Iberoamerica e Iberoeuropa.svg

¿Latinoamericanos? ¿Hispanoamericanos?¿Iberoamericanos?¿Indoamericanos?

En el ámbito de las relaciones internacionales la identidad asume el mismo valor que en el campo de las relaciones interpersonales tiene el parentesco. En la medida en que un país o una región estén en capacidad de reivindicar un mayor número de elementos de identidad, mayor será también su inserción dentro de la familia de naciones. La conformación de espacios de naturaleza política y económica se ve fuertemente facilitada por elementos de identidad común. Desarrollar las diversas vertientes de ésta, es tarea importante para América Latina. Sin embargo, tan importante como ampliar los vínculos de parentesco dentro de la familia de naciones, también lo es el tener claridad sobre la identidad que mejor define a América Latina en tanto región. Bien valdría la pena, por tanto, explorar las distintas opciones de identidad que se le plantean.

Latinoamérica

La identidad latina sería la primera referencia. A fin de cuentas, nos reconocemos a nosotros mismos como latinoamericanos. Ello implica, sin embargo, buscar nuestras raíces en la antigua Roma. En palabras de Arturo Uslar Pietri: “La familia, la casa, la urbanización, la relación social, la situación de la mujer y del hijo nos vinieron por la Iglesia y por las Leyes de Indias, a través de las Siete Partidas, de la herencia romana del derecho. El concepto de la ley, del estado, el del delito y de la pena, el de la propiedad, nos vienen en derecha línea de la gran codificación de Justiniano. No tenemos otra base legal ni otra concepción del hombre y de su dignidad”. (Uslar Pietri, 1979, p. 278).

De esa herencia derivamos las claves de nuestra identidad occidental. De allí la referencia a la latinidad. Valga agregar, sin embargo, que cuando el concepto comenzaba a popularizarse en la segunda mitad del siglo XIX, algunas voces ridiculizaron el que buscásemos retrotraernos a la antigua Roma para encontrar en ella las claves de nuestra identidad. Tal fue el caso del reconocido intelectual chileno José Victorino Lastarria quien se refería al “absurdo de querer hacernos latinos”. (Toro Hardy, 2002, p. 403).

Como concepto asociado a nuestra región, la latinidad fue acuñado con intenciones no sólo políticas sino claramente imperialistas. La noción de América Latina surge en Francia en el momento en que Napoleón III se lanzaba a la conquista de México. Tras esa denominación aparecía delineado todo un programa político destinado a proyectar el papel y las aspiraciones de Francia sobre la América Hispana. Era, por así decirlo, el guion que unía a nuestra parte del mundo con Francia. En la común herencia latina, en efecto, se encontraba el único denominador común al que Francia podía apelar como elemento legitimador de su presencia en la América de habla española.

Como elemento de identidad la latinidad presenta, sin embargo, importantes limitaciones. En primer lugar, su propia amplitud tiende a convertirla en un concepto difuso. ¿Es Quebec parte de América Latina? Obviamente debería serlo, pues fue una zona de colonización francesa donde pervive una fuerte herencia cultural proveniente de ese país. Sin embargo, a nadie en esa provincia canadiense se le ocurriría que su espacio natural de identidad se encuentra entre los países al sur del Río Grande. Más aún, la propia Francia en virtud de sus territorios de ultramar en el continente americano (Guadalupe, Martinica, Guayana Francesa) podría de alguna manera ser considerado también como país latinoamericano. Así las cosas, el concepto de América Latina abarca, pero no aprieta.

En segundo lugar, si el concepto de América Latina conecta a la región con el mundo occidental, se trata de una conexión indirecta. Mucho más directas serían las nociones de Hispanoamérica o de Iberoamérica. De hecho, si la idea de América Latina cuajó en nuestra región, a pesar de su claro origen imperialista, fue porque los positivistas, que en las décadas finales del siglo XIX y comienzos del XX llevaban las riendas políticas en esta parte del mundo, querían sacudirse de la herencia española. El encontrar un espacio en el mundo occidental que obviase nuestra vinculación histórica con España, era la salida deseada. La latinidad como concepto se les presentó así como anillo al dedo en tal sentido.

Indoamérica

Otra de las posibles opciones de identidad encuentra sus raíces en la herencia indígena. En las primeras décadas del siglo XX apareció en Perú el llamado movimiento “indigenista”, teniendo como propulsores intelectuales a figuras como Manuel González Prada, Juan Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre. De acuerdo al mismo, la identidad indígena constituía la verdadera esencia de los valores nacionales de ese país. A partir de allí se evolucionó a la noción de una identidad indoamericana, que encontró validación con las luchas que por aquellos tiempos mantenía Emiliano Zapata en México. Reivindicar las raíces indígenas fue un proceso que cobró importancia en varios países de la región.

Los quinientos años de la llegada de Colón a esta parte del mundo reavivaron la búsqueda de una identidad indigenista, sustentada en importante medida por el rechazo a la herencia hispana. Este fenómeno, impulsado básicamente por las izquierdas de la región, ha cobrado fuerza en años recientes, con las estatuas del almirante genovés siendo derribadas en distintos países. Incluso el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, pidió a España que ofreciese disculpas por las atrocidades cometidas en tiempos de la conquista.

Nadie podría dudar que la desconexión con la fuerza de su pasado indígena es una de las características principales de América Latina. Parte fundamental de esa herencia, en efecto, se extinguió. En palabras de Charles C. Mann: “El hemisferio Occidental antes de 1492 era, de acuerdo a la visión que prevalece actualmente, un lugar próspero e impresionante, un auténtico tumulto de lenguajes, de comercio y cultura, una región de decenas de millones de seres humanos que amaban, odiaban y adoraban a sus dioses, como hacen las personas en todos lados. La mayor parte de este mundo desapareció después de Colón (…) Todo esto fue borrado de manera tan radical que, al cabo de unas pocas generaciones, ni conquistadores ni conquistados sabían que ese mundo había existido. Ahora, sin embargo, la riqueza de ese mundo desaparecido está volviendo a la luz”. (Mann, 2011, Capítulo 1, Loc 748).

Dos razones fundamentales fueron responsables de lo anterior. En primer lugar, las enfermedades infecciosas traídas por los conquistadores. La viruela, el tifus, el sarampión y tantos otros patógenos con las cuales los europeos habían convivido a lo largo de siglos, causaron estragos en una población indígena totalmente desprovista de defensas frente a ellos. De acuerdo a N.D. Cook, tales enfermedades redujeron dicha población a un 12% de su total original de 30 a 40 millones en 1.500 (Restrepo, 2014, p. 51). Según señala John E. Kicza, de su parte, la población indígena del centro de México se redujo en un 95% bajo el impacto de las patógenos llegados de España y fue virtualmente extinguida en el Caribe de habla hispana. Más aún, según señala, de no haber sido por tal catástrofe demográfica, la América Latina contemporánea se parecería a la India o al África, donde el impacto de la colonización europea se movió en la superficie sin alterar su composición étnica. (Kicza, 2004, p. 20).

La segunda causa de la desconexión latinoamericana con su pasado pre-colombino vino dada por el celo religioso de los conquistadores y por la radical transculturización impuesta por estos. Pocas veces en la historia se sometió a pueblos vencidos, a la demolición casi absoluta de su herencia cultural y espiritual. La sumisión total a las creencias y enseñanzas religiosas de los ibéricos, vino acompañada de las destrucción sistemática de templos, códices y vestigios de conocimiento susceptibles de alimentar las fuentes de paganismo. Lo que sobrevivió de las viejas creencias religiosas indígenas entró de contrabando en las iglesias, camuflado bajo el santoral católico. A veces, fueron los propios curas quienes estimularon este contrabando como vía para difundir la nueva religión. Tal fue el caso, según señala Carlos Fuentes, de la diosa azteca Tonantzin, transformada en la Virgen morena de Guadalupe. (Fuentes, 1992, p. 210).

La hegemonía cultural ibérica resultó inapelable. De ella derivaron lengua, religión y valores culturales. En palabras nuevamente de Arturo Uslar Pietri: “Toda la colonización fue un proceso de incorporación a los valores de Occidente (…) No tenemos otra base legal, ni otra concepción del hombre y de su dignidad. Esa cultura occidental con la cual nos hemos identificado en cinco siglos, es la nuestra y no tenemos otra”. (Uslar Pietri, 1979, p. 278).

Así las cosas, más allá de la nostalgia por un pasado extinguido y de la carga de resentimiento histórica derivada de la destrucción de sociedades pre-colombinas complejas y ricas, no existen asideros culturales suficientes para sustentar en ese mundo desaparecido una identidad viva y actuante. Es decir, para hacer de la herencia indígena la esencia de quienes somos como región.

Hispanoamérica

¿Porqué no recurrir entonces a la noción de Hispanoamérica como signo de identidad? Si la latinidad peca por ser demasiado difusa y el indigenismo por su falta de asidero real, la vinculación con la hispanidad parecería resultar muy concreta. Nuestra herencia hispana no admite dudas. Por lo demás, 65 millones de hispanos habitan en los Estados Unidos, constituyendo el mayor grupo minoritario de ese país. El concepto de Hispanoamérica les brindaría a estos una identificación natural con la región, elemento siempre importante para mantener vivo ese vínculo. Sin embargo, dos problemas de importancia emergen cuando se quiere recurrir a la hispanidad como signo de identidad: En primer lugar, el carácter polémico de esta noción no sólo en nuestra parte del mundo, sino también en varias regiones de la propia España; en segundo lugar, el hecho evidente de que la misma excluiría a más de 215 millones de brasileños.

Lo primero se vincula con lo que referíamos al hablar de Indoamérica. Es decir, la poca afinidad con la herencia hispánica en importantes sectores de nuestra población y en particular con las izquierdas de la región. Una carga de resentimiento rodea aún a la misma entre muchos. Sin embargo, también en la propia España, no son pocos los que ven con antipatía a la noción de hispanidad. Habiendo sido usada y abusada por el franquismo, se trata de una noción vista con profunda antipatía en amplios sectores de Cataluña, el País Vasco y Navarra. Incluso los gallegos sienten mayor afinidad con el mundo lusitano.

Mucho más significativo, sin embargo, sería el problema de apelar a un signo de identidad regional que excluyese a la mitad de América del Sur y a 215 millones de brasileños. Curiosamente Gilberto Freyre, uno de los principales intelectuales brasileños del siglo pasado, escribió un libro memorable titulado O Brasileiro Entre os Outros Hispanos. En él señalaba que Portugal tenía tanto derecho a la hispanidad como Castilla y León o Andalucía, tratándose de una matriz histórica compartida que los hermanaba a todos. En efecto, la Hispania Romana amalgamó a toda la Península Ibérica y por tanto tan hispanos eran todos. Más aún, destacaba Freyre que aquellos trazos de identidad no sólo permitían aglutinar bajo denominadores comunes a los habitantes de la Península Ibérica, sino que se proyectaban con fuerza del otro lado del Atlántico. En tal sentido, concluía, el brasileño debería considerarse como uno más entre los hispanos. (Freyre, 1975). A pesar de la erudición de Freyre, resultaría altamente improbable que los habitantes del Brasil aceptasen acogerse bajo un manto de identidad hispano.

Iberoamérica

Llegamos así al término Iberoamérica. A diferencia del de Latinoamérica, este resulta suficientemente preciso en su connotación. A diferencia del de Indoamérica es concreto y práctico. A diferencia del de Hispanoamérica, diluye la animadversión hacia lo hispánico e incorpora por igual a hispano-parlantes y a lusitano-parlantes. Al definirnos como iberoamericanos encontramos elementos claros de parentesco al interior de una familia universalmente conocida.

A comienzos del siglo XIII existían cuatro reinos cristianos en la Península Ibérica: Portugal, Navarra, Aragón y Castilla. Mientras los tres últimos se fusionaron en el Reino de España, el Reino de Portugal consolidó su existencia independiente en 1143. Ello, a pesar de haber sido un condado castellano. Sin embargo, Portugal y España no sólo comparten la misma península sino una civilización antigua, rica y compleja. La misma evidenció la coexistencia y fusión de culturas entre cristianos, musulmanes y judíos y, anteriormente, la activa interacción con griegos, fenicios, cartagineses, romanos y germanos. Como antes señalado, España y Portugal integraron la misma provincia romana de Hispania. No existen, en efecto, dos países vecinos más cercanos en territorio europeo.

Más aún, al pasar al Nuevo Mundo, los habitantes de estos dos países hermanados en tantos aspectos experimentaron un proceso similar de deslumbramiento, aculturación y mezcla de razas. Allí dieron origen a un nuevo género humano. El resultado final de esta amalgama fue, en efecto, distinto al de sus elementos originales. Referirse a la identidad iberoamericana es, por tanto, referirse a una noción concreta. Más aún, a una noción viviente y altamente dinámica.

De entre las distintas nociones referidas, la de Iberoamérica puede resultar la más viable y la que, de manera más completa, logra definirnos como región.

Referencias

Freyre, Gilberto (1975). O Brasileiro Entre os Outros Hispanos. Sao Paulo: Livraria José Olympio.

Fuentes, Carlos (1992). El Espejo Enterrado. México: Fondo de Cultura Económica.

Kicza, John E., Editor (2004) The Indian in the Latin American History. Oxford: SR Books.

Mann, Charles C. (2011). 1491: New Revelations of the Americas Before Columbus. New York: Vintage Books.

Restrepo, Luis Fernando, “The Cultures of Colonialism” in Swanson Philip, Editor (2003). The Companion of Latin American Studies. London: Routledge.

Toro Hardy, Alfredo (2002). La Era de las Aldeas: La Pequeña Aldea Versus la Aldea Global. Bogotá: Villegas Editores.

Uslar Pietri, Arturo (1979). Fantasmas de Dos Mundos. Barcelona: Editorial Seix Barral.