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El Plan Patriota de Uribe
Por Roberto Mansilla Blanco (Canal Mundo, 04/05/2004)
 
 

Nuevas señales políticas anuncian un cambio de rumbo significativo en el conflicto colombiano. El presidente Álvaro Uribe Vélez, concentrado en sus esfuerzos por lograr la reforma constitucional que le permita postularse a la reelección en el 2006, ha decidido dar un giro trascendental al Plan Colombia que funciona en el país desde agosto de 2000. El anuncio de una nueva estrategia, denominada Plan Patriota, dirigida directamente hacia la guerrilla de las FARC y los carteles de la droga, busca sustituir o, al menos expandir, el proyecto original concebido en el Plan Colombia.

El Plan Patriota consiste en una nueva fase de la ofensiva militar contra las FARC, especialmente en los departamentos del Meta y Caquetá, donde la guerrilla colombiana concentra la mayor parte de sus casi 20.000 efectivos. El Plan de Uribe tiene el total respaldo de Washington, el cual contribuirá con asistencia técnica y militar en su afán porque el gobierno colombiano elimine significativamente la amenaza guerrillera o, al menos, la obligue a desarmarse e iniciar negociaciones de paz, hoy visiblemente estancadas.

El momento luce propicio para Uribe. La extraña desaparición física del líder político paramilitar Carlos Castaño revela la profunda división dentro de las Autodefensas Unidas de Colombia, fragmentada tras el anuncio de Castaño el año pasado, de iniciar un proceso de desmilitarización y ruptura con los narcotraficantes. Este hecho juega a favor de los planes de Uribe. Castaño se encuentra en paradero desconocido desde hace tres semanas y son cada vez más fuertes los rumores de que fue asesinado, ya sea por alguno de los otros líderes paramilitares o bien por encargo de alguno de los jefes de los carteles de la droga.

Precisamente, el asunto del narcotráfico revela un nuevo escenario: prácticamente desaparecidos los tradicionales carteles de Medellín y Cali, sustituidos por una decena de carteles entre los que destaca el Cartel del Norte, éste se encuentra también golpeado por las operaciones antidrogas, dividido entre diversos líderes narcotraficantes que luchan entre sí por el control de los cultivos y los mercados. Siendo Colombia el mayor productor de heroína y el mayor exportador a los EEUU, tanto Bogotá como Washington están deseosos de aprovechar la coyuntura de crisis en los carteles de la droga y los paramilitares, para activar una ofensiva militar definitiva. Pero la duración de la misma puede ser de años y no de meses.

Este escenario apunta igualmente a una nueva situación para las FARC. La guerrilla izquierdista ha venido sufriendo severas derrotas militares desde que el anterior presidente Andrés Pastrana suspendiera la zona desmilitarizada del San Vicente del Caguán, otorgada al principio de su mandato para alcanzar un acuerdo de paz. Con Uribe de presidente, las FARC lograron un ágil golpe de efecto el primer día de su presidencia, con mortales atentados terroristas en las cercanías del Palacio Presidencial. Pero, tras dos años de poder de Uribe, sus ofensivas han sido contenidas por parte de las Fuerzas Armadas colombianas, al mismo tiempo que han sufrido pérdidas militares. Tan sólo el debilitamiento de sus tradicionales enemigos, los paramilitares, les ha ayudado a mantener sus actuales posiciones estratégicas.

Con el Plan Colombia prácticamente sustituido por un Plan Andino concebido igualmente desde Washington, el presidente Uribe espera igualmente asegurarse el apoyo regional en su lucha contra la insurgencia y el narcotráfico. Tiene el respaldo de sus homólogos ecuatoriano Lucio Gutiérrez y peruano Alejandro Toledo, mientras el presidente brasileño Lula da Silva no se muestra abiertamente en contra, aunque ha manifestado sus reservas sobre las intenciones estadounidenses en la Amazonía brasileña. Tan sólo el presidente venezolano Hugo Chávez se muestra contrario al plan, por las repercusiones que el conflicto colombiano tendrían en la crítica situación venezolana. La reciente declaración del jefe político de las FARC, Raúl Reyes, de simpatía con el proceso bolivariano iniciado por Chávez, deja al presidente venezolano arrinconado ante la nueva estrategia de Bogotá y Washington. Si a esto agregamos la pésima coyuntura en las relaciones diplomáticas entre Caracas, Bogotá y Washington, la situación externa se le hace compleja a Chávez, y más fácil de manejar para Uribe.

 
 

Roberto Mansilla Blanco é analista do IGADI.

 
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