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¿Suramérica hacia la izquierda?
Por Eddy E. Jiménez (Titulares, 22/11/2004)
 
 

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En el caso de Venezuela, el líder Hugo Chávez -surgido del seno de los sectores progresistas de las fuerzas armadas- durante más de una década fue tejiendo un entramado político que ha permitido conquistar dos contundentes victorias populares: primera, la del 15 de agosto -que transformó el referéndum revocatorio en reafirmatorio- y ahora la del 31 de octubre, que pone en manos bolivarianas a 20 de las 22 gobernaturas y al 83 por ciento de las alcaldías. (Foto: Chávez rodeado de manifestantes, Caracas 23/01/2003).
 
Para usar términos periodísticos: Si las derechas están unidas eso no es noticia; si las izquierdas lo están, eso si es novedad.

Las jornadas electorales del 31 de octubre en Venezuela y Uruguay han marcado en este caso una novedad que desde hace años trata de abrirse paso en América Latina y ponen al Continente ante una nueva coyuntura favorable al ascenso del movimiento progresista que a su vez abre caminos, a través de la lucha de masas, a procesos revolucionarios.

Una nueva izquierda latinoamericana va naciendo y aunque en los términos de la historia de la humanidad los partos suelen ser dolorosos y dilatados, ya brota la criatura que tendrá que aprender de sus antecesores lo mejor de las experiencias, zafarse del lastre de los errores y aprender a defenderse, sin concesiones, en un mundo que aunque en esencia es el mismo que nos enseñaran Carlos Marx y Federico Engels, ha evolucionado, camuflado sus formas de explotación y lo que es peor creado patrones ideológicos bien alejados de lo mejor del humanismo.

El reto es enorme pero, por un lado, los revolucionarios latinoamericanos comienzan a recobrarse de los traumas sufridos tras la caída del llamado socialismo real, que en mucho pudiera considerarse como irreal por haber basado su desarrollo en la emulación económica con el capitalismo y en la creación de esferas de influencia -como si se hubiese tratado de luchas entre potencias imperialistas-, olvidando que el objeto y el sujeto de la sociedad a la que tiene que aspirar un revolucionario es el ser humano.

De otra parte, la orfandad producida tras la transitoria derrota del movimiento revolucionario mundial ha facilitado el abandono de dogmas, esquematismos y por qué no, ha depurado las filas revolucionarias, donde muchos veían y aún algunos ven a las ideas revolucionarias como un lucrativo negocio burocrático.

No obstante, no nos hagamos ilusiones; han sido las políticas neoliberales implantadas por el imperialismo transnacional, gracias también a la debilidad del movimiento revolucionario, las que han exacerbado las contradicciones del sistema capitalista y han dejado bien claro que la confrontación nunca fue geográfica (Este-Oeste) y sí entre explotadores y explotados, como nos enseñaron los fundadores del socialismo científico.

Son también esas contradicciones provocadas por la implementación del neoliberalismo -con su secuela de pobreza y exclusión- las que permiten hoy ver a los pueblos con mayor claridad que producto de la transnacionalización del imperialismo, los que gobiernan en sus países y sus verdaderos enemigos son el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otros instrumentos de dominación liderados a escala planetaria, mayoritariamente, por el capital estadounidense.

Cada día los pueblos ganan más en comprensión que los partidos políticos tradicionales son simples administradores y aliados estratégicos del imperialismo.

Es esa precisamente la enseñanza que nos dejan las elecciones del 31 de octubre. Tanto en Venezuela como en Uruguay la gran derrotada fue la vieja clase política que ante la crisis estructural del sistema de dominación perdió su capacidad para confundir y crear expectativas positivas en la población.

Los partidos tradicionales en Latinoamérica han ido perdiendo en forma acelerada su capacidad de gobernabilidad y ya no sirven al imperialismo norteamericano para mantener y afianzar aún más su dominación. Si desde años antes esa realidad no se había expresado tan diáfanamente ha sido gracias a dos factores: la debilidad de las izquierdas, que no han podido o sabido, construir alternativas y a la traición de dirigentes que amparados en la desesperación de sus pueblos crearon partidos políticos alternativos y se hicieron de una imagen progresista para desilusionarlos casi tan pronto se hicieron del poder: tales son los casos de Fujimori y Toledo, en Perú, y de Lucio Gutiérrez, en Ecuador.

Aunque los fenómenos políticos venezolano y uruguayo se diferencian en mucho, tienen una esencia en común: la construcción de un amplio espacio político no excluyente, donde se han cobijado las tendencias revolucionarias, patrióticas y nacionalistas, incluyendo a sectores de la pequeña burguesía.

En el caso de Venezuela, el líder Hugo Chávez -surgido del seno de los sectores progresistas de las fuerzas armadas- durante más de una década fue tejiendo un entramado político que ha permitido conquistar dos contundentes victorias populares: primera, la del 15 de agosto -que transformó el referéndum revocatorio en reafirmatorio- y ahora la del 31 de octubre, que pone en manos bolivarianas a 20 de las 22 gobernaturas y al 83 por ciento de las alcaldías.

Ambos comicios, aunque con disgusto, han tenido incluso que ser avalados como honestos por sectores que sirven de instrumento al imperialismo -el del 15 de agosto hasta por la OEA y el Centro Carter-, lo que le confiere al gobierno bolivariano una legitimidad internacional sin precedentes en América Latina.

En cuanto a la legitimidad interna no resulta necesario referirse a ella: el pueblo de Venezuela ha sido su artífice; ha demostrado como pueden los latinoamericanos crecerse y salir victoriosos ante el poder del imperialismo, golpes contrarrevolucionarios, huelgas patronales, comicios donde han primado las reglas de juego de la "legalidad democrática" burguesa; ha demostrado en forma innata -sin teoricismos- su alto nivel político al no dejarse engañar por las campañas propagandísticas reaccionarias -con los órganos de prensa en manos de la derecha- y es que en la práctica ha aprendido quién, de verdad, vela por sus intereses.

Venezuela se ha convertido hoy en el principal problema del imperialismo en América Latina: Cuba ya demostró que una Revolución puede mantenerse a 90 millas de Estados Unidos y ahora Venezuela se ha convertido en referente de que en este mundo unipolar puede surgir y construirse una sociedad mejor.

En la etapa que se abre de profundización del proceso revolucionario y pese a las contundentes victorias, el camino sigue siendo difícil y peligroso: el imperialismo y la derecha doméstica van a ensayar nuevas formas y coincido con Chávez en que tendrán que luchar a muerte contra la corrupción, la burocracia y la ineficiencia, sepultureros de cualquier proceso progresista.

En todo caso, el pasado 31 de octubre, Venezuela y Uruguay dieron clases de democracia a Estados Unidos, pero no conviene olvidar que la oposición está dividida y debilitada: no vencida y que el verdadero poder revolucionario sólo existe cuando está en manos del pueblo.

La victoria del Encuentro Progresista Frente Amplio-Nueva Mayoría, en Uruguay, es el producto de un largo camino unitario que abrió el general Liber Seregni en la década de los años setenta y que ha logrado aglutinar a los más diversos sectores políticos del país, en torno a una amplia plataforma programática, de corte progresista y nacionalista.

Por sobre enfoques teóricos y venciendo el tiempo, como si Artigas, Arismendi, Sendic y Seregni se abrazaran, se han unido para salvar al país que vive una enorme crisis desde comunistas, tupamaros, socialistas y anarquistas hasta sectores de la pequeña y mediana burguesía; todo de un ejemplo.

Por primera vez en más de 187 años ni blancos ni colorados gobernarán y el Encuentro Progresista podrá legislar sin necesidad de alianzas en el Senado y la Cámara, lo que facilitará la tarea del salvar al país de la inédita crisis que hoy lo consume.

Y es que el neoliberalismo ha venido a aglutinar a los uruguayos y muy probablemente en la lucha en su contra se unificarán más; no por gusto por el Encuentro sufragaron alrededor del 51 por ciento de electores y el plebiscito contra la privatización del agua, efectuado ese mismo día 31, fue aprobado por el 63 por ciento.

Aunque también emblemática, de la victoria en Uruguay no se puede esperar tanto como del proceso revolucionario venezolano. Un pequeño país, con una deuda externa que asciende a 13 mil millones de dólares y que tiene fronteras con los dos gigantes suramericanos, Brasil y Argentina, dependerá en mucho de las coyunturas externas para poder adoptar medidas progresistas.

Pero no todo en octubre fue bueno para las izquierdas en América Latina. El gobierno del Partido de los Trabajadores, en Brasil, que para muchos fue una esperanza en el Continente, aunque aumentó su caudal electoral en los comicios municipales y conquistó importantes cargos burocráticos, perdió un bastión que mantenía la izquierda desde hace 16 años, Porto Alegre, y también la prefectura de la más importante de las ciudades de ese país, San Pablo.

A Martha Suplicy, la prefecta de San Pablo que aspiraba a la reelección por el PT, la oí a fines de la década de los años noventa horrorizarse ante las cámaras de televisión porque a la entrada de los estudios una mujer la había nombrado como comunista y semanas después, en declaraciones a la prensa escrita, confesó que su personaje más admirado era Collin Powell. Con esos antecedentes no cuesta trabajo imaginar las causas por las que no pudo retener la prefectura que tanto trabajo costó al PT conquistar hace cuatro años.

Cuando sólo le quedan dos meses para cumplir dos años del gobierno, Luis Ignacio Lula da Silva ha continuado y en algunos casos profundizado la política económica del anterior gobierno socialdemócrata de Fernando Enrique Cardoso y aunque macroeconómicamente se dice que el Producto Interno Bruto del país crecerá económicamente este año en un 4 por ciento, ese crecimiento concentra más las riquezas en los sectores privilegiados.

Para avalar lo anterior basta citar que el principal y casi único proyecto de lucha contra la exclusión social del gobierno lulista, el Plan Hambre Cero, sólo ha logrado brindar apoyo, por cierto muy limitado, a unos tres millones de brasileños, del total de 54 millones que se proponía incluir.

Por otra parte el desempleo y el subempleo alcanzan al 25% de la población económicamente activa y de las 400 mil familias campesinas que en cuatro años se comprometió a asentar el gobierno, según el Movimiento de los Sin Tierra, sólo 28.700 han sido asentadas este año.

En contraste y según cifras reconocidas, durante el año 2003 se pagaron 50.000 millones de dólares por intereses de la deuda, cinco veces más que el presupuesto de salud, ocho veces más que el de educación y 140 veces más que el gasto en reforma agraria.

El principal problema radica en que el Partido de los Trabajadores -controlado por su tendencia mayoritaria, que lleva por nombre Articulación y cuyo líder es precisamente Lula-, desde antes de llegar al gobierno y como táctica para alcanzarlo, fue muy lejos en su juego de alianzas políticas y sociales con el capital internacional y con la derecha doméstica. A lo anterior se suma que una línea progresista en la política interna se hace muy difícil sin el control de los poderes legislativos, en manos de partidos definidamente derechistas.

Mientras, las tendencias de izquierda dentro del PT, minoritarias y profundamente divididas, se han enmarcado en ganar espacio electoral en detrimento del trabajo social en la base, que cuando lo realizan se confunde, a los ojos del pueblo, con la política global de ese Partido y viene a favorecer a su cúpula dirigente.

Así las cosas, ha aflorado la contradicción de que ilusionada por el crecimiento económico que la propaganda presenta cada día y que gracias a esa coyuntura los próximos años serán de prosperidad, la base de apoyo electoral del PT se ha multiplicado en el país, en sentido general, pero por otro en las ciudades más politizadas y económicamente decisivas, los desilusionados petistas han emitido un voto de castigo a sus dirigentes, provocando una costosísima derrota que pone en peligro un segundo mandato de Lula y todo el proyecto político que en teoría presenta ese Partido.

Las derrotas en Porto Alegre y San Pablo deben llevar al PT a una profunda discusión que podría incluso fraccionar a esa agrupación política o hacerle cambiar el rumbo económico-social de estos casi dos primeros años de gobierno.

No por gusto las más importantes victorias del PT en estas elecciones (en las ciudades de Fortaleza, Recife, Aracaju y Victoria) han sido alcanzadas por candidatos que han mostrado un discurso progresista, distante del oficialismo. No obstante, no hay victorias que sean capaces de compensar las pérdidas de Porto Alegre donde incluso, desde el punto de vista internacional se pone en peligro la realización del Forum Social Mundial, en enero próximo, y de San Pablo, cuna de las grandes luchas obreras y del nacimiento del PT.

Una variación de esa política gubernamental sólo parece posible si los movimientos sociales retoman su reactivación tras la tregua de espera que le concedieron al PT en espera del cumplimiento de sus compromisos. Resulta una dolorosa realidad el hecho de que el comprometimiento alcanzado con la derecha internacional y nacional sólo podrá ser modificado ante presiones mucho más fuertes por parte de los sectores sociales.

Brasil es rico en esos sectores sociales y tiene experiencia de esas luchas: el Movimiento de los Sin Tierra, la iglesia Católica de Base con su Teología de la Liberación, la Coordinadora de Movimientos Sociales, el Movimiento de los Sin Techo, la Central Única de Trabajadores (en sus momentos de gloria),el Grito de los Excluidos, con su Coordinadora Social, dan fe de ello.

Una vez más se está dando en la realidad latinoamericana la lección histórica de que las transformaciones sociales sólo han surgido de la lucha de masas y no de la estabilidad burguesa.

No obstante y en sentido general, hay espacio para el optimismo. Venezuela, Brasil, Uruguay, Argentina, donde el pueblo echó a Menem y a La Rua y donde hoy el gobierno de Kirchner, con apoyo popular, no se doblega ante el Fondo Monetario Internacional, han abierto un espacio progresista en Suramérica que fortalece las luchas populares, antiimperialistas y algo estratégico, la visión integracionista, sin la que Nuestra América no podrá salvarse.

Mucho nos queda por ver. En Bolivia el gobierno de Sánchez de Lozada fue barrido por el pueblo, que se mantiene en pie de lucha; en Ecuador sigue vivo el espíritu de la traicionada Revolución de Enero del 2000, cuando en horas fueron barridos los tres poderes del Estado burgués (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y el pueblo amenaza con tomar nuevamente las calles; en Colombia el imperialismo, pese a sus planes contrainsurgentes no ha podido doblegar a los revolucionarios; en Perú según las encuestas, el presidente Toledo gobierna con menos del 10 por ciento de apoyo y crecen las luchas populares; en Chile hace agua el pacto social, se comienza a perder el miedo y se exigen responsabilidades a los asesinos y traidores.

Una nueva realidad surge. No obstante, hay que dar algo por cierto: por un lado, el imperialismo no se va a quedar con los brazos cruzados y por otro, como bien cantara ese grande entre los grandes, César Vallejo: ¡Cuídate, España, de tu propia España!

¿Optará Estados Unidos por nuevos Pinochet?. Los pueblos tienen que estar preparados para esta variante.

 
 

Eddy E. Jiménez es escritor, periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Autor de los libros “La guerra no fue de fútbol”, mención única del Premio Casa de las Américas (1974); “Ante el 10 de marzo” (1986); “Hablar de Cuba. Hablar del Che, conversaciones con Leonardo Boff y Frei Betto” (1999 y 2000); y “La revolución de los camaleones” (2000 y 2003).

 
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ÚLTIMA REVISIÓN: 20/11/2004
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