Fonte; Imaxe Wikimedia 2018

La estrategia de máxima presión de Netanyahu y la reanudación injustificable de la violencia

El reinicio de los bombardeos israelíes sobre Gaza, tras el fin del alto el fuego el 18 de marzo de 2025, representa una escalada que carece de justificaciones estratégicas sólidas. Con una infraestructura civil devastada y una población que sobrevive en condiciones extremas, la continuación de estas operaciones parece responder más a una lógica de castigo colectivo que a la consecución de objetivos militares concretos. Desde la perspectiva del derecho internacional humanitario, la distinción entre combatientes y civiles es un principio fundamental, el cual en Gaza parece haberse diluido por completo.
Liñas de investigación Relaciones Internacionales
Apartados xeográficos Oriente Medio

Los analistas que hemos estudiado esta región por décadas podíamos anticipar que Israel encontraría razones para evitar cumplir con todas las fases del acuerdo de cese de hostilidades. A esto se suma la llegada de un nuevo presidente estadounidense que, al igual que en su anterior mandato, asume sin objeciones el discurso israelí, debilitando cualquier posibilidad de presión real sobre Netanyahu. No obstante, lo más alarmante ha sido la incapacidad de la Unión Europea para coordinar una postura firme ante los crímenes de guerra que la Corte Penal Internacional ya ha sancionado, tanto de parte de Hamás como del gobierno israelí. Aunque ambos actores han cometido violaciones graves al derecho internacional, es fundamental reconocer que Israel es un Estado con obligaciones formales bajo la legalidad internacional, mientras que Hamás es considerado una organización terrorista por la UE e Israel, entre otros.

La respuesta de la comunidad internacional ha sido insuficiente y ha evidenciado un doble rasero preocupante. Como señala Owen Jones en The Guardian, el silencio ante las atrocidades cometidas en Gaza refuerza la percepción de impunidad y la falta de una respuesta contundente. Es inevitable coincidir con Belén Fernández en Al Jazeera cuando argumenta que las declaraciones de condena sin acciones concretas no detendrán la masacre. Mohamad Alasmar, por su parte, denuncia la normalización del sufrimiento palestino, una tendencia que en el discurso público se ha traducido en la aceptación de una violencia inaceptable. Karim Kattan, en Le Monde, advierte que la tragedia de Gaza ha quedado atrapada en argumentos ambiguos que perpetúan la pasividad.

La situación en Gaza también pone en evidencia la ambigüedad del mundo árabe. Aunque se han registrado protestas, bastante tibias, en diversas capitales de la región, la respuesta de los gobiernos ha sido cautelosa, guiada por cálculos estratégicos. Egipto, dependiente de la ayuda militar y financiera de Estados Unidos, evita confrontaciones directas con Washington. Jordania, geopolíticamente vulnerable, mantiene una posición medida. En el caso de las monarquías del Golfo, la causa palestina ha generado un cierto desgaste; sectores del liderazgo saudí ven en la normalización con Israel y la cooperación con Estados Unidos una vía más pragmática para sus intereses nacionales. La falta de una acción concertada en la región también contribuye a prolongar la crisis.

A esto se suma el hecho de que ni la ONU, ni la UE ni ninguna otra institución internacional han objetado seriamente la estrategia de Netanyahu, quien ha mantenido una política de máxima presión sobre los palestinos sin encontrar una respuesta efectiva. La destrucción masiva en Gaza demuestra que no ha logrado eliminar a Hamás, y si tras toda esta devastación el grupo sigue manteniendo una narrativa de resistencia, es porque la eliminación total de su influencia es un objetivo inalcanzable. Más aún, las acciones de Israel han dado a Hamás nuevas razones para clamar venganza por generaciones, perpetuando un ciclo de violencia sin fin. A pesar de ello, a Netanyahu no se le exige cuentas por ninguno de estos excesos: ni la retirada de sus efectivos militares de la Franja, ni el fin del hostigamiento en Cisjordania, donde a principios de este año el ejército israelí desplazó a 40.000 personas de los campos de refugiados del norte de la zona impidiéndoles regresar, ni por las órdenes de evacuación reiteradas a la población civil palestina, instándola a trasladarse a supuestas ‘zonas seguras’ que luego han sido bombardeadas incluso de madrugada, cuando las personas duermen y no están en estado de alerta, ni su salida del Líbano. La impunidad con la que Israel ejecuta estas acciones refuerza su estrategia de máxima presión y prolonga el sufrimiento de la población palestina.

La historia reciente demuestra que la violencia en Oriente Medio nunca se circunscribe a una frontera específica. Como hemos visto en el pasado, los conflictos prolongados y sin resolución no solo profundizan el sufrimiento de las poblaciones afectadas, sino que también generan nuevas oportunidades para el resurgimiento de grupos extremistas. La crisis actual podría alimentar narrativas radicales que, basadas en interpretaciones fundamentalistas del islam, refuercen movimientos que amenacen la seguridad global. La espiral de violencia no beneficia a ningún actor responsable; por el contrario, debilita los esfuerzos de estabilización en una región ya frágil y con focos de conflicto activos, como Siria y Yemen.

Desde una perspectiva europea, esta crisis también pone en entredicho la coherencia moral de la UE. Mientras se ha respondido con contundencia a la ocupación ilegal de Ucrania por parte de Rusia, acogiendo a millones de desplazados ucranianos y ejerciendo sanciones contra Moscú, el caso de Palestina ha sido tratado con una tibieza inaceptable. Como señalan diversos analistas, la coalición de extrema derecha en el gobierno israelí no esconde su proyecto de limpieza étnica en Gaza. Sin embargo, las reacciones europeas han sido débiles, lo que socava la credibilidad del bloque en su defensa del derecho internacional y los derechos humanos.

Cualquier solución realista debe partir del respeto a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los palestinos son personas con derechos, y la deshumanización de su sufrimiento no puede seguir siendo la norma en el debate internacional. La inacción ante esta crisis no solo perpetúa la injusticia, sino que mina los principios fundamentales que la comunidad internacional dice defender.