Mientras los titulares internacionales se concentran en los ataques militares entre Estados Unidos, Israel e Irán, otra dimensión del conflicto comienza a hacerse visible: su impacto económico global. En menos de una semana, los mercados energéticos han reaccionado con volatilidad ante la posibilidad de que la guerra altere uno de los corredores estratégicos del sistema energético mundial: el Estrecho de Ormuz.
Este estrecho, situado entre Irán y Omán, constituye uno de los principales cuellos de botella del comercio energético global. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo transita por esta ruta marítima que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico. A ello se suma el tráfico de gas natural licuado procedente de Qatar, uno de los mayores exportadores mundiales de este recurso.
En condiciones normales, Ormuz funciona como una autopista energética que permite el flujo constante de petróleo y gas hacia Europa y Asia. Sin embargo, el estallido del conflicto ha alterado ese equilibrio. Aunque no existe un cierre formal del estrecho, la combinación de ataques, amenazas a la navegación y encarecimiento de los seguros marítimos ha provocado una reducción significativa del tráfico comercial. En otras palabras, no se trata de un bloqueo jurídico, sino de una parálisis operativa inducida por el riesgo.
Los mercados han reaccionado rápidamente. El precio del petróleo Brent, referencia internacional para Europa, ha superado los noventa dólares por barril, mientras los analistas advierten que podría superar los cien dólares si la disrupción se prolonga. Más preocupante aún es la evolución del gas natural licuado. Qatar representa cerca del veinte por ciento del comercio mundial de LNG, y cualquier perturbación en sus exportaciones afecta directamente al equilibrio energético de Europa y Asia.
El gas se comercializa en mercados internacionales mediante indicadores poco familiares para el público general. Uno de ellos es el TTF, el principal índice de referencia del gas en Europa. Otro es el JKM, que refleja el precio del gas licuado en los mercados asiáticos. Ambos han registrado aumentos significativos desde el inicio de la guerra, reflejando la preocupación de los mercados ante posibles interrupciones prolongadas del suministro.
La explicación es relativamente sencilla. A diferencia del petróleo, que puede almacenarse y transportarse por diversas rutas, el gas natural licuado depende en gran medida de una infraestructura específica: terminales de licuefacción, buques metaneros y rutas marítimas seguras. Cuando uno de esos elementos se ve amenazado, el sistema completo se vuelve más vulnerable.
El impacto de este encarecimiento energético no se limita a los países consumidores de energía. También afecta a sectores aparentemente alejados del conflicto, como la agricultura. La producción de fertilizantes nitrogenados depende en gran medida del gas natural, que actúa tanto como fuente de energía como materia prima química. Cuando el gas sube de precio, los fertilizantes también se encarecen, lo que termina repercutiendo en los costes de producción agrícola y, potencialmente, en el precio de los alimentos.
Este fenómeno ilustra una característica fundamental de la economía global contemporánea: la interdependencia entre sectores que, a primera vista, parecen desconectados. Una crisis energética en el Golfo puede traducirse en fertilizantes más caros en América Latina o en mayores costes industriales en Europa.
Para el continente europeo, el conflicto llega en un momento particularmente delicado. Tras la ruptura de gran parte de las relaciones energéticas con Rusia en los últimos años, la Unión Europea ha aumentado su dependencia del gas natural licuado importado. Esto significa que cualquier perturbación en el mercado global de LNG tiene consecuencias inmediatas para los precios energéticos europeos.
En este contexto, algunos analistas señalan que Rusia podría intentar aprovechar la situación para reforzar sus vínculos energéticos con Asia y aumentar su influencia en mercados alternativos. Según el analista Miguel Golmayo, experto en energía e inteligencia militar, el encarecimiento del gas y la incertidumbre sobre el suministro podrían abrir una ventana de oportunidad para Moscú, que buscaría redirigir parte de su producción hacia economías asiáticas en crecimiento.
Más allá de los movimientos tácticos de los distintos actores, la crisis actual pone de relieve la fragilidad del sistema energético global. El comercio mundial de energía depende de un número reducido de corredores estratégicos —estrechos marítimos, oleoductos y terminales portuarias— cuya interrupción puede provocar efectos en cadena sobre la economía internacional.
Ormuz es solo uno de esos puntos críticos. Otros, como el Canal de Suez o el estrecho de Bab el‑Mandeb, también desempeñan un papel clave en la circulación de hidrocarburos y mercancías. Cuando uno de estos nodos se vuelve inestable, la percepción de riesgo se transmite rápidamente a los mercados.
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán revela así una dimensión menos visible de los conflictos contemporáneos. Más allá de las operaciones militares, las guerras del siglo XXI también se libran en los mercados energéticos, en las rutas marítimas y en los seguros de transporte. Y es precisamente en ese terreno donde su impacto se vuelve verdaderamente global.
Bilbao, marzo del 2026

