Diplomacia de chequera: cifras y actores
Durante su gira por Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, Trump logró cerrar acuerdos comerciales y de inversión por un monto cercano a los 1,4 billones de dólares. Estos incluyen ventas masivas de armamento, compromisos en tecnologías emergentes como inteligencia artificial, y contratos para el desarrollo de infraestructuras energéticas y logísticas. Buena parte de estos fondos terminará, directa o indirectamente, en empresas vinculadas a la administración estadounidense, y no pocas en negocios familiares del propio presidente, incluyendo proyectos inmobiliarios de la Trump Organization en Qatar y Arabia Saudí.
No se trata solo de una gira presidencial. Se trata de una modalidad de hacer diplomacia basada en el intercambio directo entre capital y respaldo político, donde los intereses privados se confunden peligrosamente con los estatales. La presencia de figuras como Elon Musk o Sam Altman acompañando algunas de las delegaciones refuerza la idea de una geopolítica privatizada, en la que las grandes tecnológicas estadounidenses se convierten en actores diplomáticos de facto.
La gira también dejó un episodio llamativo que ha generado controversia en Washington: la aceptación por parte de Trump de un avión de lujo Boeing 747-8, valorado en 400 millones de dólares, ofrecido como regalo por el gobierno de Qatar para su uso como Air Force One. El gesto, recibido sin reparos por el presidente, ha encendido las alarmas de juristas, medios y sectores políticos que ven en esta transacción un posible conflicto con la cláusula de emolumentos de la Constitución estadounidense. Más allá de la legalidad, lo significativo es la normalización del intercambio directo entre gobiernos autoritarios y líderes occidentales mediante obsequios millonarios, que refuerza una diplomacia de favores y privilegios, ajena a toda noción de servicio público o transparencia institucional. Que Trump no se haya cuestionado la ética de aceptar semejante obsequio —y que el Congreso no lo haya impedido— revela hasta qué punto se ha erosionado la distinción entre el interés estatal y el interés privado.
Gaza como tabú: el silencio que habla
Frente a la magnitud del conflicto en Gaza y Cisjordania, donde el uso desproporcionado de la fuerza por parte del ejército israelí ha sido denunciado por organismos internacionales, Trump optó por el silencio o, a lo sumo, por frases ambiguas como «mucha gente está muriendo». En ningún momento se abordó el rol que juegan las armas estadounidenses en esas operaciones ni se planteó condicionar las relaciones con Israel a un alto el fuego o a la aceptación de la solución de dos Estados.
A juicio de observadores como Jeffrey Sachs y Sybil Fares (Al Jazeera, 14 de mayo), los países del Golfo Pérsico perdieron una oportunidad histórica: la de utilizar su poder financiero para exigir a Estados Unidos un compromiso claro con el reconocimiento de Palestina como Estado miembro pleno de Naciones Unidas. Habría bastado con condicionar algunos de los acuerdos firmados a un gesto diplomático de ese calibre. No lo hicieron. Ni siquiera lo intentaron. Esa omisión pesa.
Siria: de proscrito a interlocutor
Un episodio especialmente significativo de esta gira fue la reunión entre Trump y el nuevo presidente interino de Siria, Ahmed Al Sharaa. Hasta hace poco, Al Sharaa era considerado un yihadista radical, con recompensa internacional sobre su cabeza. Hoy se presenta como un líder moderado, vestido con traje occidental, dispuesto a prometer reformas, contener la influencia iraní y facilitar acuerdos energéticos con Occidente. La reunión, auspiciada por el príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salman —a quien Occidente ha terminado por perdonarle el asesinato y descuartizamiento del periodista disidente Jamal Khashoggi—, concluyó con la respuesta inmediata de Trump: anuncio del levantamiento de sanciones a Siria.
El giro es revelador. No se trata de premiar un proceso de transición democrática (que no existe), sino de reconfigurar alianzas a conveniencia. El nuevo gobierno de Al Sharaa no ha logrado detener la violencia en regiones como Sweida, donde la minoría drusa ha sido objeto de represiones, expropiaciones y desplazamientos. Tampoco ha habido avances sustantivos en la reconstrucción del país, más allá de la promesa de apertura a inversores extranjeros. El pragmatismo extremo ha sustituido cualquier criterio de derechos humanos o legitimidad popular.
Una región sin palancas morales
Lo más preocupante de esta gira no es lo que Trump hizo o dijo, sino lo que las monarquías del Golfo decidieron no hacer. Ninguna de ellas utilizó su indiscutible capacidad financiera para exigir algo tan elemental como el fin de los bombardeos sobre civiles en Gaza o la reanudación de un proceso de paz creíble. Si alguna vez hubo una ventana para condicionar al socio estadounidense, era esta. Y fue desaprovechada.
Tampoco hubo propuestas para establecer un fondo regional de ayuda humanitaria en Palestina, ni compromisos para la reconstrucción de las zonas devastadas. El desequilibrio entre lo que se da y lo que se exige se ha hecho estructural. Estados Unidos obtiene contratos y legitimidad estratégica. Las monarquías obtienen protección y acceso a tecnología. Palestina, una vez más, queda fuera del acuerdo.
Diplomacia sin valores
La imprevisibilidad en las decisiones del presidente Trump, su tendencia a modificar posturas según conveniencia del momento, ha generado inquietud incluso entre aliados históricos como Israel. La diplomacia estadounidense, antaño apoyada en criterios estratégicos y principios definidos, ha pasado a ser el reflejo del estado de ánimo y los impulsos de un líder que confunde lo coyuntural con lo estructural.
La gira de Trump por el Golfo Pérsico representa un momento paradigmático de la transformación de la diplomacia contemporánea en una serie de transacciones de poder sin referencia a principios, ni normas compartidas. Ya no se habla de democracia, ni de derechos humanos, ni siquiera de estabilidad regional en términos coherentes. Se habla de «retornos de inversión», «acuerdos de oportunidad» y «ventanas geoestrategicas».
En este contexto, destaca una de las declaraciones más representativas del actual estilo diplomático de la Casa Blanca: cuando se le preguntó, en el transcurso de esa gira, por las negociaciones entre Rusia y Ucrania en Estambul, Trump afirmó que «nada importante iba a pasar hasta que él y Putin se reunieran en persona». Esta visión profundamente personalista de la política exterior no sólo deslegitima las instituciones multilaterales y los procesos diplomáticos formales, sino que desactiva la posibilidad de una acción colectiva responsable. Cuando la geopolítica se reduce a una cuestión de egos y protagonismos, lo que se pierde es mucho más que eficacia: se pierde legitimidad, previsibilidad y responsabilidad ante la comunidad internacional.
En este escenario, las oportunidades para el ejercicio de una diplomacia ética y efectiva se reducen. Pero no desaparecen. Aún hay margen para que actores regionales y multilaterales propongan alternativas. El problema es que mientras se acumulan contratos y se firman memorandos, la paz sigue fuera de la agenda, y los pueblos atrapados en los conflictos, como el palestino, siguen pagando el precio de una realpolitik sin alma.
El Golfo tenía la oportunidad de demostrar que su poder económico podía usarse para algo más que la compra de armamento y estadios. La dejó pasar. Y la historia, cuando mire hacia atrás, lo recordará como otro momento desperdiciado.

