde la desintegración soviética: La expansión de la OTAN, la ampliación de la Unión Europea y la promoción de la democracia. Mientras en cuatro fases sucesivas de crecimiento de su membresía la OTAN fue acercándose crecientemente a Rusia, la Unión Europea fue incorporando a su seno a uno tras otro de los antiguos satélites del imperio soviético. El resultado no fue otro que el de transformar el vecindario de Rusia en una esfera de influencia occidental hostil a Moscú. A ello se unió la promoción de la democracia que incluyó, entre otras políticas, el apoyo dado a las revoluciones de los colores en Ucrania, Georgia y Kirguistán, las cuales se insertaron dentro de la llamada “Agenda de la Libertad” impulsada por Washington.
Pero hubo más. El bombardeo a Belgrado y la ocupación de Serbia por parte de la OTAN, así como el posterior reconocimiento a la independencia de Kosovo. Todo ello, por encima de las fuertes objeciones rusas. A la vez, fue apenas en 2012 cuando Rusia pudo finalmente acceder a la Organización Mundial de Comercio, luego de la negociación de ingreso más larga de esa organización con cualquiera de sus integrantes. Ello, debido al veto que por años impuso Estados Unido a dicho ingreso en virtud de la Enmienda Jackson-Vanik: Una reliquia de la Guerra Fría.
Así las cosas, una combinación de constantes en la historia rusa, de variables representadas por las convicciones personales de Putin y de resentimiento acumulado frente a las acciones emprendidas por Occidente luego de la desintegración de la Unión Soviética, determinaron el marco de referencia que rodeó a la invasión rusa a Ucrania. Sin embargo, el temor de que un país históricamente tan cercano a Rusia como aquel pasase a integrarse a la esfera de influencia occidental, constituyó el factor decisivo que dio forma, en la mente de Putin, a la idea de la invasión. A sus 69 años, y confrontado seguramente a la idea de su mortalidad, Putin se mostró dispuesto a asumir grandes riesgos para dejar su impronta en la historia rusa. Absorber a Ucrania, como lo hizo en 2014 con Crimea, representaría su consagración como gran prohombre de la historia de su país.
En el plano coyuntural, Putin pareció estar convencido de que la confluencia de diversos factores hacía de 2022 el momento apropiado para pasar a la acción. Entre los mismos se encontraron los siguientes. Primero, el tiempo jugaba a favor del fortalecimiento militar de Ucrania, razón por la cual era necesario actuar mientras la brecha a favor de Rusia resultase aún amplia. Segundo, la vulnerabilidad energética de la Unión Europea y el impacto desestabilizador que podría derivarse para aquella de los altos precios de los hidrocarburos, lo cual podía traducirse en una actitud timorata frente a la invasión a Ucrania. Tercero, la alianza estratégica con China, la cual permitiría sobrellevar en importante medida el impacto de las potenciales sanciones occidentales, en ámbitos tales como mercados para su energía, acceso a fuentes financieras y tecnología. Cuarto, la extrema polarización estadounidense, la cual no sólo debilitaba a ese país, sino que afectaba seriamente su credibilidad ante Europa y, por extensión, la cohesión de la OTAN.
Aunque algunos de dichos supuestos demostraron ser manifiestamente errados, pareció tratarse de una decisión racional. Al menos, desde el punto de vista de la evaluación de los costos y beneficios involucrados en la decisión de invadir. Sin embargo, lo que buscaba ser una acción rápida que, en pocos días, descabezaría al régimen gobernante y se haría con el control de Ucrania, se transformó en una larga guerra de desgaste que en febrero del próximo año cumplirá su tercer año. Una guerra que ha puesto en evidencia las profundas deficiencias del ejército ruso y que ha conllevado a una pérdida de status de Rusia como gran potencia mundial.
Cabría preguntarse si, en base a lo anterior, y ante la magnitud de los costos humanos y materiales resultantes de la misma, Putin se habrá arrepentido de su decisión. En febrero de este año, al cumplirse los dos años de la misma, dichos costos resultaban ya gigantescos: 315.000 soldados rusos muertos o heridos; 330 millardos de dólares de activos rusos en el extranjero sometidos a congelamiento y sanciones; alrededor de 34 millardos de dólares de ganancias no realizadas en materia de ventas de gas; 40% del presupuesto gubernamental destinado a gastos bélicos, con manifiesto abandono de numerosos gastos necesarios para el buen funcionamiento del Estado y la sociedad; un tope impuesto al precio de adquisición del barril de petróleo ruso; 10% de la fuerza laboral en Tecnología de la Información que abandonó a Rusia; una contracción del 7% de su PIB; exclusión de Rusia de los principales servicios financieros del mundo. Y así sucesivamente, en medio de una situación que desde febrero de 2024 no ha hecho sino empeorar. (Atlantic Council”, “The toll on Russia from its war in Ukraine, by the numbers”, February 23, 24; The Conversation, “Russia’s economy is now driven by the war in Ukraine, February 22, 2024).
Llegado este momento, daría la impresión que Rusia daría la bienvenida a cualquier propuesta de mediación de Trump que le permitiese quedarse con los territorios ucranianos que actualmente ocupa. La idea de absorber a Ucrania, desde luego, ha pasado ya al terreno de lo utópico. Sin embargo, si lo anterior tuviese como contrapartida la entrada de Ucrania a la OTAN, las cosas adquirirían ya otro cariz para Moscú. Ello, daría forma a la peor pesadilla de Rusia. Como ocurre con toda guerra, iniciarla resulta mucho más fácil que concluirla. Sobre todo, porqué lo segundo deja ya de ser una decisión unilateral de Moscú. La única esperanza de Putin, seguramente, debe ser que Trump se encargue de hacer durante su mandato lo que el no pudo lograr: Desarticular a la OTAN.

