América
Fueron necesarios diez años para que Américo Vespucio constatará que aquello con lo que Colón se había topado era un continente hasta entonces desconocido para el resto de la humanidad. Por tal razón, pidió que se bautizara a este con el nombre de Nuevo Mundo. Sería sin embargo en su honor que ese nuevo mundo adquiriría su nombre: América.
En efecto, los abates del Monasterio de Saint Dié, en Lorena, que por aquellos momentos se abocaban a publicar una geografía de Ptolomeo, incluyeron allí a ese nuevo continente, bautizándolo con el nombre de quien primero se había percatado de las dimensiones y del significado del hallazgo hecho por Colón. (Arciniegas, 2001, pp. 22-25).
Sin embargo, más allá de quien primero se encontró con aquellas nuevas tierras o de quien primero tuvo conciencia del significado de éstas, lo más importante es saber quiénes las habitaban. En efecto, más que de un descubrimiento se trataba del encuentro entre los habitantes de dos parcelas del mundo.
¿De donde venían?
Lo cierto es que el origen de aquellos pobladores originarios demostraba que el mundo se encontraba mucho más interconectado de lo que Vespucio supuso en su momento. De ello, sin embargo, no se tendría conocimiento sino hasta finales del siglo XIX. Fue a partir de entonces cuando la narrativa científica comenzó a señalar el origen asiático de aquellos habitantes primigenios de América. Esto, en virtud del puente terrestre entre Siberia y Alaska que se produjo durante la Era Glacial.
A partir de entonces, y durante mucho tiempo, la tesis prevaleciente fue la de que al final del período de la glaciación una estrecha ruta terrestre quedó expuesta en lo que es hoy el estrecho de Bering, situado entre Siberia y Alaska. La misma permitió que distintos grupos de cazadores se adentrarán en estas nuevas tierras, multiplicándose prolíficamente gracias a la abundancia de recursos allí encontrados. A partir de allí, se expandirían hacia el sur en la búsqueda permanente de nuevos espacios vírgenes de caza.
Esta visión, sin embargo, ha pasado a ser revisada en tiempos recientes. Un nuevo planteamiento sugiere que el paso de pobladores asiáticos a tierras americanas no se concentró en un período puntual de tiempo (el fin de la glaciación). Por el contrario, ambos continentes resultaron mutuamente accesibles por tierra durante un largo intervalo de tiempo. Durante alrededor de sesenta mil años y hasta hace poco más de 10.000 años, sucesivas oleadas inmigratorias pasaron de Asia a América. Prueba de ello sería la presencia de restos humanos de larga data, distribuidos en distintas latitudes del continente y mostrando una amplia diversidad de culturas. (Fernández-Armesto, 2009, capítulo 2).
Otra tesis reciente no discute la visión tradicional de que la interconexión terrestre entre Asia y América se produjo puntualmente al final del período de la glaciación. No obstante, afirma que la presencia de restos humanos de hace 12.000 años en el Sur de Chile y la distancia de siete mil millas entre ese punto y el Estrecho de Bering, hace imposible suponer que ese trayecto hubiese podido ser realizado a pie. Ello, desde luego, si el trayecto descendente hubiese comenzado al final de la Era Glacial. Siendo así, dichos habitantes habrían necesariamente llegado antes de que se abriera el corredor terrestre del Estrecho de Bering, en cuyo caso la única ruta alternativa sería la marítima. Es decir, a través de botes llegados a la costa pacífica americana. (Mann, 2011, p. 19).
La impronta de su huella
Fuese cual fuese la manera y el momento de arribo de estos habitantes primigenios, lo significativo es su huella en América. En cualquiera de los escenarios que se manejan estos abandonaron Asia antes de la primera Revolución Neolítica, la cual se produce con la invención de la agricultura en el Medio Oriente hace alrededor de 11.000 años. Fue en ese momento cuando cobraron forma los primeros poblados permanentes y cuando comenzaron a cultivarse el trigo y la cebada.
Si estos primeros habitantes abandonaron Asia antes de esa fecha, pareciera evidente que una Revolución Neolítica independiente tuvo lugar en América. Tal revolución, según sostienen los expertos, tuvo lugar en Mesoamérica (hoy México, Guatemala y países vecinos) hace alrededor de 10.000 años. Es decir, no mucho tiempo después de la del Medio Oriente. Sin embargo, en 2003 los arqueólogos descubrieron antiguas semillas de cultivo de calabaza en la zona costera de Ecuador, al pie de la cordillera de los Andes. Ello sugeriría la presencia de una segunda Revolución Neolítica independiente en el continente americano. (Mann, 2011, pp. 20-23).
De su lado, el tiempo transcurrido entre la Revolución Neolítica y el surgimiento de la primera civilización del Medio Oriente, en la ciudad de Sumer, fue de alrededor de 7.000 años. En el caso de la América pre-colombina, la primera civilización sería la de los Olmecas en lo que es hoy México, la cual aparece en el 1.500 A.C.
Los Olmecas serían, en efecto, la más antigua de las diversas civilizaciones que emergerían en Mesoamérica. Sus realizaciones en los campos de la astronomía, las matemáticas, la cultura y el comercio serían de inmensa significación. No sólo crearon una vasta red de comercio, sino que inventaron docenas de sistemas de escritura, trazarían la órbita de los planetas, crearían el primer calendario de 365 días y plasmarían sus historias en “libros” de papel de corteza de higuera plegados en forma de acordeón. Su invención más importante, sin embargo, sería el número cero. (Mann, 2011, p. 22).
El descubrimiento del número cero, a decir del matemático Tobias Dantzig, constituyó “uno de los logros más importantes de la humanidad”. Los Olmecas realizaron el mismo con independencia del primer susurro del cero que tuvo lugar Babilonia en el 600 A.C. De hecho, el cero sólo aparecería en Europa en el siglo XII, cuando llegó acompañado de los números arábigos. (Mann, 2011, p. 23).
Los aportes de los Olmecas en matemáticas y astronomía serían continuados en etapas posteriores por otras civilizaciones mesoamericanas. De entre ellas, sobresaldría de manera muy particular la de los Mayas. Sus matemáticas se basaron en el sistema vigesimal y sus conocimientos astronómicos, puestos de manifiesto en sus códices y observatorios, evidenciaron una alta precisión. (Chanier, 2015).
Las poblaciones pre-colombinas se dividirían en sociedades civilizadas y tribus primitivas. El primer grupo se localizaría a los territorios que en un futuro ocuparía España, mientras que la totalidad del espacio que correspondería a Portugal, en lo que es hoy Brasil, estaría conformado por tribus primitivas. A su vez, los dos principales polos civilizatorios se localizarían en Mesoamérica y en los Andes (principalmente en el espacio comprendido entre el actual Ecuador y el Norte de Chile).
Cuatro períodos
Edwin Williamson dividió en cuatro períodos a las civilizaciones de Mesoamérica y los Andes: Arcaico (7.000 a 2.500 A.C.); Pre-clásico (2.500 A.C. a 1 D.C.); Clásico (1 a 1.000 D.C.) y Post-clásico (1.000 a 1.500 D.C.). (Williamson, 2009, capítulos 1 y 2).
Mientras el período arcaico evidenciará la aparición de asentamientos permanentes y de la agricultura, el pre-clásico vería aparecer élites sacerdotales, ceremonias públicas y una sociedad agraria más estructurada. Las dos civilizaciones más avanzadas de este período serían la de los Olmecas en lo que es hoy México (1.500 a 400 A.C.) y la de los Chavins en lo que es hoy Perú (900 a 500 A.C.).
El período clásico evidenciara sociedades más desarrolladas en términos de ideas, técnicas, conocimientos y organización social. El Estado se hace más poderoso y aunque los reyes se encuentran a la cabeza del mismo, la clase sacerdotal sigue detentando gran influencia. La clase guerrera sube en estatus y las ciudades se hacen mayores, con multitud edificios, templos y monumentos construidos en piedra. A este período se corresponden Teotihuacán (1 a 750 D.C.) y Monte Albán (500 A.C. a 800 D.C.), en lo que es hoy México y los Mayas (300 a 900 D.C.) en los actuales México y Guatemala. También los Moches (200 A.C. a 600 D.C.) en Perú, los Tihuancos (600 D.C.) en Bolivia y Chile y los Huaris (1.000 D.C.) en Perú, Ecuador y Bolivia.
De acuerdo a Williamson, entre los períodos clásico y post-clásico se produjo un paréntesis de oscuridad que, por razones poco claras, trajo consigo el colapso social y la desintegración cultural de diversas civilizaciones. Ello incluyó a Teotihuacán y Monte Albán, así como parcialmente también a los Mayas. Los imperios Tihuanco y Huari caerían igualmente.
El período post-clásico está caracterizado por un vigoroso ciclo imperial durante el cual, si bien no se producen mayores innovaciones, si tienen lugar desarrollos significativos en la organización del Estado. Algunas de las sociedades mesoamericanas de este período, como es el caso de la Azteca, incurren en el sacrificio humano para apaciguar a los dioses, lo que conduce a un incremento de guerras para obtener prisioneros que sirvan como víctimas propiciatorias. Una aristocracia de guerreros, sacerdotes y burócratas se separa cada vez más de las masas populares a través de privilegios de señorío. La centralización del poder en un rey con poderes absolutos y derechos divinos se consolida.
Los Toltecas (1.000 a 1.200) y los Aztecas (1.427 a 1.520) alcanzan preeminencia en el actual México, mientras que los Incas (1438 a 1533), mucho menos sangrientos y más sofisticados políticamente, lo hacen en el Perú. Para comienzos del siglo XVI, estos últimos logran reunir el mayor imperio de las Américas y probablemente también del mundo de su tiempo. Los Incas, aún cuando no dominaron la escritura, realizaron inmensos avances en materia de ingeniería civil y metalurgia. En la construcción de caminos (contaron con una red de 24.000 millas), puentes, irrigación y drenaje, se encontraron a la vanguardia de su tiempo. (Clough, 2014).
Impacto de la conquista
Valga agregar que las civilizaciones de Mesoamérica y los Andes nunca entraron en contacto entre sí, ni supieron de sus respectivas existencias, hasta la llegada de los españoles. La súbita aparición de estos últimos implicó un auténtico cataclismo para las poblaciones indígenas.
La llegada de los españoles, en efecto, les representó una espiral de derrota militar, sumisión, destrucción sistemática de sus civilizaciones, servidumbre, conversión forzada a la religión de los conquistadores y mortandad en gran escala. Esta última, sin embargo, fue causada no por la pólvora y la espada, sino por las enfermedades infecciosas traídas por los europeos y ante las cuales la población indígena no tenía resistencia. De acuerdo a N.D. Cook, de una población indígena total de unos 30 a 40 millones de habitantes en 1.500, sólo un 12% sobreviviría algunas décadas más tarde. (Restrepo, 2014, p. 51).
Según señala Charles C. Mann: “El Hemisferio Occidental antes de 1492 [fecha de llegada de Colón] fue, de acuerdo a la visión prevaleciente en la actualidad, un lugar próspero, pujante, inmensamente diverso, un auténtico tumulto de lenguajes, comercio y cultura, un lugar donde decenas de millones de personas amaban, odiaban y rezaban, como la hace la gente en todos lados. Gran parte de este mundo se extinguió después de la llegada de Colón…Tan profunda fue la destrucción llevada a cabo que, pocas generaciones después, ni conquistadores ni conquistados tuvieron noción de que ese mundo había existido. Apenas ahora, ese mundo comienza a hacerse visible de nuevo”. (Mann, 2011, p. 32).
La absoluta falta de curiosidad de los españoles, con respecto a los avances que evidenciaban las civilizaciones indígenas en distintas áreas del conocimiento, resultó pasmoso. Todo lo que ellas hubiesen podido aportar al saber de la sociedad conquistadora fue equiparado a herejía y, por ende, extirpado de raíz. Es algo que desde luego no debía extrañar, teniendo como antecedente la total indiferencia hispana ante los gigantescos aportes científicos y culturales representados por moros y judíos (incluyendo su condición de depositarios del saber de la antigüedad clásica). Ambos grupos humanos, en efecto, habían sido sumariamente expulsados de España u obligados a subsumirse a un integrismo católico reñido con la ciencia y el conocimiento.
En un artículo reciente publicado en este mismo medio, señalábamos que la historia española es un cuadro en claroscuro, en el que conviven luces y sombras. La conquista americana es, sin duda, un espacio mayúsculo de sombra y oscuridad. A excepción de figuras como Fray Bartolomé de las Casas o Francisco de Vitoria, gracias a los cuales la América indígena no fue tierra de esclavos, hubo pocas zonas de luz durante ese proceso. Ello explica el por qué las estatuas de Colón han caído de sus pedestales a lo largo y ancho de Hispanoamérica.
Bibliografía:
Arciniegas, Germán (2001). Cuando América Completó la Tierra. Bogotá: Villegas Editores.
Chanier, Thomas (2015). “The Mayan Long Count Calendar”, Arxiv, Cornell University, December 22.
Clough, G. Wayne (2014). “The Earliest and Greatest Engineers Were the Incas”, Smithsonian magazine, January.
Fernández-Armesto, Felipe (2009). The Americas: A Hemispheric History. New York: The Modern Library.
Mann, Charles C. (2011). 1491: New Revelations of the Americas Before Columbus. New York: Vintage Books.
Restrepo, Luís Fernando (2014). “The Cultures of Colonialism” in Swanson Phillip. (ed.) The Companion to Latin American Studies. New York: Routledge.
Williamson, Edwin (2009). The Penguin History of Latin America. London: Penguin Books.

