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Haití en su laberinto
Por Roberto Mansilla Blanco (Gloobal, iecah.org, 26/02/2004, Noticias Obreras, marzo/2004)
 
 

La crisis de gobernabilidad y disolución socio-política que desde hace dos semanas azota a Haití está explotando en la cara de la OEA y los organismos regionales, así como del gobierno estadounidense, de tal manera que puede dar lugar a un conflicto incontrolable con la capacidad suficiente para provocar una crisis humanitaria que afecte a la vecina República Dominicana, así como a un nuevo éxodo de haitianos a EEUU. Lo paradójico del problema es que Haití está celebrando el bicentenario de su independencia, que le llevó en 1804 a ser la primera república negra del mundo, en medio de una anárquica situación con visos de convertirse en guerra civil.

El presidente haitiano, Jean Bertrand Aristide, se ve cada vez más cercado por las milicias armadas que amenazan con sacarlo del poder por la fuerza, mientras el país caribeño se desliza peligrosamente hacia una confrontación armada que afectaría la región caribeña y centroamericana, así como el prestigio de la OEA y EEUU. Hasta los momentos, los enfrentamientos han arrojado más de 50 muertos mientras los rebeldes esperan concretar en pocos días el avance final hacia la capital, Puerto Príncipe, donde Aristide ya ha activado el concurso de grupos armados a su favor, mejor conocidos como “chimeres”.

De poco parece servirle al mandatario haitiano el apoyo tácito a su legitimidad ofrecido tanto por la OEA como el CARICOM, así como los infructuosos intentos de mediación política por parte de los gobiernos de EEUU, Francia, Canadá y otros países del Caribe, a través del envío de delegados el pasado sábado 21 de febrero, con la finalidad de buscar una solución política entre el presidente y la oposición política, separada ésta última de las bandas armadas que ya tienen controlado casi el 60% del país. La oposición ve como única salida la renuncia de Aristide quien, para aferrarse en el poder hasta las elecciones de 2006, enfatiza su popularidad en el apoyo de miles de pobres en las zonas marginales de la capital, mientras se apertrecha en su palacio junto a cientos de milicianos simpatizantes.


El populismo autocrático de Aristide

En el contexto hemisférico, la crisis haitiana se ha convertido en un duro “test” para la OEA, la cual explotó en el mismo momento en que el principal organismo regional intenta encontrar una solución a la crisis política venezolana, así como estabilizar la explosiva región andina, tras los sucesos en Bolivia en octubre pasado, el interminable conflicto colombiano y las tensiones sociales en Ecuador y Perú.

En el caso de Aristide, la OEA y EEUU han tenido que ceder a su tradicional posición de apoyar tácitamente a los gobiernos elegidos democráticamente. Pero el pasado de Aristide da para todo tipo de controversias, lo que complica la posición tanto de la OEA como del gobierno estadounidense: antiguo cura salesiano y líder opositor durante la dictadura de la dinastía Duvalier, Aristide se convirtió en 1990 en el primer presidente elegido democráticamente en Haití. El golpe militar del general Raoul Cedrás en 1991 lo envió al exilio estadounidense, donde se preparó su regreso tras la invasión de los “marines” en 1994.

Tras completar su período en 1996, donde entregó el poder a Raoul Preval, Aristide volvió en el 2001. Desde entonces, se mantiene en el poder gracias a su renovada imagen populista, combinada con la intimidación de grupos armados que proliferan en una nación sin Ejército y con una débil y escasa policía nacional. En este aspecto, demostró saber mantener eficazmente algunas estructuras del poder heredadas de la era Duvalier. Sus opositores lo acusan de autócrata represor y corrupto, ya que planeaba un fraude electoral en las elecciones legislativas pautadas para este verano.


Una oposición rebelde y heterogénea

Para complicar el panorama, la inédita insurrección armada que se escenificó en la norteña ciudad de Gonaives a principios de mes no parece convertirse en un grupo homogéneo con claros objetivos políticos más allá de la caída de Aristide. El principal grupo armado es el Frente de Resistencia de Gonaives o de la Artibonite, región principalmente productora de arroz que proclamó sorpresivamente su independencia la semana pasada, en un intento por forzar a Aristide a que abandonara el poder.

Este grupo armado no tiene ninguna conexión con Convergencia Democrática, la oposición política a Aristide en la capital, lo cual deja entrever que los opositores al presidente no están unidos en un frente homogéneo que deja dudas sobre el futuro político del país más pobre del hemisferio occidental. El líder visible del Frente es Buter Metayer, un antiguo simpatizante de Aristide que se volteó contra el actual mandatario tras el asesinato de un pariente opositor. Metayer era el jefe del trágicamente conocido Ejército Caníbal, base miliciana pro-Aristide que se encargaba de amedrentar y atemorizar a la disidencia y que hoy ocupa el puesto principal dentro de las bandas armadas civiles de la actual insurrección. Otros líderes rebeldes son Winter Ettienne y Guy Philippe, quienes poseen numerosos milicianos armados que en cualquier momento, en el caso hipotético de que logren acabar con Aristide, podrían provocar una lucha armada entre ellos.

Lo que contribuye a empeorar las perspectivas en la nación lo constituyen las imágenes de saqueos, venganzas personales y ensañamiento hacia los cadáveres que se han venido mostrando con el avance de los grupos armados hacia la capital. Esta mezcla de salvajismo anárquico planea peligrosamente sobre una nación cuyas instituciones políticas y sociales son débiles y en muchos casos inexistentes, sin la capacidad suficiente para garantizar un orden político interno salvo que la comunidad internacional se involucre directamente en un problema que, cada día que pasa, se le escapa de las manos.


El juego de intereses externo

En medio de esta vorágine, la OEA y el CARICOM (Comunidad del Caribe), apenas han tenido éxito en sus gestiones. El secretario general de la OEA, César Gaviria, así como el subsecretario estadounidense para Asuntos Hemisféricos, Roger Noriega, fueron a Puerto Príncipe para recibir una fuerte crítica por parte de Aristide a los grupos armados, a los que acusa de “terroristas” y de intentar un golpe de Estado. Los contactos con la oposición política fueron infructuosos, y nada debían esperar de los líderes rebeldes que han mostrado una posición abiertamente contraria a la intervención extranjera.

El espacio que debería ocupar la OEA ha sido lentamente llenado por EEUU y Francia, dos países que se han enzarzado en una silenciosa pugna por tratar de influir en la solución del problema, con la peligrosidad de que pareciera que jugaran con fuego. Washington no tiene intereses sólidos en Haití, pero ha querido influir en los acontecimientos ofreciendo un plan de paz, señalando en otros casos a Aristide como el problema, o incluso ofreciendo una solución militar vía intervención directa. Del mismo modo, EEUU espera solucionar el conflicto para poder reforzar su dominio regional y recuperar su prestigio como mediador de crisis en momentos en que la imagen de Washington ha caído considerablemente entre la opinión pública hemisférica. Incluso, tantean con la posibilidad de accionar una solución militar, ya sea directa o con el apoyo de la ONU y la OEA. El secretario de Estado Colin Powell, propuso el envío de una misión militar desde el Comando Sur, con sede en Miami, la cual se hizo efectiva con el envío de 50 soldados el lunes 23 para resguardar el regreso de su personal diplomático.

Pero a quien sí le interesa la problemática haitiana es a Francia. En París el canciller Dominique de Villepin anunció la posibilidad de enviar tropas de paz a la ex colonia caribeña, bajo la bandera de la ONU, a fin de pacificar el conflicto. París ve el drama haitiano como una oportunidad para contrarrestar la influencia estadounidense en el hemisferio, y ya ha accionado contactos geopolíticos con Brasil a fin de posicionarse en ese sentido. A principios de febrero, cuando explotó la crisis haitiana, Villepin iniciaba una gira por México, Chile, Argentina y Brasil, en un intento por remodelar un sistema de alianzas favorable a París en la región. De allí la mayor implicación de Francia en el conflicto colombiano, la crisis venezolana y la posición de Brasil en el seno de MERCOSUR, contraria al ALCA propuesto por EEUU.

Pero nada de esto parece ser la solución. Haití está demostrando los problemas que los llamados “Estados fallidos”, aquellos incapaces de garantizar un orden público y seguridad a sus ciudadanos, provocan a la hora de la toma de decisiones para la solución de conflictos políticos con posibilidades de convertirse en crisis humanitarias. Mientras Haití se desangra en su violento laberinto, la comunidad internacional juega a sus intereses o bien mira para otro lado.

 
 

Roberto Mansilla Blanco é analista do IGADI.

 
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ÚLTIMA REVISIÓN: 25/02/2004
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