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Chávez y las multinacionales
Por Roberto Mansilla Blanco (Canal Mundo, 25/11/2003)
 
 

Venezuela transita por el espinoso camino de un Referéndum revocatorio mientras se ubica en la órbita de las multinacionales del petróleo y gas. La sorpresiva firma de un memorando de entendimiento entre la empresa estatal petrolera venezolana PDVSA y su homóloga rusa LUKoil la semana pasada, referido al desarrollo conjunto de proyectos de hidrocarburos al oriente del país, está colocando a Venezuela en el mapa geopolítico del petróleo.

A este hecho hay que agregarle los esfuerzos que el gobierno de Hugo Chávez está realizando con las principales multinacionales de gas natural para la exploración y desarrollo de proyectos de explotación en la Plataforma Deltana, al oriente del país y cercana a Trinidad y Tobago, proceso iniciado en noviembre de 2002, y en el Golfo de Venezuela.

La entrada tan directa de LUKoil en la industria petrolera venezolana no tiene antecedentes, ya que es la primera vez que los gobiernos de Rusia y Venezuela suscriben un proyecto tan definido, aunque el mismo aún se encuentre en ciernes. De la misma manera, la llegada de LUKoil a Venezuela es parte de una agresiva estrategia que en materia petrolera y de gas natural está realizando el gobierno de Vladímir Putin, consciente de que Rusia puede convertirse en el mayor productor y exportador de petróleo a corto y mediano plazo, desbancando a países como Arabia Saudita y el Irak post-Hussein, ahora controlado por EEUU.

Pero a Chávez también le interesa la llegada de las multinacionales. Amparado en los nuevos planes de PDVSA para el quinquenio 2004-2009, su gobierno planea con el mismo establecer un nuevo marco de relación entre Venezuela y las multinacionales del petróleo, que le sirva de plataforma para mantenerse en el poder, al menos hasta el 2013.

La visión estratégica petrolera de Chávez se limita ahora a tratar de recuperar la alicaída posición venezolana dentro de la OPEP mientras negocia en segundo plano con las multinacionales a la hora de explotar nuevos yacimientos petroleros y proyectos de exploración gasífera. Los planes de inversiones para este período los estima PDVSA en 43.000 millones de dólares, que le permita a Venezuela generar una capacidad de producción de 5 millones de barriles diarios.

El problema es que PDVSA, tras la huelga de diciembre-febrero y el despido de 18.000 técnicos petroleros, se encuentra en una difícil situación financiera que hace imperante al gobierno de Chávez la búsqueda de nuevas alternativas de financiación. De acuerdo al anuncio realizado por Domingo Maza Zavala, director del Banco Central de Venezuela, ante la Asamblea Nacional venezolana hace dos semanas, la estatal petrolera no ha podido recuperarse de los estragos de la huelga, siendo sus ingresos inferiores a los esperados.

Consciente de que este escenario juega políticamente en su contra en un momento en que la oposición puja por la celebración del referéndum revocatorio bajo la lupa internacional, el presidente Chávez ha iniciado una desesperada campaña por tratar de aumentar la banda de precios de la cesta OPEP entre $25 y $32, superior a la banda de $22-$28 existente en la actualidad. A pesar de que en los últimos días el precio del barril venezolano superó los $25, la petición de Chávez en el seno de la OPEP quedó en oídos sordos, siendo ignorada por la mayoría de sus miembros, especialmente Arabia Saudita, por lo que otros escenarios debían de ser evaluados imperiosamente.

La caótica situación financiera de PDVSA ha provocado una inusual pérdida de credibilidad en Washington. Las cuentas que la empresa estatal debe anunciar trimestralmente ante la Comisión de Intercambio y Seguridad de los EEUU por sus filiales en ese país, han sido atrasadas desde octubre pasado, debido a que los auditores de PDVSA han sugerido la complicada situación financiera de la empresa, argumentando que la misma no posee “suficiente personal financiero calificado”. Algunos analistas estiman un colapso financiero de PDVSA para el primer cuatrimestre del 2004.

En este contexto se adelantaron los proyectos de exploración y explotación de la industria de gas natural en el Golfo de Venezuela y la Plataforma Deltana, cercana a Trinidad y Tobago. El primero fue anunciado por Chávez la semana pasada y entraña el riesgo de agitar las disputas marítimas con el vecino Colombia. El segundo es un proyecto que lleva un año de realización y que tomó su curso a partir de este verano, con la visita de Chávez a Trinidad y Tobago y la definición de ofertas con las multinacionales.

Repentinamente, en el escenario venezolano entró Rusia. Moscú es un claro jugador en el ajedrez geopolítico en torno a las reservas petroleras y gasíferas del Mar Caspio, utilizando al Cáucaso como región estratégica a la hora de distribuir los oleoductos y gasoductos, en una dura puja con Washington y diversas multinacionales europeas y asiáticas. El problema que existe en estos momentos es la enorme inestabilidad política en la región, tras los procesos electorales en Azerbaiján y Georgia y el interminable conflicto en Chechenia. Igual situación se vive en Irak, donde los intereses petroleros rusos están supeditados a las decisiones que tome la administración iraquí controlada por EEUU y a la cruda inestabilidad del país.

La semana pasada, el gobierno de Vladímir Putin confirmó su intención de trabajar con la Unión Europea para tratar de realizar el comercio de petróleo y gas en euros. Dichas palabras salían públicamente al mismo tiempo que PDVSA anunciaba su memorando de entendimiento con LUKoil. Rusia es el principal surtidor petrolero europeo y realizar una jugada tan estratégica como sustituir al dólar por el euro crearía un efecto psicológico importante en los países productores de crudo de la OPEP, especialmente los de Medio Oriente, quienes no verían con malos ojos dicha estrategia.

Aparentemente indiferente ante las críticas internacionales por la detención del magnate petrolero Mikhail Khodorkovsky, la estrategia de Putin de enviar LUKoil a Venezuela significa un gran paso para Moscú a la hora de posicionarse en el país con las mayores reservas probadas del Hemisferio Occidental, en clara competencia con Washington.

Lo cierto es que más allá de la retórica anti-globalización de Chávez y de sus críticas al gobierno de EEUU y a la Unión Europea, el mandatario venezolano se ha visto en la necesidad de entrar en el negocio petrolero internacional enterrarando sus viejas críticas al proceso de apertura petrolera iniciado por PDVSA a partir de 1995, durante la administración de Luis Giusti. Sin embargo, el actual reacomodo de Venezuela con las multinacionales a la hora de explorar y explotar nuevos campos petroleros y gasíferos, la deja en condiciones de clara desventaja.

En primer lugar, y a pesar de que el reforzamiento de la OPEP y por ende de Venezuela ha sido uno de los principales objetivos del gobierno de Chávez, la situación actual luce complicada para Venezuela. La alianza entre Arabia Saudita y Venezuela en 1999 prácticamente está muerta, y el panorama post-guerra en Irak es complicado. La legislación en materia de hidrocarburos por parte del gobierno de Chávez, las sucesivas y deficientes gerencias de PDVSA bajo su mandato, así como las dos huelgas realizadas por los actores de la oposición, han fracturado el seno de la industria petrolera venezolana, dejándola progresivamente con poca influencia en el mercado internacional, situación aprovechada por Arabia Saudita. Esto ha provocado que en la batalla por obtener inversiones foráneas y mercados donde colocar el petróleo, Venezuela esté perdiendo el juego frente a productores de importancia para EEUU como Arabia Saudita, Rusia y México.

En segundo lugar, presionado por la inestabilidad política interna y la necesidad de conseguir inversiones que le permitan recuperar la confianza en su gobierno, Chávez ha abierto el país para la explotación de campos marginales, situación que le está generando a las compañías beneficiadas la producción de 1 millón de barriles diarios. Dichas explotaciones se extendieron al sector del gas natural desde finales del año pasado y, especialmente, a partir del segundo semestre de 2003.

Mientras el presidente Chávez anunciaba la explotación de reservas de gas en el Golfo de Venezuela y PDVSA hacía público el memorando con LUKoil, la entrada de multinacionales para la exploración y explotación de gas natural en la Plataforma Deltana avanzaba con rapidez. Dicha plataforma, con la cual Venezuela compartiría negocios con Trinidad y Tobago, posee reservas probadas de 20 a 30 trillones de pies cúbicos de gas. En la misma participan multinacionales de la talla de ChevronTexaco, ConocoPhillips, Statoil, British Petroleum y su filial en Trinidad y Tobago, British Gas Group, Royal Dutch Shell, Repsol YPF y Total Fina Elf desde que, en noviembre de 2002, se abrieran las ofertas para la exploración de los cinco campos, posteriormente atribuidas en una primera subasta en febrero de 2003 y que ahora en noviembre conocerán una segunda subasta.

La posibilidad de globalizar el negocio del gas natural en una cuenca Venezuela-Trinidad y Tobago es geo-estratégicamente importante para EEUU, tal y como anunció el Departamento de Estado a comienzos de este año. Y este escenario deja a la Venezuela de Chávez abiertamente a merced de los intereses de las multinacionales.

 
 

Roberto Mansilla Blanco é analista do IGADI.

 
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