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Estados Unidos: Conteniendo a China

El pilar fundamental de la política exterior de Estados Unidos frente a la Unión Soviética, en tiempos de la Guerra Fría, fue su doctrina de la contención. Ésta, evidenció contradicciones y fallas en su ejecución, pero a no dudarlo, resultó extraordinariamente exitosa en lograr el objetivo que se había planteado desde su inicio. El padre de dicha doctrina, George Kennan, definió el propósito final de la misma en los siguientes términos: Contener la fuerza expansiva del poder soviético hasta el momento en que los problemas domésticos dentro de la Unión Soviética forzasen un cambio político en ella, así como propiciar la separación de los satélites europeos de la órbita de Moscú.

En efecto, la estrategia de la contención se sustentaba en la predicción de que la Unión Soviética terminaría por hacer implosión, pues llevaba dentro de sí el germen de su propia destrucción. Oponerse de manera paciente, sistemática y firme a sus impulsos expansionistas, hasta que ese momento llegara, constituía así la esencia de esta política. Desde luego, desbordar los gastos militares soviéticos, como Ronald Reagan lo entendió mejor que nadie, jugaba un papel muy importante dentro de la misma. Pocas veces en la historia un propósito político fue alcanzado de manera tan espectacular. (Herring, 2008, p. 638; Saull, 2018, p. 93).

El arma más exitosa del viejo arsenal

Nada más natural, por tanto, que ante el emerger de una nueva Guerra Fría con China, Washington recurra a la que fue su arma más exitosa durante la anterior: La política de la contención. Desde el primer período de Barak Obama, Estados Unidos ha evidenciado una clara consistencia de propósito en su objetivo de contener a China. Aun careciendo de un mapa de ruta articulado en relación a este propósito, Obama, Trump y Biden han seguido la misma dirección. De acuerdo a Kishore Mahbubani, dos pensadores estratégicos estadounidenses como Henry Kissinger y Fareed Zakaria, que rara vez compartieron las mismas opiniones, coincidieron no obstante en que la política exterior estadounidense carecía de un plan maestro en relación a China. (Mahbubani, 2020, p. 49). Aunque este último sea efectivamente el caso, el simple hecho de que durante tres administraciones presidenciales sucesivas se haya perseguido el objetivo de contener a China es en sí mismo altamente significativo para una sociedad tan fracturada como la estadounidense.

Sin embargo, la consistencia en el propósito, aun habiendo resultado fundamental en relación a la Unión Soviética, sería en sí misma insuficiente para prevalecer frente a China. Para empezar, nada parece indicar que un elemento que estuvo presente en la contención a la Unión Soviética se reproduzca en relación a China. Es decir, a premisa de que dicho régimen lleva dentro de sí el germen de su propia destrucción. Luego, tal como visto, la política de contención a China requeriría de una articulación estratégica que aún está faltando. Más allá de esos factores, no obstante, hay dos elementos que se dieron en relación a la contención a la Unión Soviética y que en el presente caso se encuentran ausentes: La preponderancia económica y la factibilidad geopolítica. Sin estos dos elementos no hay contención que valga. El primero entraña la posibilidad de poder sobrepasar los gastos chinos, particularmente sus presupuestos militares, durante un período prolongado de tiempo. El segundo implica la factibilidad de poder constreñir las acciones de China dentro de su propia región. Analicemos, pues, ambos factores.

Preponderancia económica

Estados Unidos no dispone de una preponderancia económica en relación a China, similar a la que disfrutó frente a la Unión Soviética. Para finales de 2021 el PIB chino, en términos absolutos, resultaba equivalente al 71 por ciento del estadounidense, mientras que a comienzos de 1980 el PIB soviético no llegaba al 50 por ciento del de Estados Unidos. Sin embargo, medido en términos de Poder de Paridad de Compra, el PIB chino es de alrededor de US$25 billones (millón de millones) frente a US$20.5 billones para Estados Unidos. Si bien se estimaba que en torno a 2030 el PIB chino medido en términos absolutos tomaría la delantera, este pronóstico es hoy desestimado. De haberse materializado el mismo, la política de contención estadounidense no hubiese tenido la menor oportunidad de prevalecer. Ahora bien, aunque tal opción se ha visto diferida para un momento futuro e incierto, en virtud de los problemas económicos por los que atraviesa China, lo cierto es que con una paridad de compra favorable, fabricar en China resulta más económico.

Estados Unidos estuvo en condiciones de forzar a Moscú a convertirse en una sociedad híper-militarizada, con claro abandono de los demás sectores de su economía y de la satisfacción de las necesidades de su población. Al final, ello termino por conducir a la bancarrota de su contrincante, imponiéndole gastos militares que desbordaban su capacidad de tolerancia. Este supuesto, sin embargo, se encuentra ausente en relación a China. Este último país no sólo dispone de una economía que compite muy de cerca con la de Estados Unidos, sino que dispone como dicho de ventaja en términos de paridad de compra. Esto contradice una premisa básica dentro de una política de contención: Para prevalecer en su aplicación hay que encontrarse en el lado ganador de la competencia presupuestaria. De lo contrario, cualquier acción que se tome en la persecución de tal propósito podrá ser reproducido por la contraparte.

Un buen ejemplo de las ventajas que le proporcionaba a Estados Unidos el disponer de clara superioridad presupuestaria frente a la URSS vino dado por el contraste entre los misiles SS-20 y los Pershing II. En efecto, en 1977 la Unión Soviética desplegó en Europa sus misiles intermedios SS-20, lo cual trajo en respuesta el despliegue por Estados Unidos de los misiles Pershing II. Estos últimos disponían de una precisión de tiro quince veces mayor que los SS20. (Gaddis, 2005, capítulo 4).

Se estima que para el 2025, el presupuesto oficial del Ejército de Liberación del Pueblo chino (ELP) alcanzará US$585 millardos (miles de millones). Sin embargo, el presupuesto real en materia de defensa resultaría hasta un 20 por ciento superior a ese monto. Ello, pues diversas partidas presupuestarias incluirían igualmente gastos vinculados al área militar. Más aun, en un cónclave de figuras claves del Partido Comunista Chino (PCC) celebrado en noviembre del 2020, se develaron planes en marcha para alcanzar la paridad militar con los Estados Unidos para el año 2027, aniversario de la fundación del ELP. Así las cosas, Washington deberá acostumbrarse a una competencia presupuestaria creciente y esencialmente paritaria en materia militar. Más aun, a una competencia más imaginativa, tal como lo evidencia el armamento asimétrico chino, y seguramente menos signada por la pesadez burocrática que caracteriza al Pentágono. (Shambaugh, 2020 p. 348; The Economic Times, 2020).

Factibilidad geopolítica

Pero aún más significativo que la cercana correlación económica entre Estados Unidos y China, es la carencia de factibilidad geopolítica involucrada. Esta última difiere sustancialmente de la contención aplicada a la Unión Soviética durante la primera Guerra Fría. En efecto, a comienzos de los años cincuenta, Stalin comprendió que no serían posible nuevas ganancias territoriales en Europa, más allá de los límites de la Cortina de Hierro. A partir de ese momento, el expansionismo soviético se mudó hacia los predios de lo que por aquel entonces comenzó a llamarse el Tercer Mundo. Es decir, un área geoestratégica de carácter periférico. Por extensión, también la contención estadounidense se mudó a la periferia. A la inversa, cuando en 1956 una rebelión popular en Hungría amenazó con echar abajo al régimen comunista títere de Budapest, el Presidente Eisenhower decidió respetar los límites de la Cortina de Hierro, absteniéndose de brindar el apoyo de su país a esa causa. Así las cosas, ambas partes comprendieron el sentido de los límites y evitaron lanzarse sobre sus respectivas áreas primarias de sensibilidad estratégica. La única excepción a esta regla se produjo en 1963, cuando Nikita Kruschev se aventuró a colocar misiles soviéticos en Cuba, a setenta millas de territorio estadounidense. Acción ésta que estuvo a punto de desencadenar una guerra nuclear.

Contrariamente a la contención de la expansión soviética en el Tercer Mundo, la contención a China entrañaría la noción de constreñir su proyección al interior de una región que por milenios fue tributaria de su antiguo imperio. Si ello resulta poco realista, mucho menos realista lo sería el restringir indefinidamente su ambición de incorporar Taiwán a la República Popular. Lo que aquí está involucrado sería no sólo la restauración del pasado glorioso de China, sino la “gran unificación” de su territorio. La noción del “sueño chino de gran rejuvenecimiento nacional”, narrativa que congrega y unifica a casi 1.4 millardos de chinos, es lo que se encuentra al otro lado del intento estadounidense por contener geopolíticamente a China. Como propuesta, ello no guarda proporción ni relación con lo que fue la contención del expansionismo soviético en países periféricos como lo fueron, a título de ejemplo, Angola o Afganistán. Más aún, toda noción de contención a una fuerza, entraña la idea de confinarla a unos ciertos límites geográficos para evitar que se proyecte fuera de ella. Ocurre, sin embargo, que lo que China busca es precisamente lo contrario: Evitar la penetración estadounidense al interior de los límites que ella misma ha trazado.

Empuje hacia afuera

Hacer frente al empuje “hacia afuera” instrumentado por China no resulta tarea fácil. Por un lado, la distancia desde California hasta al Mar del Sur de China es de 7.400 millas, y de 7.000 a Taiwán, mientras que la de Hawái al Mar del Sur de China es de casi 6.000 millas y de alrededor de 5.300 en relación Taiwán. A la inversa, parte de las costas chinas dan al Mar del Sur de China, mientras que la distancia de Taiwán a sus costas es de sólo 90 millas (81 millas en su punto más próximo). Ello configura, en relación a Estados Unidos, lo que John Mearsheimer ha calificado como el poder paralizante de las grandes distancias marítimas. Es decir, la distancia entre dos costas como factor disuasivo a cualquier acción militar. Sin embargo, si ello no fuese considerado por Washington como un factor de disuasión suficiente en relación al Mar de Sur de China, el firme control de ese teatro de operaciones por parte de China si debería serlo. Dicho control es no sólo producto de las cortas distancias desde tierra firme china, sino de su combinación con dos factores adicionales. En primer lugar, la construcción y militarización de veintisiete islas artificiales en los archipiélagos Paracel y Spratly en el Mar de Sur de China. En segundo lugar, la concentración del grueso de la armada china en esa zona. Las construcciones y militarización realizadas en los archipiélagos citados, incluyen tres puertos militares del tamaño de Pearl-Harbor, pistas de aterrizaje aptas para bombarderos y aviones de combate e instalaciones de misiles altamente sofisticados. Dentro de estos últimos sobresalen los misiles DF21/CSS-5, susceptibles de hundir portaviones a más de 1.500 millas de distancia. Por lo demás, el grueso de la armada de guerra y de la fuerza submarina chinas, que hoy constituyen las mayores del mundo, se encuentra desplegado en esa región. Todo ello genera una sinergia anti acceso y de denegación de espacio mayúsculos, susceptible de ser activada en cualquier momento contra fuerzas marítimas hostiles. (Mearsheimer, 2021, pp. 114-128; Fabey, 2018, pp. 228-231; Hendrix, 2018).

Conteniendo al que contiene

Estados Unidos se encuentra particularmente mal preparado para prevalecer militarmente en un escenario de tal naturaleza. No sólo la U.S. Navy y la U.S. Air Force dejaron de trabajar conjuntamente desde el fin de la Guerra Fría, sino que ambas fuerzas han dado prioridad a las misiones de corta distancia por sobre las de larga distancia. La Fuerza Aérea cambió su énfasis desde los bombarderos estratégicos hacia los aviones de combate de corto radio de acción. La Armada, de su parte, abandonó por completo las misiones de bombardeo de larga distancia. Las campañas en Kuwait y en Kosovo, en la década de los noventa, determinaron la puesta en práctica de esta nueva política. En base a la misma, sus aviones de combate pasaron a enfatizar ataques de precisión, alto volumen de despegue y vuelos de corta distancia a partir de portaviones o pistas de aterrizaje terrestres. En adición a ello, sus aviones de combate F-22 y F-35A son por diseño aviones de corto radio de acción. Por otro lado, sus aviones “stealth” (sigilosos) de quinta generación, sólo pueden volar distancias largas si son aprovisionados por aviones tanqueros de alas largas. Estos últimos resultan particularmente vulnerables a la detección y destrucción. En otras palabras, cualquier intento estadounidense por desafiar el empuje “hacia fuera” chino requeriría que sus portaviones se aproximaran a su objetivo, lo cual los convertiría en presa fácil de destrucción por parte de China. (Hendrix, 2018).

Así las cosas, implementar una política de contención frente a la presión anti-acceso y de denegación de espacio desarrollada por Pekín resulta por su propia naturaleza un contrasentido estratégico. Contener al que contiene no es, en efecto, tarea fácil.

Taiwán

Si “contener” a China en el Mar del Sur de China pareciera un propósito carente de factibilidad, mucho más pereciera resultar su contención en relación a Taiwán. Ello, más allá de su cercanía geográfica y la de sus fuerzas militares, sería la resultante natural del caracter existencial que Pekín le asigna al propósito de reunificación con esa isla. Para la República Popular China tal reunificación entrañaría una restitución histórica y un acto de afirmación soberana y, en ningún caso, una manifestación de expansionismo. Se trataría del último cabo por atar resultante del “siglo de humillación” sufrido por este país ente 1842 y 1945. Para materializar lo que considera como su derecho natural sobre esa isla, el régimen comunista estaría dispuesto a asumir cualquier costo, por elevado que este fuese. Para Pekín, por tanto, dicha isla resulta parte integral de su territorio y la reunificación con ésta se encuentra enraizada a valores estatales inmanentes. Para Washington, en cambio, sólo su reputación estaría involucrada. Es decir, mantener su prestigio como superpotencia. Lo que está en juego para ambas partes se movería así a niveles completamente distintos. Una nación estaría dispuesta a asumir una desmesurada carga de sacrificio nacional por preservar lo que percibe como parte de su integridad territorial y de su orgullo nacional. Hacerlo por salvaguardar la reputación, es algo que se mueve a un plano muy distinto.

Hacia el fin de la ambigüedad estratégica

Hasta el presente Estados Unidos había mantenido una política de ambigüedad estratégica en relación a Taiwán. De acuerdo a la misma, una postura de vaguedad deliberada subsistía con respecto a su disposición a defender a la isla en caso de ser invadida por el régimen de Pekín. Sin embargo, desde la Administración Trump un cambio de posición se ha ido consolidando. En base al mismo, se levantó la prohibición existente a los contactos de alto nivel entre los gobiernos de Estados Unidos y Taiwán y la Cámara de Representantes aprobó de manera unánime el Proyecto de Ley de Garantías a Taiwán. De acuerdo a este último, el gobierno de los Estados Unidos tiene la obligación promover activamente la participación de Taiwán en los organismos internacionales. Si bien dicho Proyecto de Ley se encuentra aún pendiente de aprobación por parte del Senado, el mismo representa un paso importante a favor del reconocimiento de status de Estado a dicha isla. En esa misma dirección, el Secretario de Estado del gobierno Biden, Anthony Blinken, hizo un llamado a los países miembros de la ONU a dar un “robusto soporte” a la participación de Taiwán en el Sistema de las Naciones Unidas y en sus agencias especializadas. Dos “speakers” (presidentes) de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos se reunieron con la anterior Presidenta de Taiwán, con uno de ellos (Nancy Pelosi) realizando una visita oficial a la isla. Más aun, Biden, quien fue el primer Presidente estadounidense desde 1978 en invitar a una representación oficial de Taiwán a su toma de posesión, ha venido sistemáticamente declarando desde 2021 que el apoyo de su país a la isla resulta sólido. De hecho, el Pentágono ha elaborado planes para defender la isla en caso de ataque. (Liu, D., “With heightened rhetoric, is the US moving away from ‘strategic ambiguity’ on Taiwan”, France 24, October 30, 2021; Blanchette and Hass, 2022; The Economist, 2023).

Perder la reputación por buscar salvarla

Si la ambigüedad estratégica fuese en efecto abandonada en favor de una postura de claro apoyo a Taiwán, como pareciera ser el caso, la posibilidad de que Estados Unidos se viese involucrado en una guerra con la República Popular aumentaría de manera notoria. Especialmente, porque las fuerzas del nacionalismo chino se han ido también endureciendo. En los actuales momentos, un 70 por ciento de los habitantes de la República Popular favorecen el uso de la fuerza, si ella llegase a resultar necesaria para materializar la unificación con Taiwán. No en balde, John Mearsheimer ha argumentado que el ascenso de la República Popular China al rango de superpotencia hace que el compromiso de Estados Unidos hacia la seguridad de Taiwán se haga crecientemente insostenible. (Skylar, 2021).

Bajo tales condiciones, una política de contención a Pekín que incluyese a Taiwán resultaría no sólo una opción de alto riesgo bélico, sino que a la vez acarrearía una elevada posibilidad de fracaso militar para Estados Unidos. En efecto, más allá de los planes de guerra altamente móviles que ha desarrollado el Pentágono, lo cierto es que los juegos de guerra realizados por el Pentágono y la corporación Rand han mostrado que la República Popular China podría completar una invasión victoriosa a la isla en días o a más tardar semanas. (The Economist, 2023; Skylar, 2021).

De tal manera, una política de apoyo a Taiwán cuyo objetivo esencial sería el de preservar la reputación estadounidense, podría lograr exactamente lo contrario en caso de derrota militar. El ejemplo de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 viene inevitablemente a la mente. La derrota inesperada de Rusia en ese conflicto, golpeó seriamente su prestigio como gran potencia, elevando exponencialmente el de Japón. Una derrota militar estadounidense a manos de la República Popular China haría palidecer por comparación la erosión de credibilidad sufrida por Rusia y pondría en marcha el rápido declive del prestigio internacional de los Estados Unidos.

Así las cosas, para Estados Unidos una política de contención en relación a China resulta, desde todo punto de vista, una opción poco realista. Lo que fue viable en relación a la desaparecida Unión Soviética, parecería tornarse por entero inviable frente a China.

Bibliografía

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  • Fabey, M. (2018). Crashback: The Power Clash Between the U.S. and China in the Pacific. New York: Scribner, 2018.
  • Gaddis, J. L. (2005). The Cold War: A New History. New York: The Penguin Press.
  • Hendrix, J. (2018). “Filling the Seams in U.S. Long-Range Penetrating Strike”. Center for a New American Security, September 10.
  • Herring, G. H. (2008). From Colony to Superpower. Oxford: Oxford University Press.
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  • Mearsheimer, J. (2001) The Tragedy of Great Power Politics. New York: W.W. Norton & Company, 2021.
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  • Saull, R. (2018). “American Foreign Policy During the Cold War” in Cox, M. and Stokes D. US Foreign Policy. Oxford: Oxford University Press
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  • Skylar M., O. (2021). The Taiwan Temptation: Why Beijing Might Resort to Force. Foreign Affairs, July/August.
  • The Economic Times (2020). “Chinese Communist Party unveils plan to make PLA on par with US military by 2027”, November 1.
  • The Economist (2023). “Storm warning”, March 11th.