El “desensamblaje” de las empresas

El siglo XX presenció dos grandes revoluciones productivas. La primera se inicia en 1913 cuando los principios de estandarización del trabajo, planteados por Frederick W. Taylor en su obra “Principios de la Administración Científica”, fueron aplicados por Henry Ford en la fabricación de sus vehículos. Ello dio lugar a la llamada línea de ensamblaje, en la cual cada obrero estaba llamado a cumplir una función repetitiva y puntual dentro de una inmensa línea mecanizada. Con ello se dejaba atrás la fabricación individual de cada vehículo y se disminuían drásticamente el tiempo y el costo de manufactura involucrados por unidad. Una vez demostrada su eficacia, este modelo se generalizaría al conjunto de los procesos productivos de escala.

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El siglo XX presenció dos grandes revoluciones productivas. La primera se inicia en 1913 cuando los principios de estandarización del trabajo, planteados por Frederick W. Taylor en su obra “Principios de la Administración Científica”, fueron aplicados por Henry Ford en la fabricación de sus vehículos. Ello dio lugar a la llamada línea de ensamblaje, en la cual cada obrero estaba llamado a cumplir una función repetitiva y puntual dentro de una inmensa línea mecanizada. Con ello se dejaba atrás la fabricación individual de cada vehículo y se disminuían drásticamente el tiempo y el costo de manufactura involucrados por unidad. Una vez demostrada su eficacia, este modelo se generalizaría al conjunto de los procesos productivos de escala.

      La segunda revolución se produjo a partir de la década de los noventa de ese siglo, con la aparición de las llamadas cadenas de suministro. Este último proceso productivo se caracteriza por una hiper especialización de la línea de ensamblaje al punto de conducirla a su desmembración. Tomemos el ejemplo de la fabricación de una muñeca en donde los ojos son elaborados en una fábrica, el cabello en otra, el cuerpo en una tercera y el vestido en otra distinta. Ahora bien, traslademos ese ejemplo al caso de la fabricación de un vehículo en donde hay un promedio de cinco mil piezas involucradas y en donde las diversas fábricas especializadas en los distintos componentes (sin duda no una por pieza), se distribuyen en múltiples países.

     El resultado de las cadenas de suministro es un rompecabezas elevado a la enésima potencia, sólo manejable gracias a los gigantescos avances en las  tecnologías de la información y de las comunicaciones. El seguimiento, control y movilización de numerosos componentes que se desplazan en diversas direcciones sólo es posible en virtud de sofisticadísimos programas de computación y de modernos sistemas de transporte.

     Si la primera revolución referida convertía al obrero en un simple robot humano, la segunda buscaba encontrar a ese robot en el país donde la mano de obra resultase más barata para cada tarea específica. Ahora bien, este modelo no se ha contentado con ir a la caza del obrero de menor costo, sino que también persigue al contador, al analista de programación o de finanzas o al encargado de atención al público de costos más económicos. Es decir, no sólo se trata de manufacturas sino también de servicios

     Esta integración productiva a nivel global entre manufacturas y servicios implicaba pasar de las cadenas de suministro (centradas en las manufacturas) a las llamadas cadenas globales de valor. Ello daba forma a una nueva revolución productiva. La primera del nuevo milenio. Para una típica multinacional los informáticos que programan la movilización de las diversas piezas y componentes estarán probablemente en India, los contadores en Brasil, los obreros y las fabricas repartidos entre China, Tailandia, Malasia, Indonesia o Vietnam, los encargados de atención al cliente en India. Y así sucesivamente.

     Ahora bien, lo más probable, también, es que gran parte de los procesos anteriores no sean realizados por las propias multinacionales sino que sean contratados a terceros. Ello para desembarazarse de los costos representados por las prestaciones sociales de la compañía. Esta última resguardará celosamente marcas y patentes, valores medulares de la corporación, y externalizará tantas funciones como le resulte posible. Así las cosas se ha pasado de la línea de ensamblaje, representada por la revolución de Taylor y Ford, al “desensamblaje” generalizado de las empresas.