China: el XVI Congreso del Partido Comunista

El próximo fin de semana se inicia el XVI Congreso del Partido Comunista de China. En el participarán 2.120 delegados en representación de sus 66 millones de miembros, distribuidos en provincias, municipios, regiones autónomas, departamentos e instituciones que dependen del Comité Central, unidades administrativas y del Ejército Popular de Liberación (EPL). De ellos, un 97,5 por ciento ingresaron en el Partido después de 1949, año de la fundación de la República Popular China, y un 63,1 por ciento son menores de 55 años. Las mujeres representan el 18 por ciento; el 75,7 por ciento son funcionarios de diversos niveles; el 91,7 por ciento han cursado estudios superiores y el 10,8 por ciento pertenecen a alguna de las 55 minorías étnicas oficialmente reconocidas. Sobre este colectivo descansa, en buena medida, la fijación del rumbo de la China del inmediato futuro.

El nivel de implantación del Partido Comunista (PCCh) en la sociedad china es abrumador. Hacia finales de 2001, entre los más de sesenta mil comités de vecinos de 662 ciudades chinas, en el 87 por ciento del total existían organizaciones del PCCh. En total, a escala de todo el país y a todos los niveles, existen más de tres millones de organizaciones de base. En la vida económica, por ejemplo, a finales de 2001, más de 71.000 organizaciones del Partido se habían establecido en las empresas no estatales (dos veces más que en 1997), y en las estatales, alrededor del 70 por ciento habían implementado nuevos mecanismos de administración que lejos de separar funciones han reforzado el papel y el protagonismo del Partido en el ámbito industrial. El PCCh ocupa buena parte de la sociedad china, sin dejar a penas huecos visibles para las formas de expresión genuinas de la sociedad civil. Pero, aún así, no parece suficiente y por ello se plantean nuevas iniciativas políticas para ampliar su base social.

Uno de los temas esenciales de este XVI Congreso afecta al relevo generacional que se producirá en los cuerpos dirigentes. Se trata de un cambio muy importante pues no solo abandonará sus cargos Jiang Zemin, actual Presidente del país y secretario general del Partido, quien probablemente mantendrá por un tiempo la presidencia de la Comisión Militar Central para asegurar la fidelidad y vigilancia del EPL durante el proceso de transición que ahora se inicia, sino también la mayor parte de los miembros del Comité Permanente del Buró Político (Li Peng , Zhu Rongji, Li Ruihuan, Li Lanqing, Wei Jiangxin), mínimo colectivo de siete personas que hoy definen el destino de más de 1.300 millones de habitantes en el país más poblado del planeta. A primera vista, por razones de edad, únicamente puede permanecer en su puesto Hu Jintao, de 59 años. También se verán afectados, por tanto, el Gobierno y la Asamblea Nacional, pero el eje central de la nueva situación vendrá determinado por los cambios en el Partido, “donde reside la clave para llevar a feliz término las cosas en China”, como enfatizaba Jiang Zemin en el discurso conmemorativo del 80 aniversario de la fundación del PCCh.

La sucesión parece clara. Hu Jintao, actual vicepresidente del Estado y responsable del Secretariado del Partido, es el hombre elegido, pero deberá aceptar las proyecciones que le impongan los demás. Hombre de aparato, académicamente formado en China y experimentado en las Juventudes Comunistas y en el trabajo en provincias con minorías nacionales (Guizhou y Tibet), tiene a su favor que nadie parece haber insistido en tener un candidato propio y ello puede favorecer su consolidación. Promovido en su día por Deng Xiaoping y Hu Yaobang, tiene en contra una relación venida a menos con Jiang Zemin.

Cuando los mecanismos de traducción formal de la representatividad no funcionan, más aún en una sociedad como la china tan deudora de la milenaria tradición autocrática y en la que, como señaló Fairbank, el monopolio del poder y la politización caminaron siempre a la par, conviene fijar la atención en pequeñas acciones y gestos que a pesar de su aparente insignificancia pueden,, sin embargo, dejar entrever algún significado político. El equilibrio de fuerzas, las relaciones personales, el parentesco, etc, adquieren así una dimensión sustantiva que en condiciones de normalidad en modo alguno podrían alcanzar.

La atención principal se centra en tres figuras del Secretariado, auténtico “vivero” del futuro Comité Permanente. Wen Jiabao y Luo Gan son figuras en ascenso. Ambos cuentan con el apoyo de Jiang Zemin con quien mantienen una buena relación, especialmente el primero. La otra gran figura del momento es Zeng Qinghong, miembro también del Secretariado y desde hace algún tiempo acompañante habitual de Jiang Zemin en muchas de sus comparencias y visitas públicas. Ortodoxo y con sensibilidad de izquierda, tiene a su favor además un parentesco acreditado. Su padre, Zeng San, fue un dirigente muy prestigiado de la primera generación, víctima de la Revolución Cultural, primero responsable de los servicios de inteligencia y más tarde acusado de espía y encarcelado.

La actitud ante Falun Gong puede servirnos como un elemento de singular referencia para ubicar a los diferentes personajes. En primer lugar, por el desafío que representa al Partido en términos de implantación y movilización social. En segundo lugar, por cuanto supone de identificación con el proyecto denguista que tanto insiste en la construcción de las dos civilizaciones (material y espiritual), en la formación de una generación en la que los ciudadanos no solo vivan mejor sino que además tengan ideales, cultura, moral y disciplina. A este respecto, aún coincidiendo todos ellos en la caracterización negativa y peligrosa de la secta, la sensibilidad de Luo Gan y Wen Jiabao, en cuyas fotos oficiales aún presenta la vestimenta típica del maoísmo, están más próximas a Jiang Zemin. Por el contrario, la actitud ante el movimiento inspirado por Li Hongzhi, es motivo de acentuada discordia con Hu Jintao. Perteneciente a una familia de larga tradición intelectual, Hu Jintao, aún criticando la secta, desaconseja la fórmula represiva como vía idónea para atajar Falun Gong.

No parece que en esta ocasión pueda el Ejército Popular de Liberación desempeñar un papel especialmente relevante. El ministro de defensa, Chi Haotian, que también se jubila, asegurará el visto bueno castrense a los relevos. Hu Jintao se ha cuidado de reiterar guiños a sus intereses. Baste recordar su comparecencia pública para alentar las manifestaciones antiamericanas a raíz del bombardeo de la legación diplomática de Belgrado durante la guerra por Kosovo. No obstante, tratarán de concentrar su presión en aquellos segmentos de mayor proyección de sus intereses: política exterior y Taiwán. Si bien Tang Jiaxuan probablemente continuará en el cargo, Qian Qichen, viceprimer ministro y responsable de las relaciones con Taiwán, también se jubilará. Sus recientes declaraciones a propósito de denominar los lazos directos de transpoorte entre Taiwán y China continental como “enlaces entre los dos lados” del Estrecho, en ves de “enlaces internos”, suenan a despedida. Por su parte, al Ejército le importa especialmente incrementar su influencia en la toma de decisiones respecto a la política hacia Estados Unidos.

Por último, los factores sociales e ideológicos confluirán en el debate congresual. El desempleo y la precariedad afectan ya a uno de cada siete empleados urbanos. El número de despedidos del sector público desde el inicio de las reformas en 1997 se eleva a 13 millones y solamente la mitad han podido ser recolocados. Mientras la pobreza rural se había reducido a 50 millones de personas en 1997, hoy deambulan en los medios urbanos 32 millones de desamparados que antes no existían. El impulso social sigue siendo muy débil en China.

Por otra parte, aunque la vigencia de la búsqueda de la verdad en los hechos, enunciada como norma máxima de los tiempos de la reforma, reduce enormemente la intensidad de la reflexión ideológica, la pugna sobre la orientación final del proceso incidirá en la conformación de los equilibrios en el seno del nuevo equipo dirigente del país. En ese sentido, el debate sobre la propuesta de Jiang Zemin de incluir en la filosofía, en la política del comunismo chino (y en los estatutos del Partido) su teoría de las “tres representaciones” ha arreciado en las últimas semanas, destacando la amplia oposición de las células comunistas de la Federación Nacional de Sindicatos.

En algún sentido, la iniciativa de Jiang recuerda la campaña maoísta de las cien flores (1956-57) cuyo objetivo consistía en incorporar a los intelectuales y científicos al proceso revolucionario. A la espera de que esta tenga un final menos trágico, ahora se trata de incorporar a los empresarios privados a la construcción de una nación china poderosa y estable. Después de dos años de debate, el gran salto se ha producido en el discurso pronunciado el 31 de mayo pasado en la Escuela Central del Partido, presentando su teoría como una nueva reforma política, la de más calado en tiempos de la gaige (reforma) y la kaifang (apertura), iniciadas a finales de los años setenta del siglo pasado. Se trataría de modernizar el Partido y, por añadidura, dada la posición clave que ocupa en el sistema político chino, de todas las estructuras estatales y sociales. Esto es coherente con una de las grandes líneas del proceso reformista, la modernización, pero ¿también con la inalterabilidad política? La evolución presenta el siguiente aspecto: en 1978 se hablaba de tomar la economía planificada como factor preponderante y la función reguladora del mercado como auxilio; en 1984, de construir una economía mercantil planificada socialista; en 1992, de instaurar un sistema de economía de mercado socialista; una enmienda constitucional en 1999 reconocía que China permanecería en el estado inicial del socialismo durante un largo período… lo cual demora ad infinitum la llegada de la sociedad prometida y permite seguir experimentando sin límites en el presente.

Jiang, muy distanciado de aquella etiqueta, errada, de conservador que emerge de las ruinas de los sucesos de Tiananmen (1989), habla de la necesidad de acompañar los procesos de cambio en China y en el mundo, de estimular nuevas formas de pensar, de integrar las nuevas clases sociales emergentes para conseguir que el Partido Comunista se transforme en un partido de todo el pueblo, liquidando de un golpe seco toda la tradición maoísta del partido de vanguardia que le separó de los soviéticos en los años sesenta. La teoría de “las tres representaciones” pretende servir de argumento ideológico para facilitar la aproximación del mundo de la empresa, de la cultura, de la ciencia, de los sectores más dinámicos de la sociedad china contemporánea, evitando la fosilización del Partido. Muy atrás queda el discurso del combate a los enemigos del proletariado, en pleno auge en 1989.

Los cambios que pretende Jiang y que sancionará el XVI Congreso con toda probabilidad y escasa oposición, provocarán una recomposición ideológica del Partido y, sobre todo, pondrán en tela de juicio los tabúes de la reforma que Deng enunció para evitar la deriva capitalista del proceso: la dictadura del proletariado, el papel dominante del Partido, la perseverancia en la vía socialista y el pensamiento marxista-leninista y de Mao. Diluyendo la rigidez de estos enunciados, probablemente Jiang aspira a fagocitar los nuevos sectores sociales emergentes evitándole las tentaciones de propiciar fórmulas alternativas de organización de sus intereses que podrían a medio plazo cuestionar el papel de un Partido al que refuerzan desde hace años con generosas aportaciones y donativos a cambio de compensaciones administrativas limitadas y el rico juego de las guanxi.

De la consideración de vanguardia al interclasismo, sin miedo a la socialdemocratización, hay quien propone ya un cambio de nombre, la introducción de cambios en la organización misma de los Congresos para hacerlos más participativos, la extensión de la experiencia de las elecciones de los comités de aldeanos al ámbito urbano… Promete ser este un otoño novedoso en China, aunque nada se sabe a ciencia cierta del parecer de Hu Jintao, el sucesor de Jiang Zemin, quien deberá gestionar a fondo el nuevo discurso sin miedo a la reestructuración del sistema. Una razón más que justificaría la presencia entre bambalinas por un tiempo del propio Jiang.

En suma, podemos encontrarnos ante la reinvención de la reforma.