El pasado 7 de febrero de 2010, en la jornada de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebradas en Ucrania, Víktor Yanukovich, líder de la formación más relevante de la oposición, el Partido de las Regiones, superó con una ventaja mínima del 3,5% de los votos (48,95% contra 45,47% según los resultados oficiales) a su oponente Yulia Timoshenko, la actual primera ministra del gobierno ucraniano y líder del partido BYuT (Bloque Yulia Timoshenko).
Junto al actual presidente Viktor Yushchenko, Yanukovich y Timoshenko se erigieron en los últimos años como figuras centrales de la política ucraniana. Con anterioridad, ambos candidatos se habían enfrentado de manera indirecta durante las polémicas elecciones presidenciales celebradas en 2004, que dieron paso a la “Revolución Naranja”.
En aquel momento, y para evitar la victoria del actual presidente y líder del movimiento “naranja” Yushchenko, Yanukovich y el entonces presidente Leonid Kuchma consumaron un fraude electoral que provocó una serie de protestas en todo el país, demandando la repetición de las elecciones. En consecuencia, las fuerzas unidas de Yushchenko y Timoshenko consiguieron denunciar este fraude electoral, que terminó con las aspiraciones de Yanukovich en favor del actual presidente, estableciendo una repentina orientación geopolítica prooccidental de Ucrania.
Una campaña de acusaciones
Puede parecer irónico e, incluso, decepcionante que Yanukovich, un político con escasa educación y considerado el gran “antihéroe” de las elecciones de 2004, no sólo no quedara al margen de la vida política sino que, con el voto popular, lograra ganar las elecciones de 2010 para convertirse en el próximo jefe de Estado ucraniano.
Durante la campaña electoral, ambos candidatos se fijaron en las viejas taras del oponente. Timoshenko subrayó el pasado criminal de Yanukovich, quien por haber cometido delitos contra la integridad física en los años 1960 y 1970, fue condenado a un total de cinco años de cárcel. Por otro lado, Yanukovich ponía en relieve la antigua alianza entre Timoshenko y el actualmente impopular presidente saliente Yushchenko, quien no llevó a cabo las reformas prometidas, dejando a Ucrania sumida en una profunda crisis económica.
Ninguno de los candidatos fue capaz de proponer un programa real de mejora de la difícil situación interna y ambos, en lugar de involucrarse en una discusión meritora, intentaron amedrentar a su electorado. Timoshenko advertía sobre los posibles fraudes electorales, criticando la posibilidad de votar en casa, algo muy popular entre los partidarios de Yanukovich.
Éste, por su parte, al hablar de los observadores electorales polacos, lituanos y georgianos, los llamaba “guerreros” y sugería que su único fin era respaldar a Timoshenko.
La retórica usada por ambos candidatos no fue la propia de cualquier democracia desarrollada. Igualmente, el cambio de la ley electoral entre la primera y la segunda ronda de las elecciones es dificilmente compatible con el principio de seguridad jurídica, tan importante en cualquier estado de derecho. No obstante, en comparación con la campaña electoral de 2004, los actuales comicios han supuesto un paso significativo en la búsqueda de una democratización plena.
A pesar de la opinión positiva en relación al respeto de los estándares democráticos a lo largo del proceso electoral, expresada por los observadores internacionales designados por la OSCE o el Consejo de Europa, Timoshenko anunció su intención de impugnar ante los tribunales los resultados de la votación en ciertas circunscripciones. Esta decisión puede causar algunas protestas en la calle y, de seguro, provocará un retraso en el cambio presidencial.
Sin embargo, y tomando en cuenta diversas circunstancias políticas, así como la presión interna y externa para reconocer la victoria de Yanukovich, la primera ministra Timoshenko finalmente tendrá que aceptar su derrota, lo cual vendría a confirmar la improbabilidad de repetir la alianza política que consolidó la denominada “Revolución Naranja”.
¿Adiós a Occidente?
Ahora bien, el sistema político de Ucrania es bastante complejo, situándose a medio camino entre un modelo semi-presidencial y otro parlamentario. El presidente goza de una variedad de competencias efectivas, pero su libertad en cuanto a la designación del primer ministro está restringida.
Por tanto, el cambio del presidente no equivale a la dimisión automática del primer ministro y, aunque esto pudiera ocurrir en este caso, Timoshenko permanecerá como líder de uno de los partidos más importantes del Parlamento. Ello le permitirá obstaculizar las acciones promovidas por el presidente electo, lo cual puede dar lugar a crisis parlamentarias e incluso a la convocatoria de elecciones legislativas anticipadas.
Con tan escasa ventaja sobre Timoshenko, la perspectiva de comicios legislativos anticipados es poco deseable para Yanukovich. Además, hay que tener en cuenta la relativamente cómoda situación de la fracción de Yanukovich, el Partido de las Regiones, el cual aunque se encuentra en la oposición sigue siendo todavía el partido con mayor representación parlamentaria.
Por consiguiente, lo que puede esperarse ahora del presidente electo son intentos de crear una mayoría parlamentaria estable y capaz de debilitar la posición de la primera ministra. Tendrá que hacerlo convenciendo a los partidos o individualmente a los diputados de que dejen de apoyar la ya desequilibrada coalición gubernamental formada por BYuT y el bloque NU-AP (Nuestra Ucrania – Autodefensa Popular).
Los juegos políticos internos no permiten suponer un pronto ajuste de los problemas de Ucrania: la bipolarización política del país, la corrupción de las elites y la necesidad de realizar reformas económicas. Es más, este arreglo no sería del agrado de las grandes oligarquías industriales que tradicionalmente respaldan a Yanukovich. Por tanto, parece lógico que Yanukovich se centre en otros objetivos.
En cuanto a la política exterior, la presidencia de Yanukovich significará para Kiev la casi efectiva renuncia a su ingreso en la OTAN, el posible debilitamiento de sus relaciones con la UE y un mayor acercamiento a Rusia. En los próximos meses, Moscú intentará recuperar su influencia en los asuntos ucranianos, perdida durante la presidencia de Yushchenko. Su mejor argumento radica en la dependencia ucraniana del gas ruso, por lo que la resolución de ese problema será la prioridad de Yanukovich.
No obstante, Yanukovich no es hoy la misma persona de hace cinco años y, a pesar de sus innegables tendencias prorrusas, no permitirá que Medveded y Putin le conviertan en un títere a su servicio. El líder del Partido de las Regiones se ha percatado de la necesidad de fortalecer la posición de Ucrania como Estado independente para defenser sus propios intereses políticos y económicos, que no necesariamente tienen que ser complementarios de los intereses de su vecino ruso.
Hacia un cambio más democrático
A lo largo de los últimos cinco años, Ucrania sufrió profundos cambios políticos y sociales, muchos de ellos inalterables. La aproximación al mundo occidental conllevó una modificación aún más importante: el cambio de pensamiento en la sociedad, y el pasado proceso electoral fue prueba de ello. La participación electoral en la segunda vuelta ascendió al 69%. Este índice no es bajo, pero para Ucrania tampoco es un porcentaje muy elevado.
Sin embargo, lo que llama la atención es la cantidad de gente que votó en contra de ambos candidatos. Es decir, un 4,36% de votantes, lo que equivale a más de un millón de personas, y si contamos también los votos nulos (1,19%), sumarían 1,4 millones de personas que fueron a las urnas solo para decir “no” a la situación política actual. Esto puede considerarse un factor positivo porque evidencia una clara señal del proceso inalterable de formación de una sociedad civil que desea tener influencia en los asuntos de su propio país y ejercer sus derechos.
