Tiempo de cambios en Oriente Medio

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En Oriente Medio, un vasto territorio cuya realidad estatal, muy reciente, no ha dejado de modificarse desde el fin de la I Guerra Mundial, los procesos de alternancia en el poder unicamente se han producido bajo circunstancias excepcionales. A simple vista, pudiera deducirse que a la inestable geografía se ha procurado oponer cierta obsesión por la inalterabilidad de los dirigentes para hacer menos voluble una siempre difícil estabilidad. En efecto, si efectuamos un balance de los gobiernos del último medio siglo en esta región comprobaremos que no se han registrado cambios relevantes de dirigentes, excepto en el caso de Egipto, forzado por atentados y muertes. ¿Es tiempo de cambiar? ¿Podrán establecerse nuevas fuentes de legitimidad, más universales, sustituyendo el mecanismo de la sucesión por el de la elección?

El último caso de sucesión, no natural, que tuvo lugar fue el de Israel. El poder pasó de manos del asesinado Isaak Rabin al primer ministro Benjamín Netanyahu. Por primera vez en muchos años, Israel ha vivido recientemente un proceso con posibilidades de alternancia democrática legitimadas mediante un proceso electoral normal (elecciones del 17 de mayo).

Es cierto que también hubo elecciones recientes en Siria, pero unicamente con posibilidad de participación, por mandato constitucional, de la población masculina, premisa más que llamativa en un estado que dice ser democrático y socialista. En realidad, desde 1963, en Siria, el partido único, Ba`at, dirigido por al-Asad, ha venido ejerciendo el poder de forma ininterrumpida. La reelección "democrática" de este septuagenario líder es un proceso hábilmente encarrilado y sin posibilidades de sorpresa. No quiere ello decir, sin embargo, que su política nacionalista y anti-occidental no cuente con respaldo social. La continuidad parece estar asegurada, pero el partido no ha sabido establecer mecanismos institucionales para resolver la alternancia y obviar unas luchas encarnizadas por la sucesión que pueden poner en peligro la estabilidad.

En el caso jordano se ha visto con claridad la misma carencia y el difícil juego de equilibrios que es necesario tener en cuenta para evitar situaciones traumáticas. Con independencia de ambiciones o supuestos derechos en la escala sucesoria, el acierto en la designación del heredero puede inclinar la balanza hacia la estabilidad o la fractura. La esperanza de acierto al margen de la sociedad, no solo alimenta los complots internos sino también las expectativas de los países vecinos que pueden sentir la tentación de tirar provecho de los vacíos políticos que puedan generarse para desvincularse de anteriores compromisos y dar rienta suelta a sus ambiciones. Los nuevos dirigentes tampoco tendrían por que buscar, a priori, el beneplácito de las potencias como requisito indispensable para dar por segura su permanencia en el poder.

Un mes después de la desaparición del Rey Hussein, fallecía el Jalifa de Bahrayn, pequeño país situado al este de la Península Arábiga. La sucesión abierta deja en manos de su hijo la continuidad prooccidental y aperturista que caracterizó el mandato de su padre. Sin embargo, no se podría descartar una mayor intensificación de las relaciones con los países árabes del Golfo e incluso un giro en aquella política, sin que ningún mecanismo democrático avalara el cambio.

El mismo proceso sucesorio deberá producirse en otras dos monarquías, Kuwait y Arabia Saudí. En ambos casos, los monarcas reinantes sobrellevan una larga enfermedad. El Rey Fahd de Arabia Saudí, de 76 años de edad, permanece alejado del poder desde 1995. Su hermano y regente, el príncipe Abdullah, es quien lo ejerce realmente. El Rey Fahd es un incondicional aliado de Estados Unidos, país que "protege" sus pozos de petróleo, única fuente de ingresos de su presupuesto, pero son ciudadanos sirios y libaneses quienes asesoran ahora a su hermano. Una vez fallezca, bien podría restaurar el discurso nacionalista e intensificar las reservas hacia las potencias occidentales, nitidamente manifiestas desde desde la Guerra del Golfo. Pero tampoco esta puede considerarse una expectativa duradera, pues el regente, aunque goza de buena salud, es tan solo dos años menor que el actual Rey. Arabia Saudí podría verse expuesta, en breve espacio de tiempo, a dos procesos sucesorios, sin garantías de continuidad política por cuanto no se han construido los espacios de consenso necesarios para asegurar la estabilidad del proceso.

El caso kuwaití es más sencillo. En principio, su fidelidad a los EEUU es a prueba de bombas. El auxilio prestado durante la invasión de Irak en 1991 está aún vivo en el recuerdo. No obstante la historia nos enseña que los apoyos nunca son incondicionales y que la fidelidad es algo relativo cuando hay tanto en juego. No existen recelos en cuanto al signo de la transición que pueda producirse que carecerá también de la más minima legitimidad democrática pese a las pomposas promesas efectuadas durante la guerra contra Irak.

En Irán nos encontramos ante un dirigente al límite de su edad, pero no de sus fuerzas, que intenta, con mano firme, dirigir él mismo una transición, que en principio, no debería de ser traumática en este país. En ese proceso, a pesar del extremismo islámico o quizás por ello, si pueden apreciarse implicaciones sociales y mayor compromiso movilizador en defensa de la democratización del régimen. Si las resistencias son fuertes, no podría descartarse un conflicto civil interno.

En Irak, tampoco Sadam dispone de un sucesor preparado para asumir las responsabilidades de gobierno. En un país con régimen de partido único, el Ba`as, que se apoya en un ejército que tiene por única cabeza visible a Sadam, la tensión con Occidente ha incentivado la preocupación, siempre presente, por evitar rivales u opositores. Ese factor externo complica aún más el futuro político de este país, clave en la región.

Otro proceso sucesorio, que puede abrir una gran incógnita, debe producirse en la ANP (Autoridad Nacional Palestina). El estado de salud de Yassir Arafat es cada vez más preocupante. La tradicional influencia del aparato militar se está transmutando en favor de los clanes tradicionales o los recientes grupos de presión, más sensibles a los estímulos políticos y económicos.

Tal cúmulo de procesos y la fragilidad o inexistencia de reglas de juego que tengan en cuenta los intereses de las respectivas sociedades, añade una gran incertidumbre a todo este proceso. Son muchos los intereses en juego y en muchos sectores crece la necesidad de forzar un punto de inflexión que oriente el futuro económico y político de la región hacía la búsqueda de un camino propio, desvinculado de los intereses occidentales, un camino más implicado en sus raíces históricas y culturales.

Occidente, teniendo en cuenta que se trata de una de las zonas más conflictivas del planeta, debe tomar en consideración la compleja realidad social de estos países para activar políticas que promuevan una estabilidad basada en procesos de legitimación democrática y no en oscuras alianzas construidas de espaldas a la sociedad, que, más tarde o más temprano, terminarán pasando una factura de corte inevitablemente antioccidental por apoyar a dirigentes corruptos y antipopulares. No olvidemos que incluso Sadam fue patrocinado por quienes ahora luchan contra su régimen.