El ingreso de España como Observador Asociado de la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP) en 2021 fue mucho más que un gesto diplomático. Supuso el reconocimiento de una realidad histórica, cultural y geoestratégica: la necesidad de construir puentes sólidos entre el mundo hispánico y el lusófono, especialmente en un momento de fragmentación geopolítica y mutaciones aceleradas en el orden internacional.
Sin embargo, el camino hacia esa asociación no estuvo exento de tensiones. Galicia, que lleva décadas tejiendo vínculos culturales y diplomáticos con el universo lusófono, había propuesto –y aprobado por unanimidad en su Parlamento– su candidatura propia para convertirse en Observador Asociado de la CPLP. Fue un gesto político coherente con la trayectoria del IGADI, del Consello da Cultura Galega –que ya tienes estatus de observador consultivo desde 2016– y del impulso institucional a la enseñanza del portugués en el sistema educativo gallego, donde hoy más de 5.600 estudiantes lo aprenden en Galicia, con 4.638 alumnos en ESO y Bachillerato y 1.015 en Escuelas Oficiales de Idiomas.
Porque lo cierto es que Galicia ha hecho mucho más que hablar portugués. Ha generado pensamientos, redes, presencia. La Ley Paz Andrade, cuya implementación sigue en proceso, ha sido clave para institucionalizar esta vocación internacional desde una perspectiva descentralizada y culturalmente ambiciosa. Iniciativas como el Observatorio Galego da Lusofonía (OGALUS), los proyectos de cooperación con Brasil, Portugal, Angola o Cabo Verde, y la activa participación gallega en foros sobre educación, economía azul o movilidad demuestran que otra forma de hacer diplomacia es posible.
Uno de los hitos que celebró la Xunta fue precisamente la incorporación de España a la CPLP como Observador Asociado, un logro que, aunque asumido por el Estado, se gestó desde Galicia. La esperanza es que esa adhesión permita a la comunidad gallega tener voz y presencia directa en los órganos de la CPLP, tal y como prevén tanto la Ley Paz Andrade como la Ley 10/2021 de Acción Exterior y Cooperación para el Desarrollo de Galicia.
La pregunta, entonces, es clara: ¿qué puede ganar España al integrarse en la CPLP desde este enfoque plural? Puede ganar proyección, influencia y credibilidad. Puede insertar su política exterior en un espacio multilateral en el que la lengua no es solo comunicación, sino una comunidad de valores, memorias compartidas e intereses estratégicos. Puede fortalecer su posición en África, América y Asia desde una óptica no extractiva, sino de cooperación cultural y científica. Y puede aprender –sí, aprender– de una Galicia que ya lleva décadas actuando como puente entre orillas, entre lenguas, entre mundos.
La CPLP no es solo un foro más. Es una plataforma para ensayar un multilateralismo diferente, más humano, más integrado. En vísperas del aniversario de la Revolución de los Claveles, cuyo espíritu de libertad y cooperación sigue una brújula moral en el espacio lusófono, cabe preguntarse si España sabrá estar a la altura del momento. Y si lo hará escuchando también las voces que, desde sus márgenes, como Galicia, llevan años anticipando el futuro.
Pero esta reflexión no puede hacerse sin mirar a los otros dos grandes espacios multilaterales que se articulan sobre la base de vínculos lingüísticos: la Organización Internacional de la Francofonía (OIF) y la Commonwealth. En un momento en el que tantas instituciones multilaterales tradicionales atraviesan crisis de legitimidad o de sostenibilidad, estas redes culturales siguen creciendo, ampliando su radio de acción y reforzando su utilidad diplomática, económica y simbólica.
El caso de África particularmente revelador. Países como Angola, miembro fundador de la CPLP, formalizó su adhesión como miembro observador de la OIF en 2024, durante la 19ª Cumbre de la Francofonía celebrada en París. Esta incorporación se produjo cinco años después de que Angola presentara oficialmente su candidatura en 2019, convirtiéndose así en el único país africano de habla portuguesa en formar parte de la OIF, junto con otros países lusófonos como Cabo Verde, Guinea-Bissau y Santo Tomé y Príncipe que ya eran miembros de pleno derecho.
Ante este panorama, surge inevitable pregunta: ¿por qué es español, con más de 500 millones de hablantes nativos y una veintena de países que lo comparten como lengua oficial, carece de una comunidad multilateral propia de esta envergadura? Iniciativas como la Secretaría General Iberoamericanas (SEGIB) o la OEI, aunque valiosas, responden a una lógica lusohispánica que, lejos de potenciar al español, difumina su proyección específica en contextos donde el portugués está ganando terreno, especialmente en África.
Mientras tanto, la CPLP, la OIF y la Commonwealth tejen redes alrededor del futuro centro demográfico y económico del mundo: África. La proyección lingüística y cultural se ha convertido en una herramienta diplomática de primer orden, y España no puede seguir contemplando este tablero desde la barrera. Galicia ya ha trazado el camino: reforzar los lazos con el portugués no significa renunciar al español, sino encontrar nuevos modos de cooperación multilateral que eviten el aislamiento lingüístico y afiancen una diplomacia cultural más inclusiva, estratégica y con capacidad transformadora.

