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Alta tensión entre Caracas, Washington y Bogotá
Por Roberto Mansilla Blanco (Canal Mundo, 20/04/2004)
 
 

El interminable y complejo laberinto venezolano está complicándose cada vez más tras los últimos acontecimientos entre el gobierno de Hugo Chávez y los dos principales socios comerciales de Venezuela: EEUU y Colombia. El aumento de la tensión diplomática y política entre Caracas, Washington y Bogotá está internacionalizando con fuerza la crisis venezolana hasta límites aún desconocidos.

La semana pasada, durante una alocución presidencial, Chávez atacó directamente al gobierno de George W. Bush al enviar un mensaje de apoyo “a la valiente insurgencia iraquí que lucha por su soberanía contra las fuerzas de ocupación estadounidenses”. El ataque verbal no era gratuito: desde comienzos de abril, el gobierno de Chávez ha reiterado sus denuncias ante lo que considera el plan de Washington para desestabilizar a su gobierno, mediante el apoyo a la oposición, calificada como “golpista y fascista”, incluso señalando directamente al embajador estadounidense en Venezuela, Charles Shapiro, de estar detrás de estos planes. La semana pasada, un portavoz del Departamento de Estado norteamericano pareció darle la razón a Chávez, al declarar que el gobierno de Bush “financiaba a la oposición democrática venezolana, como hace con diversos movimientos democráticos a nivel mundial”.

Una vez realizadas estas declaraciones, el presidente Chávez decidió arremeter aún más contra Washington. A su declarado apoyo a la insurgencia iraquí se añadió el completo respaldo al nuevo gobierno español de José Luis Rodríguez Zapatero, calificando de “valiente y soberana” su decisión de retirar las tropas españolas de Irak y esperando que el nuevo gobierno socialista “no se someta a los designios de EEUU, como hizo su antecesor José María Aznar”. Esto provocó una dura respuesta por parte del senador estadounidense Bill Nelson quien, tras visitar Caracas, declaró que el gobierno de Chávez podría ser considerado como “hostil e inamistoso” por parte de EEUU, a tenor de su “apoyo a la guerrilla colombiana, de los intentos por obstaculizar el referéndum revocatorio y de la falsificación de documentos de identidad y pasaportes, que podrían caer en manos de terroristas”.

La intención de Chávez parece clara: sabe que la batalla internacional se gana incluso atacando el poder estadounidense, a fin de erigirse como líder regional alternativo y conseguir apoyo continental en la OEA en un momento en que la posición regional de Washington es delicada, no sólo por el asunto de Irak, sino por su actuación en la crisis de Haití. Pero, a diferencia de lo que sucede dentro de Venezuela, Chávez sabe que las armas en esta batalla internacional no las tiene todas consigo.

La semana pasada, el ex ministro colombiano Juan Manuel Santos publicó un copioso artículo donde acusaba directamente al presidente Chávez de provocar la inestabilidad continental y de haber permitido la infiltración de miembros de la seguridad cubana en el país, a fin de reforzar sus lazos con el régimen de Fidel Castro y avanzar en la “cubanización” de Venezuela. Al mismo tiempo, el Senado colombiano aprobaba una resolución en la cual podría convocar a que la OEA aplicara sanciones a Venezuela, correspondientes a la Carta Democrática, debido al “autoritarismo del régimen chavista al obstaculizar el derecho ciudadano de convocar a un Referéndum revocatorio”. Detrás de dicha resolución se encuentran los senadores Eduardo Gómez Hurtado y Julio Londoño, dos políticos conservadores profundamente conocedores de la situación venezolana y muy influyentes en los círculos políticos tanto en Bogotá como en Washington.

Al mismo tiempo, ONGs de derechos humanos como Human Rights Watch y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, publicaban extensos informes sobre la brutal represión realizada por el régimen chavista los primeros días de marzo, tras los disturbios a nivel nacional y el escabroso caso de tortura contra ocho militares, de los cuales uno de ellos falleció. Calificándolo como un mandatario violador de los derechos humanos, dichos organismos reforzaron la tesis de aplicar la Carta Democrática contra Venezuela.

El problema para Chávez es que, si bien está obteniendo éxito a nivel interno a fin de alejar la posibilidad de que se celebre un Referéndum revocatorio en su contra (en estos momentos paralizado en una maraña de dispositivos legales y constitucionales a través de las salas Electoral y Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia y las negociaciones entre el Consejo Nacional Electoral y la oposición), la batalla por ganarse apoyo exterior la está perdiendo de manera considerable. Tan sólo posee a su favor su irrestricta alianza con Cuba y el apoyo de algunos países caribeños beneficiarios de los programas de suministro petrolero venezolano. El una vez denominado eje con el presidente brasileño Lula da Silva y el argentino Kirchner ha venido desvaneciéndose, desmarcándose ellos de Chávez e incluso coqueteando con la oposición. Prácticamente aislado internacionalmente, Chávez observa cómo el eje Washington-Bogotá, reforzado con el Plan Colombia, parece estar manejando los hilos de la internacionalización de la crisis venezolana.

 
 

Roberto Mansilla Blanco é analista do IGADI.

 
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