Estados Unidos: ¿Declive o renacimiento?

Dos narrativas distintas rodean el estado de la economía estadounidense y por extension las expectativas de presencia internacional de ese país. Para la primera  el declive es inevitable. Para la segunda Estados Unidos está en proceso de adentrarse en un renacimieno económico.

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Dos narrativas distintas rodean el estado de la economía estadounidense y por extension las expectativas de presencia internacional de ese país. Para la primera  el declive es inevitable. Para la segunda Estados Unidos está en proceso de adentrarse en un renacimieno económico.

    La tesis del declive se sustenta en una amplia literatura. Desde Niall Ferguson hasta Michael Mandelbaum y Thomas Friedman, desde Edward Luce y Fareed Zakaria hasta Arianna Huffington y Dambisa Moyo, son muchos los que han escrito sobre ocaso, nostalgia de lo que fue y ya no es y necesidad de acostumbrarse a una nueva realidad de importancia disminuida.

     Para quienes mantienen esta tesis los hechos hablan solos. Una deuda pública que supera los 16 billones (millón de millones) de dólares; un deficit presupuestario que en 2012 superó al billon de dólares por cuarto año consecutivo; un costo en el servicio de la deuda que el 2011 alcanzó al 19% del presupuesto federal. Pero más allá de deuda y déficits está la crisis de sus infraestruturas, de su sistema educativo y de su base manufacturera. Estados Unidos ocupa el rango número 23 en el mundo en cuanto a infraestructuras y de acuerdo a la Sociedad Americana de Ingenieros el país debe invertir 450 millardos de dólares al año, durante los próximos cinco años, simplemente para mantener sus infraestructuras en el estado actual. El 10% tope de los estudiantes estadounidenses quedó en la posición número 24 a nivel internacional en las últimas evaluaciones del progarama PISA de la OCDE.  De  acuerdo al Consejo de Asesores del Presidente de EEUU en Ciencia y Tecnología, la participación del país en el mercado global de exportaciones de alta tecnología se redujo de 20% en 1999 a 11% en 2008, en medio de una contracción generalizada de su base manufacturera.

    La segunda narrativa, sostenida básicamente por analistas de prensa económica y todavía carente de una bibliografía propia, apunta a tres consideraciones: Gracias a los hidrocarburos de esquisto el país se adentra hacia la independencia y el abaratamiento energéticos; la mano de obra más barata generada por el desempleo o el subempleo estimula nuevas contrataciones; Estados Unidos se encuenta a las puertas de grandes innovaciones tecnológicas en campos como la robótica, la genética, la digitalización o la seguridad cibernética.

     Desde luego la nueva situación energética dará un impulso significativo a la economía de ese país. Sin embargo, las empresas sustenadas en innovaciones tecnológicas no requieren de mano de obra más barata (de hecho son destructoras de empleo) sino de mano de obra de muy alta calificación. Esto último va a contracorriente de las inmensas deficiencias de su sistema educativo y del hecho mismo de que el 75% de sus doctorandos en ciencia y tecnología son extranjeros (en medio de la xenofobia heredada del 11 de Septiembre).   

     Es muy probable que los argumentos de la segunda narrativa logren paliar en importante medida los efectos de la primera. Sin embargo, los problemas estructurales planteados son demasiado profundos como para que pueda hablarse a la ligera de un renacimiento económico. Baste recordar en tal sentido que 77 millones de "baby boomers", la generación nacida entre 1946 y 1964, comenzó en 2011 a calificar para beneficios de pensión y salud. Una vez que dicho proceso se encuentre en marcha representará el equivalente a cuatro veces el tamaño de la economía estadounidense en 2010 (Ian Bremmer, "Every Nation for Itself", New York, Portfolio/Penguin, 2013).  

       El mundo corporativo estadounidense, y por extensión Wall Street, comenzarán sin duda a recibir buenas noticias como resultado de la segunda narrativa, pero de allí a lograr revertir el declive económico hay todavía un importante trecho por recorrer. Más aún, la crisis del empleo y el achicamiento de la clase media, así como las tensiones sociales que los acompañan, parecieran estar allí para quedarse.