China e Irán: más que petróleo

Irán es uno de los principales proveedores de petróleo de China y un socio comercial crucial en el oeste de Asia y el norte de África. En 2009, al superar a Angola, se convirtió en su mayor suministrador de crudo. Irán exporta anualmente a China unos 27 millones de toneladas de petróleo.

Los proyectos de China en Irán han ido creciendo a medida que las potencias occidentales apostaron por las sanciones como mecanismo para doblegar sus aspiraciones nucleares. Una de las primeras consecuencias del endurecimiento estadounidense y europeo, ciertamente cuestionado por numerosos países que denuncian la parcialidad de Occidente (basta referirse a las relaciones nucleares de EEUU con India o al reciente acuerdo anunciado con Vietnam que ha irritado enormemente a las autoridades chinas), es la mejora de las posiciones comerciales e industriales chinas en dicho país (en el primer trimestre de 2010 aumentó un 47% en relación al mismo periodo de 2009), mientras los inversores europeos ven crecer exponencialmente sus dificultades.

Es verdad que China ha respaldado formalmente la cuarta ronda de sanciones aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU. No obstante, aun a pesar de haber votado favorablemente dicha resolución, lo que podría interpretarse como que China ha cruzado cierto rubicón para congraciarse con los países más desarrollados dejando atrás su tradicional y calculado distanciamiento, no ha perdido un segundo en regresar a su habitual ambigüedad para reivindicar la utilidad de las negociaciones frente a las sanciones. El rizo se completa con el paralelo apoyo expresado a la mediación de Turquía y Brasil, países que votaron en contra de la nueva resolución calificándola de “capricho” y expresión de la condenable parcialidad del Consejo.

En cualquier caso, no cabe esperar en modo alguno que China las secunde con la intensidad y amplitud que están mostrando EEUU o la UE. Por el contrario, cabe aguardar que gestione su ambigüedad con el calculado propósito de no dañar en modo alguno las posiciones alcanzadas en dicho país. También porque no cree que esta sea la vía adecuada para evitar la proliferación nuclear. China siempre ha defendido la negociación. Su estrategia global es otra y su oposición a las sanciones es de principio, en coherencia con la tradicional hostilidad respecto a la política de presiones y amenazas sobre estados soberanos, un criterio que es aplaudido en el Tercer mundo y en el seno de los países emergentes, revalidando su conocida desconfianza respecto a la política de ingerencia promovida por Washington. El interés por los recursos y ese ideario compartido son poderosos motivos que alientan la aproximación china a Teherán.

La necesidad añadida de preservar la buena salud de su relación con EEUU obliga a la diplomacia china a realizar un colosal esfuerzo por contentar a todas las partes: a EEUU y la UE, a Brasil y Turquía, a Irán… En suma, China se desplaza por la cuerda floja, arrimándose a un lado y a otro en función de las circunstancias, templando gaitas con todos los litigantes mientras mejora a grandes pasos sus posiciones comerciales e industriales en Irán.