Mural de Diego Rivera no Palacio Nacional de México

La historia española: Un cuadro en claroscuro

En su magistral obra Civilización, en la cual pasaba revista a las grandes expresiones de la civilización occidental, Kenneth Clark dejaba afuera a España. Al explicar, en la introducción de la obra, las razones de esta omisión, señalaba: “…cuando uno se pregunta que ha hecho España para expandir la mente humana y hacer mover unos cuantos pasos la civilización humana, la respuesta es poco clara…¿Don Quijote, los grandes santos, los jesuitas en Sur América? Más allá de eso ha sido simplemente España” (Civilization, New York, Harper & Row Publishers, 1969).
Liñas de investigación International Relations
Apartados xeográficos Latin America
Palabras chave España Iberoamérica

¿Cómo decir esto acerca de un país que ha producido a Trajano, Adriano y Séneca (en tiempos de la Hispania Romana), Greco, Velásquez y Goya; Miró, Gris, Dalí y Picasso; Quevedo, Lope de Vega y Calderón de la Barca; Pérez Galdós, Valle-Inclán y García Lorca; Unamuno, Ortega y Gasset y Cela; de Victoria y de Las Casas; Vives, Moratín, Jovellanos y Feijoo; Ramón y Cajal, Marañón y Severo Ochoa; Falla, Albeniz y Rodrigo; Casals, Tarrega y Segovia; Caballé, Domingo y Carreras, entre otros tantos y tantos nombres de relieve?  Tal tipo de aseveración sólo puede ser atribuida a inmensa ignorancia o a prejuicios superlativos. Dado que Clark fue una de las mentes más cultivadas del siglo XX, la primera opción quedaba desde luego descartada. 

Clark respondía, a no dudarlo, a una vieja tradición que remonta su origen al siglo XVI y que ha pasado a la historia bajo el nombre de la Leyenda Negra. De acuerdo a la misma, la característica central de España sería la intolerancia, expresada en sus más diversas variables. Es una visión que emerge de los tiempos en que Madrid dominaba con sus Tercios al viejo continente y que lleva consigo el resentimiento del mundo protestante contra el catolicismo militante que aquella encarnó. Desde las guerras religiosas contra los príncipes protestantes de Alemania por parte de Carlos V, hasta la represión al nacionalismo neerlandés en Flandes o el envío de la Armada Invencible contra Inglaterra por parte de Felipe II, hubo mucha causa de odio contra España. Desde luego, los excesos emblemáticos de la Inquisición española y los relatos del padre de las Casas sobre la crueldad hispana en la conquista de América, contribuyeron a alimentar también a esta escuela de pensamiento. 

Una de las ideas centrales con la que fue enriqueciéndose la misma fue la noción de que la Península Ibérica (y aquí caía Portugal por añadidura), resultaba un componente inacabado y periférico del mundo occidental. “Europa comienza detrás de los Pirineos” decía Anatole France, haciéndose eco de esta idea. La plaga de pronunciamientos militares y de guerras civiles que asolaron a España de los siglos XIX y XX y la larga dictadura franquista (así como la de Salazar en Portugal), acrecentaron desde luego esta visión. El argumento central que dio sustentó a la misma -hasta los tiempos en que la Península Ibérica se adentró de lleno en la escena europea con la incorporación de sus integrantes a la Comunidad Europea- es que los dos movimientos definitorios de la civilización occidental, el Renacimiento y la Ilustración, nunca arraigaron en ella.

La aseveración anterior resulta, desde luego, mucho más cierta en relación a España que a Portugal. Este último país experimentó sin duda ambos movimientos, sólo que lo hizo en sus propios términos. El Renacimiento portugués no se asemeja al italiano, al francés, al alemán o al inglés y no es producto, como aquellos, del énfasis en el conocimiento del mundo clásico. El portugués, asumió un carácter autónomo y se alimentó del florecimiento de sus propias expresiones artísticas, humanísticas y científicas. En esencia, fue el producto de la llamada Era de los Descubrimientos en los que el país, como gran potencia marítima que era, abrió su mente y se enriqueció como resultado de la toma de contacto con las civilizaciones más diversas. 

En cuanto a la Ilustración, ésta fue impuesta a Portugal por el Marqués de Pombal, quien como primer ministro lo dominó por varias décadas en las postrimerías del siglo XVIII. No se trató, sin embargo, de la Ilustración de Hume, Voltaire, Rousseau o los enciclopedistas. Fue, por el contrario, un mecanismo para expandir la autocracia, disminuir el poder de la nobleza y el clero, intensificar la censura de lecturas e ideas, suprimir las críticas y consolidar el poder mismo de Pombal. Con todo, vino acompañado de importantes reformas modernizadoras que cambiaron la faz del país.

El caso de España es mucho más nítido. Luego de una apertura inicial por parte de Carlos V a las ideas del Renacimiento, en la que Erasmo fue incluso su consejero, vino un cierre radical de compuertas. Todo lo que dicho movimiento representaba pasó a ser asimilado a la herejía. En la lucha entre la razón y la fe, la segunda llevó todas las de ganar. Desde luego, España hubiese podido convertirse en el epicentro del movimiento renacentista, de haber estado dispuesta a incorporar a su torrente sanguíneo el gigantesco caudal de conocimientos que traían consigo moros y judíos, entre los que destacaban de manera muy particular los de la antigüedad clásica. Sin embargo, moros y judíos habían sido expulsados u obligados a subsumirse a la ortodoxia católica que todo lo arropaba. De igual manera, el contacto con las grandes civilizaciones del Nuevo Mundo, particularmente en los campos de la astronomía y las matemáticas, hubiera podido enriquecer los horizontes mentales de España, propiciando una suerte de Renacimiento autónomo parecido al de Portugal. Pero también allí prevalecieron la cerrazón, la intolerancia religiosa y la destrucción de cuanto pudiera ser identificado como herejía, es decir, prácticamente todo.

En cuanto a la Ilustración, y a pesar de los grandes esfuerzos realizados por el marqués de la Ensenada en tiempos de Fernando VI o por ministros como Floriblanca, Campomares, Aranda o Jovellanos, en el reinado de Carlos III, ésta se topó con el rechazo militante y frontal de la Iglesia y del pueblo. Nuevamente, en el forcejeo entre razón y fe, la segunda ganaba la partida. Siendo así, la Ilustración resbaló en la superficie, sin lograr penetrar al alma nacional. Por lo demás, la invasión napoleónica, que tuvo lugar algunas décadas más tarde, se encargó de hacer que el término “afrancesado”, el cual había estado asociado a las ideas de la Ilustración, se convirtiese en sinónimo de traición a la patria. El “queremos cadenas”, con el cual el pueblo llano español celebró el regreso de Fernando VII, lo decía todo. 

Hay pues, como vemos, bastante más que un grano de verdad en la Leyenda Negra en cuanto a España se refiere. Sin embargo, el querer borrar a rajatabla todo el aporte hispánico a la marcha civilizatoria de la humanidad constituye, en si mismo, una muestra de intolerancia mayor que la que se le achaca a España. 

Lo cierto es que el retrato de la historia de ese país está pintado en claroscuro. Es decir, con fuertes contrastes entre las zonas de luz y las de sombra. No es posible concentrarse únicamente en las de sombra, sin fijarse también en las de luz, que figuras como las que se antes se mencionaban encarnaron a cabalidad. Hacerlo, como fue el caso de Kenneth Clark, implica dejarse llevar por prejuicios que invalidan cualquier atisbo de objetividad.