Sáhara: La hora de las urnas

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La última prórroga del mandato de la MINURSO( Misión de las Naciones Unidas para el Sáhara Occidental) vence el 31 de enero de 1999. Este año desearía marcar el fin de una crisis prolongada durante más de dos décadas, pero puede no ser así.

En los albores del siglo XXI, todavía quedan conflictos coloniales por resolver. Así, la “última descolonización de África” aún no se ha llevado a cabo. Y es que, a pesar de los casi veinticinco años que han pasado desde que España abandonó su colonia norteafricana, dejándola en manos de Marrruecos y Mauritania; y a pesar de que son ya ocho los años que persiste el alto el fuego entre Rabat y el Frente Polisario, el conflicto del Sáhara Occidental sigue prorrogándose, de modo que se ha convertido en uno de los más antiguos bajo la supervisión de Naciones Unidas.

Tras quince años de invasión marroquí, este largo contencioso comenzó a ser atajado por la vía diplomática en el contexto de un proclamado”Nuevo Orden Mundial”. La Comunidad Internacional comenzaba a prestar atención al arenoso desierto del Sáhara, hasta entonces, prácticamente abandonado a su suerte. En septiembre de 1991, un alto el fuego alcanzado en virtud del Plan de Paz promovido por la ONU, lograba poner fin a demasiados años de confrontaciones militares. Pero el objetivo fundamental de ese Plan, la celebración de un referéndum a través del cual el pueblo saharaui pudiera elegir entre la integración en Marruecos o la independencia, no ha podido realizarse hasta ahora. Y así, aunque la situación vivida en estos momentos en el Sáhara no es de guerra, tampoco existe la paz.

Los obstáculos del Plan de Paz

Desde la fecha inicialmente prevista para su celebración, fijada para el 26 de enero de 1992, hasta hoy, la historia de este referéndum es la historia de una constante e interminable demora, cuyo capítulo final y esperemos que definitivo nos hace llevar la mirada al mes de diciembre del presente año.

Existen diversos factores que confluyen para explicar esta dilación que ha afectado a todos los apartados del Plan de Paz salvo, afortunadamente, al alto el fuego. En primer lugar, es necesario sopesar la complejidad inherente al propio patrocinio de Naciones Unidas, destacando sus carencias, tanto de los medios necesarios como de apoyos políticos imprescindibles, a la hora de imponer una solución. Elementos ambos, que han impedido a la organización mundial, como en tantos otros conflictos, ejercer una verdadera autoridad legal y moral, ya que, en el fondo, su actuación sigue mediatizada por unos intereses económicos, políticos y geoestratégicos que siempre se hallan tras la atención internacional. En segundo lugar, debe destacarse que la postura adoptada por los pricipales países de la ONU ha sido, por regla general, más bien favorable al discurso marroquí. De manera que tanto desde Washington como desde la UE( principalmente Francia) se actuó en el mismo sentido, contemporizando con la política de Rabat, para no dañar sus propios intereses comerciales y estratégicos, siempre desde la percepción, hábilmente divulgada por el Reino alauita, de que la pérdida del referéndum daría lugar a una grave inestabilidad política en la región. Una percepción unida a la idea del peligro del surgimiento de una nueva nación apoyada por Argelia que podría convertirse en una nueva amenaza para la seguridad en una zona de interés creciente para la comunidad internacional.

En cuanto a España, es necesario señalar, que pese a su responsabilidad en el conflicto, ha situado siempre en lugar preferente sus intereses en Marruecos, que hoy por hoy, siguen acaparando la mayor cuota de atención, aunque en el puente entre en Magreb y la UE, no consigue imponerse al auge experimentado por el protagonismo francés, que mantiene a la diplomacia española en una posición secundaria.

En tercer lugar, ha sido fundamental en esta dilación, la escasa predisposición del Reino de Hassán II a la hora de aceptar el Plan de Paz. Su postura ha consistido en ganar tiempo, reafirmándose en la idea de la marroquinidad del Sáhara Occidental, sin albergar otra posibilidad de futuro para la colectividad saharaui que no sea la integración. Marruecos ha sabido jugar la baza de la neutralidad benévola internacional, cobijándose en ella para interponer numerosos obstáculos al proceso a fin de alargarlo.

Pero la propia dinámica internacional ha cambiado de rumbo y en la nueva coyuntura, Rabat se encuentra claramente debilitado. El cambio de actitud, materializado con la llegada de Kofi Annan a la Secretaría General de las Naciones Unidas, se simbolizó en este conflicto con la apertura de la esperanzadora etapa de los Acuerdos de Houston (con James Baker como mediador). Estos Acuerdos, reforzaron el giro de la política norteamericana hacia el Sáhara, mostrando un mayor compromiso y una clara voluntad de reactivar el Plan de Paz. Las nuevas modificaciones introducidas en el mapa geopolítico mundial, empujan a los EEUU a intentar contrarrestar una creciente influencia francesa en una región rica en recursos naturales y energéticos.

El nuevo contexto se ha vuelto más favorable a la consolidación de una República Saharaui que asume la doctrina del libre mercado y se aparta del discurso socializante, que da al Islam una interpretación individual y que sigue contando con el apoyo de Argelia, país de peso indudable en la zona.

El indiscutible respaldo occidental a Marruecos era más comprensible en la Guerra Fría, en el contexto de la política de bloques, pero hoy Hassán II, debe ganarse a pulso el respeto internacional, empezando por introducir reformas democratizadoras en su régimen y respetar los derechos humanos, aspectos hasta ahora eclipsados por la preferencia de la confrontación este-oeste. La nueva situación internacional favorece la apuesta de quienes contemplan la solución del conflicto por métodos exclusivamente pacíficos, a través de un acceso limpio y democrático a las urnas en el Sáhara. Por ello, resulta comprensible que desde un principio, el impedimento fundamental y el que más retrasos ha provocado se haya centrado en la determinación de quiénes podrán votar en el referéndum.

El origen actual de la crisis

El gran problema de este conflicto tiene su punto central en las diferentes interpretaciones del concepto de saharahuidad, que es, en último término, el que determina el derecho al voto. Rabat pretende hacerlo lo más extensivo posible para, de ese modo, ampliar sustancialmente el censo. Todos advierten que el triunfo de la independencia del Sáhara estaría prácticamente asegurado con un censo numéricamente próximo al español de 1974, puesto al día por la Comisión de Investigación de la MINURSO.

El Plan de Paz prevé que: …” la Comisión de Investigación aplicará la posición en que han convenido las partes, de que todos los habitantes del Sáhara Occidental contados en el censo de 1974, realizado por las autoridades españolas, de 18 años o mayores, tendrán derecho a voto, ya sea que se hallen actualmente en e Territorio o que se encuentren fuera de él en carácter de refugiados o por otra razón”.

Este es el criterio que determina el derecho al voto. Pero Marruecos pretende añadir un criterio tribal, con el que poder aumentar el volumen del censo. Y de aquí se deriva el último escollo para la celebración del plebiscito que permitirá a los saharauis ejercer su derecho a la autodeterminación. El reciente nuevo impedimento lo representan 65 mil solicitantes de voto procedentes de tres tribus que el Reino alauita quiere incluir en el proceso de identificación. Los líderes saharauis han terminado por ceder, al aceptar las propuestas formuladas por el Secretario General de la ONU el diciembre pasado. Una vez más, la intervención de Kofi Annan ha conseguido, en parte, desbloquear el interrumpido proceso de paz. Pero su propuesta de iniciar simultáneamente los procedimientos de identificación y apelación, no ha logrado, no obstante, el asentimiento de Rabat cuya última exigencia consiste en que se garantice el derecho de “todos los saharauis” a participar en el referéndum y no sólo a presentarse a la identificación.

Las nuevas trabas de Marruecos evidencian la fragilidad de su posición. Pero la actitud de Rabat deja de tener sentido cuando una vuelta a las armas resulta impensable para una monarquía marroquí que carecería completamente de apoyos. Al Reino de Hassán II no le queda más opción que aceptar de una vez la celebración de la consulta. La solución a este conflicto no es, desde luego militar sino política. Después del fracaso en Angola y en tantos otros conflictos de África, un revés en el Sáhara sería el golpe de gracia para la diezmada credibilidad de Naciones Unidas.

Entre tanto, 250 mil saharauis permanecen a la espera de poder volver a su patria. Desde hace un cuarto de siglo residen en los campamentos de refugiados en Tinduf articulando desde su exilio un auténtico estado y resistiendo con una paciencia y una capacidad organizativa verdaderamente admirables.

Los habitantes del Sáhara, tras ver como su territorio era abandonado y más tarde ocupado militarmente, no quieren convertirse en apátridas ni engrosar la lista de pueblos sumidos en circunstancias similares como los kurdos o los palestinos. Confiemos en que este sea el año del referéndum del Sáhara Occidental y puedan, por fin, recuperar una identidad que llevan reclamando mucho tiempo y gozar también del pleno reconocimiento internacional.