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La nueva realidad geopolítica de América Latina
Por Roberto Mansilla Blanco (iecah, 10/12/2004)
 
 

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Beijing ya ha relevado a Japón como el principal inversor asiático en Latinoamérica, además de constituirse como el tercer mayor importador de la región y el cuarto mayor mercado en exportaciones (sus intercambios comerciales han crecido un 50,4% en este último año). Uno de los vértices de esta estrategia china tiene que ver con el petróleo: a fin de disminuir la dependencia energética de Oriente Medio, Hu Jintao acaba de sellar alianzas con las empresas petroleras estatales Petrobras, de Brasil, y PDVSA, de Venezuela, para la construcción de gasoductos y oleoductos. Siguiendo con China, el presidente Lula desea configurar una estrecha relación con Beijing a la hora de moldear un nuevo orden mundial multipolar. (Foto: Lula e Hu Jintao, Brasilia 12/11/2004, @Ricardo Stuckert/ABr).
 
La victoria electoral de Tabaré Vázquez en Uruguay ha confirmado el decisivo giro a la izquierda y el centrismo político en la mayoría de los países de América del Sur, finalizando con ello los años dominados por el llamado “consenso de Washington”. América Latina está experimentando un cambio a su vez dinámico e incierto, marcado por un período de transformaciones políticas y sociales que configuran una nueva realidad geopolítica, cada vez más enfocada en torno al eventual éxito reformista que pueda lograr Lula da Silva en Brasil. Simultáneamente, la reelección del presidente estadounidense George W. Bush, si bien podría incrementar moderadamente la importancia de la región en la agenda diplomática de la Casa Blanca, no contribuirá decisivamente a frenar la paulatina pérdida de influencia estadounidense en el contexto latinoamericano. Por otra parte, la región parece darle una ventana abierta a Europa, Rusia y China, como nuevos y alternativos socios económicos y políticos.

Bastaría con hacer un somero repaso a los acontecimientos políticos en América del Sur en las últimas semanas para darse cuenta de los cambios que está experimentando la región, a pesar de la sensación de encontrarse alejada del centro de la atención mundial tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Estos cambios vienen condicionados fundamentalmente por las convulsiones propias de unas sociedades que ansían transformaciones profundas y de unos gobiernos atrapados en el eterno dilema de conciliar democracia social con desarrollo y progreso económico.

Las primeras noticias vienen del ámbito electoral. El domingo 31 de octubre, la izquierda y la socialdemocracia latinoamericana confirmaron su potencialidad tras las victorias presidenciales en Uruguay y municipales en Chile y Venezuela. Dos semanas antes, el Partido de los Trabajadores de Lula en Brasil, obtuvo una sólida victoria en los comicios regionales y municipales, a pesar de la simbólica pérdida de dos plazas políticas tan importantes como Sao Paulo y Porto Alegre. Mientras tanto, el domingo 14 de noviembre, el Frente Sandinista en Nicaragua avanzó como la principal fuerza política de este país, tras su victoria en las municipales. Ese mismo día, el PRI mexicano también coronaba una significativa victoria electoral en dos Estados claves, colocándose como la principal alternativa electoral al gobierno de centro-derecha de Vicente Fox, de cara a las presidenciales de 2006.


China e Rusia entran en escena

Fuera del ámbito electoral, la gira del nuevo presidente chino Hu Jintao, visitando Argentina, Brasil, Chile y Cuba, reveló la importancia que está adquiriendo la relación entre China y América Latina en la configuración de un mundo que trata de cuestionar la unipolaridad estadounidense, con Brasil como uno de los centros más dinámicos de este eje alternativo. Beijing ya ha relevado a Japón como el principal inversor asiático en Latinoamérica, además de constituirse como el tercer mayor importador de la región y el cuarto mayor mercado en exportaciones (sus intercambios comerciales han crecido un 50,4% en este último año).

Uno de los vértices de esta estrategia china tiene que ver con el petróleo: a fin de disminuir la dependencia energética de Oriente Medio, Hu Jintao acaba de sellar alianzas con las empresas petroleras estatales Petrobras, de Brasil, y PDVSA, de Venezuela, para la construcción de gasoductos y oleoductos.

Siguiendo con China, el presidente Lula desea configurar una estrecha relación con Beijing a la hora de moldear un nuevo orden mundial multipolar. En este aspecto, otros países como India, Rusia y Suráfrica también ingresan en la ecuación geopolítica de Brasilia. En concreto, Moscú entra ahora en América del Sur con un inesperado énfasis en materia militar y petrolera, especialmente de cara a Brasil y Venezuela; mientras la reciente gira del presidente venezolano Hugo Chávez a España, Rusia, Irán y Libia, confirma esa necesidad suramericana de diseñar nuevos polos multipolares, utilizando en este caso específico el petróleo como eje diplomático. Del mismo modo, los planes del gobierno de Lula en avanzar el desarrollo de su programa nuclear y espacial cuentan con el apoyo europeo.

No hay que olvidar que Brasil y Argentina constituyen los centros neurálgicos de la potencialidad de MERCOSUR como marco integrador suramericano, en clara contraposición al ALCA defendido desde Washington, proyecto que no verá luz en la fecha prevista inicialmente (enero de 2005). La disputa entre ALCA y MERCOSUR tomará gran parte de la agenda diplomática entre EEUU y Brasil para los próximos meses, mientras, en paralelo, se activan los esfuerzos suramericanos por avanzar más allá de la integración económica: la cumbre latinoamericana de Cuzco (Perú), del 9 de diciembre, servirá de marco para la propuesta de lanzamiento de la Unión Sur Americana como elemento político integrador vinculado a MERCOSUR y al área andina. Del mismo modo, la recién finalizada Cumbre de la APEC (Área de Cooperación Económica de Asia Pacífico), realizada en Santiago de Chile, contó con la activa participación de los mandatarios de China, Rusia y EEUU.


¿Revolución o reforma?

Este decisivo viraje a la izquierda y las alternativas reformistas y centristas se viene manifestando desde la victoria de Hugo Chávez en Venezuela, en 1998. En 2000, el socialista Ricardo Lagos triunfó en Chile; un año después fue el turno en Perú del líder de origen indígena, pero educado en EEUU, Alejandro Toledo, tras la caída del régimen fujimorista producto de un fraude electoral y la posterior presión popular. La tendencia continuó en 2002, con Lucio Gutiérrez en Ecuador, un militar de origen indígena, visible líder de la revuelta aborigen y social de enero de 2000 que acabó con el gobierno liberal de Jamil Mahuad. Más tarde vinieron Lula da Silva, en Brasil, y Néstor Kirchner, en Argentina, este último triunfador de unos comicios adelantados tras la rebelión popular de diciembre de 2001, que acabó con el gobierno de corte neoliberal de Fernando de la Rúa y su polémico ministro de economía, Domingo Cavallo. El péndulo político ha ido cambiando desde el llamado “consenso de Washington” hacia nuevas alternativas populares, quizás más autóctonas y receptivas con las demandas sociales. En este sentido, la revuelta social boliviana de octubre de 2003, que permitió la renuncia del ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, tras su polémico intento de sujetar la industria estatal de gas a las compañías transnacionales, ha marcado de una manera simbólica ese fin de época y la asunción de un nuevo escenario.

La contundente e histórica victoria electoral de Tabaré Vázquez y la izquierda en Uruguay no hacen más que confirmar este cambio cíclico, en un momento sumamente crítico para un país fuertemente dependiente de la evolución política y económica de sus dos poderosos vecinos y socios comerciales, Brasil y Argentina. El cambio uruguayo también imprime una dosis de esperanza para la mayoría de las sociedades de la región y para los partidos y movimientos que ansían un cambio profundo.

En otro orden de cosas, la conformación del Foro de Sao Paulo en 1994, completado posteriormente por el Foro Social Mundial de Porto Alegre, ha ido aglutinando a los principales movimientos políticos y sociales de izquierda, reformistas o revolucionarios, desafectos al “consenso neoliberal” defendido por Washington. Este Foro concentró inicialmente al Partido de los Trabajadores brasileño, el bolivarianismo venezolano de Chávez, el sandinismo nicaragüense, el Frente Amplio uruguayo de Tabaré, el “zapatismo” de Chiapas, los partidos indigenistas de Guatemala, Perú, Ecuador y Bolivia, e incluso grupos guerrilleros como las FARC colombianas, entre otros. Todos ellos, junto con muchos otros movimientos sociales, forman hoy parte activa de un organismo que, diez años después, puede concluir con éxito que su plataforma socio-política alcanzó el poder en países como Brasil, Venezuela y Uruguay, pero confirmó también la potencialidad e importancia de Brasil como centro de una alternativa política regional.

Sin embargo, la realidad actual muestra un escenario no tan homogéneo, lleno también de incertidumbres. La propuesta “revolucionaria bolivariana” de Hugo Chávez, atisba un panorama político interno donde el “chavismo” consolida un cuasi-control total con pretensiones expansivas regionales, pero que ha perdido eco ante el ascenso de posiciones más moderadas como las de Lula, Lagos y, ahora, Tabaré. La propuesta bolivariana se ha concentrado más en el área andina y centroamericana, dirigida sobre todo hacia el tradicional indigenismo político. En este aspecto, se manejó una posible expansión de la opción revolucionaria bolivariana en las rebeliones sociales de Ecuador y Bolivia, cuyos resultados fueron contradictorios. Del mismo modo, las opciones de Gutiérrez, en Ecuador, y Toledo, en Perú, se han visto empañadas por diversos fracasos políticos internos, que les han propiciado unas contundentes pérdidas de popularidad. Ambos son vistos por la mayor parte de los movimientos de oposición como socios muy ligados a Washington, mientras aumenta el clima de inestabilidad socio-política.

En este escenario, son las opciones menos radicales y más centristas las que ganan terreno. Lula, Kirchner, Lagos y Tabaré conforman una red cada vez más sólida, capaz de negociar firmemente con Washington y con los organismos financieros internacionales sin que esto signifique alejarse de las necesarias reformas sociales. En este eje, el Brasil de Lula conforma el principal polo de referencia, y su importancia cobra cada vez mayor notoriedad en Washington.


Washington maneja sus cartas

Por su parte, el gobierno estadounidense queda en la zona con un solo aliado fiel, el presidente colombiano derechista Álvaro Uribe Vélez, a través de una relación fraguada por el vínculo especial que provee la asistencia militar y financiera del Plan Colombia, reforzado tras la última reunión entre Bush y Uribe. Por su parte, los países andinos y centroamericanos negocian bilateralmente acuerdos de libre comercio con Washington, a fin de allanar el camino al ALCA.

Mientras el componente hispano gana terrero electoral en la política estadounidense, tal y como se vio en las últimas presidenciales, temas como la potencialidad de Brasil y la firme alianza entre Fidel Castro y Hugo Chávez, cobrarán mayor relieve en la configuración de la política de la Casa Blanca de cara a Latinoamérica.

 
 

Roberto Mansilla Blanco es analista del IGADI.

 
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ÚLTIMA REVISIÓN: 13/12/2004
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