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Por qué Putin no se detiene?

Después de un mes de hostilidades en Ucrania aún resulta imposible determinar en qué fase se encuentra el conflicto, si está ganando alguna de las partes, si va a conseguirse un armisticio en un plazo previsible o si el enfrentamiento bélico va a durar hasta que se agoten las fuerzas de una de las partes. 
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Después de un mes de hostilidades en Ucrania aún resulta imposible determinar en qué fase se encuentra el conflicto, si está ganando alguna de las partes, si va a conseguirse un armisticio en un plazo previsible o si el enfrentamiento bélico va a durar hasta que se agoten las fuerzas de una de las partes. 

El plan inicial de Rusia no se llegó a realizar. Bajo el pretexto de consolidar el territorio de las recién reconocidas “repúblicas” de Donbás pretendían “desmilitarizar” y “desnazificar” Ucrania, o sea destruirla como estado soberano. Las direcciones por las que se efectuaron las incursiones rusas permiten ver que se trataba de entrar en Kíiv  para desactivar el poder central, ocupar los centros provinciales de Sumi y Járkov, a fin de ampliar la zona de control ruso al norte de Donbás, y en el sur unir las pseudorrepúblicas con Crimea y, de ser posible, quitarle a Ucrania toda la costa del Mar Negro. En esta franja se podrían crear otras repúblicas populares para hacer realidad Novorossia, el delirio de Putin bajo el nombre que Catalina II dio a estos territorios después de arrebatarlos al Imperio Otomano en el siglo XVIII. Pero esto son detalles y elementos sin importancia, demasiado costosos y poco viables económica y políticamente.

La invasión debía convertir a Ucrania en un satélite dócil, como Bielarús, pero el resultado fue distinto al esperado y Ucrania, no obstante los enormes daños que ha sufrido debido a la guerra impuesta por el Kremlin, ha ido consolidando su soberanía, tanto en cuanto al Estado como al pueblo. Por eso es que la fase actual de la agresión está tomando cada vez más el carácter de una guerra de exterminio. Ya no se inventan cuentos sobre infraestructuras militares; los cohetes y las granadas rusas apuntan directamente a viviendas, centros comerciales, escuelas y hospitales. Y se jactan de sus armas de alta precisión, y aprovechan ampliamente su única ventaja o éxito: la dominación en el aire. 

A Ucrania le faltan aviones y medios de defensa antiaérea, si los tuviera suficientes, acabaría con los invasores en cosa de un mes, dicen los expertos militares. Ucrania tendrá que hacerlo sola, ya que las cumbres europea y noratlántica que tuvieron lugar el último fin de semana de marzo dejaron muy claro que los amigos occidentales evitarán hacer cualquier paso que les involucre en la guerra con Rusia. Manifestaron su responsabilidad por la seguridad de sus países frente a la posibilidad de la tercera guerra mundial, lo que significa que toman muy en serio el peligro llamado Putin, aunque su decisión de dejar a Ucrania luchar sola, también por ellos, genera muchas dudas sobre si así se logrará detener a Putin.

Se debe reconocer que las sanciones económicas, junto con el reemplazo de los suministros rusos por otros proveedores de productos energéticos, están asestando un golpe fuerte a Rusia, pero se necesita tiempo para que tengan efecto definitivo y Ucrania no lo tiene, Putin está dispuesto a destruir el país completamente y dejarlo sin población. Si el profano de Putin supiera latín, resumiría su plan parafraseando al clásico: Puto Ucrainam delendam esse.

Ninguna idea macabra o absurda puede considerarse impensable, cuando se trata de este gobernante del Kremlin, porque no es político, es un criminal, un mafioso que logró llegar a la cumbre de un Estado. Durante su visita a Polonia, el país más cercano al frente de guerra y que recibe la mayor cantidad de los millones de refugiados ucranianos, el presidente norteamericano Biden no tuvo reticencias para llamar a Putin “criminal de guerra”, “carnicero”, y dijo que no podía estar en el poder. Con estas expresiones poco diplomáticas se enviaba un mensaje al jefe del Kremlin que no se admitía ninguna posibilidad de negociar con él, porque se había puesto fuera del alcance de métodos que se usan en relaciones entre partes civilizadas.

Para encontrar el método adecuado es necesario entender correctamente de quién dependen las decisiones y de qué tipo de actor se trata . En la Rusia actual, la toma de decisiones estratégicas se encuentra bajo el control casi dictatorial de una persona, Putin. No lo ha conseguido por ser un político hábil, o un exfuncionario del servicio secreto de la KGB convertido en político. No es nada de eso, si se mira su biografía, en todas las etapas de su desarrollo se observa la presencia del componente delictivo que resulta ser determinante. No le formó la educación que se inculcaba por la escuela soviética y la Juventud Comunista: todo el cuento del comunismo, humanismo, era para él, como para la mayoría de los soviéticos, una mentira necesaria para legitimarse en lo público, la verdad era saber encontrar ventajas materiales para vivir, que no estaban disponibles dentro del ámbito legal de la vida soviética. Sus mentores de verdad fueron los gamberros de la calle en Leningrado. Les tenía miedo, porque eran violentos sin razón y sometían al terror todo su entorno, y fue a una escuela de judo para aprender a pelear y no sentirse menos que ellos: me tienes miedo significa que me tienes respeto. Su entrenador de judo, que tenía antecedentes penales, le insertó en la facultad de derecho, porque a la universidad le interesaba tener deportistas para su imagen. Obtener un diploma universitario era indispensable en la URSS, si se quería ser algo más en la vida que un peón mal pagado. La carrera misma no importaba mucho, podía ser derecho, filosofía, historia, cualquier materia que no fuera ciencias exactas, porque esta requería una dedicación más seria. Putin mismo cuenta que no asistía mucho a clases y faltaba para beber cerveza. No debe sorprender a nadie, pues, el hecho de que use términos jurídicos de manera impensable (llamar incesto a las relaciones Rusia-Ucrania, por ejemplo) y en su lenguaje abunden giros propios de la jerga de delincuentes comunes. 

No fue por su formación como jurista que lo incorporaron al servicio secreto de la KGB, le enrolaron en la lucha contra el enemigo interior, es decir, contra los compatriotas descontentos o de poca confianza; Putin había participado en ese tipo de actividades como soplón aun siendo universitario. Otra vez se trataba de sentir el poder sobre otra gente ejerciendo terror. 

Su posterior promoción a la inteligencia exterior no es lo que parece, más bien resulta una oportunidad para alejarlo de Leningrado, porque después de graduarse de la renombrada escuela de inteligencia no fue a trabajar al extranjero capitalista, que era el objetivo mismo de la formación que había seguido, sino fue mandado como agente encubierto de contrainteligencia a una institución soviética en el interior de la RDA, donde no se realizaba espionaje. Otra cosa habría sido si lo hubieran enviado a la Casa de la Ciencia y Cultura Soviética, no en Dresde, sino en Berlín, puesto que allí los agentes encubiertos sí hacían trabajo de inteligencia en Berlín Occidental. Algunos dicen que se dedicó a pingües negocios con divisas, para lo que no hay pruebas confiables, pero lo que es evidente, es que le revocaron su designación antes del plazo y le mandaron de vuelta a Leningrado, es decir, no lo quisieron tener en la inteligencia exterior.

En Leningrado técnicamente volvió a los inicios, le colocaron en el rectorado de su universidad como oficial de “reserva activa”, o sea, agente encubierto para controlar la lealtad política del personal. Un trabajo que no requería profesionalismo, sino falta de moral, desprecio por la vida humana y capacidad de aterrorizar a la gente. En definitiva, lo que había aprendido de los gamberros: los débiles siempre son golpeados, hay que ser el primero en dar el golpe, infundir miedo es ser respetado.

No duró mucho como infiltrado en su alma mater. Un profesor de derecho de la universidad salió elegido alcalde de la ciudad y quiso tener a Putin como asesor en su nuevo cargo.  Es posible que le insinuaran desde el KGB que le convenía tenerlo a su lado o lo sugirió Putin mismo, o él mismo se dio cuenta que esa era su opción. Lo importante es que ahí se completó la formación de Putin como lo que es ahora y comenzó su ascenso al poder.  Al lado del alcalde participó en la venta de materias primas al extranjero, en la privatización (siempre oscura) de bienes del extinto estado soviético, estableció vínculos de colaboración con grupos de criminales comunes, que eran los actores principales e imprescindibles de la privatización. 

Los hechos innegables que se translucen de la biografía de Putin demuestran que en su vida y carrera predominaba el carácter delictivo. No tuvo éxito en ninguna de las fases de la parte ciudadana de su carrera, prosperó en la parte delictiva. Acumuló riquezas y creó poder. Las dos cosas necesitan consolidarse y crecer, puesto que, si no lo hacen, desaparecen. Con su mafia leningradense se trasladó a Moscú, entró en el Kremlin, consiguió que Yeltsin le cediera el poder supremo a cambio de seguridad para los bienes que se había apropiado con su familia. Habiéndose hecho del poder supremo, se dio cuenta de que tenía en sus manos el resto más grande de un imperio, que estaba tan mutilado que moriría si no mantenía bajo su poder a los miembros que se les había separado. De ahí el cambio en su discurso: en Leningrado hablaba como si fuera demócrata enemigo del sistema soviético opresor, ahora es autoritario y totalitario y lamenta la desaparición de la URSS, en cuya destrucción él trabajó efectivamente. Es erróneo pensar que hace algo porque tiene ideas o teorías. Las inventa como una pantalla presentable para disimular sus actos criminales.

Así se entiende por qué se militariza el país para “desmilitarizar” al vecino, se llama héroe de una operación para “desnazificar” a las tropas que dejan tras su merodeo civiles asesinados al estilo nazi, matando incluso a los animales en el zoológico, se bombardea ciudades con población rusófona para proteger sus derechos lingüísticos. La guerra espantosa que el Kremlin lleva en Ucrania no se explica con los términos que usa la extremadamente mentirosa propaganda rusa para encubrir la agresión. Todos y cada uno de los hechos macabros de esta campaña se entienden cuando se toma la conciencia de que se trata de un grupo criminal reivindicando su poder sobre un zona. Lo está haciendo con métodos de terror, como lo hace una pandilla de gamberros en “su” barrio. Otra envergadura, la misma esencia: el poder de criminales se impone con el miedo, lo deben tener los competidores de “barrios ajenos”, los habitantes del “barrio propio” y hasta los súbditos del cabecilla. No importa la vida de personas de ninguno de los bandos.

Esto es lo que observamos en la guerra contra Ucrania, donde el objetivo es recuperar el poder de miedo que tenía el imperio moscovita.

No se detendrá por vía de negociaciones, porque la parte rusa no aceptaría ni siquiera una vuelta al estado antes del 24 de febrero. No hacen tregua ni para dar alguna credibilidad a su presunta voluntad de negociar, impiden la evacuación de población civil en las localidades bloqueadas, cometen genocidio y otros crímenes de guerra sin taparse. Y esto sucede, porque el Occidente teme “provocar” al agresor, que va a por él en Ucrania, en realidad.

Es razonable, porque de momento evita mayores víctimas. Pero no vale con un criminal. Este, si ve que no le creen capaz de cometer algo más grave, no se detiene, hace lo que no le creen capaz de hacer. Lo acaba de demostrar la escalada de atrocidades rusas en Ucrania. Va a continuar mientras nada le haga sentir miedo al agresor. No le dan miedo (todavía) las sanciones económicas “infernales” ni los envíos restringidos de armamentos a Ucrania.

Sí, le está dando miedo la resistencia ucraniana, pero contra esto tiene el recurso de exterminio, que lo está practicando ya, localmente todavía.