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IGADI 25 de Maio de 2015 Toro Hardy

Arabia Saudita contra el petróleo de lulita: Buscando doblegar a la hierba

        En 2008 Estados Unidos se veía enfrentado al declive inevitable de su era petrolera con sus reservas tocando pico. Sin embargo, tal como lo refería el experto petrolero Daniel Yergin en un artículo publicado en el New York Times del 25 de enero de 2015, en los últimos siete años la producción doméstica de ese país aumentó en 80%. De acuerdo a las proyecciones de su Departamento de Energía de hace una década para 2025 dicho país debía estar importando el 70% de sus requerimientos petroleros. Para 2014, sin embargo, Estados Unidos había logrado aumentar su producción a más de 9 millones de barriles diarios, la mayor desde 1983. Más aún, de acuerdo a las estimaciones que se manejaban a mediados del año pasado, para 2020 podrían estar extrayéndose más de 14 millones de barriles al día. La entrada en escena de la fracturación hidráulica y de la perforación horizontal, que permitió acceder al petróleo de lulita que se encuentra en los esquistos, un tipo de roca porosa que contiene grandes cantidades de hidrocarburos en sus poros y capas, cambió todo.

        Para hacer frente a la amenaza anterior Arabia Saudita decidió lanzar un ataque preventivo que buscaba cortar de raíz la rentabilidad del petróleo de lulita. Para ello abrió el chorro de su petróleo al máximo de capacidad a sabiendas de que ello generaría una estrepitosa caída en los precios. Según señaló el Ministro de Energía saudita Ali Al-Naimi en abril pasado, su país está actualmente produciendo 10,3 millones de barriles diarios, su mayor producción histórica. De acuerdo al Financial Times de fecha 1 de mayo de 2015, en aras de sostener sus gastos presupuestarios ante un ambiente de precios deprimidos, Arabia Saudita se ha visto obligada a quemar alrededor de 50 millardos de dólares desde octubre pasado. Para finales de año dicha cantidad deberá haber llegado a 100 millardos.

        Es evidente, entonces, que el reino saudita está asumiendo altos costos con miras a sacar del mercado al petróleo de lulita. La pregunta a formularse es si los beneficios obtenidos o a obtenerse compensan tal magnitud de costos. A juzgar por los resultados preliminares los objetivos no sólo no se estarían alcanzando sino que, en el proceso, se ha propiciado una maximización de eficiencia en dicho sector. Efectivamente, según señalaba Goldman Sachs el 18 de mayo pasado, gracias a los incrementos de eficiencia el punto de rentabilidad de dicho petróleo ha bajado de 80 dólares por barril a 60 dólares, con expectativas de llevarlo a  50 en cinco años.

        De acuerdo a un informe de febrero de este año, producido por el Centro de Estudios Energéticos de la Universidad de Rice, la industria del esquisto se ha reacomodado a las nuevas circunstancias (Jim Krane, Mark Agerton, “Effects of Low Oil Price on U.S. Shale”). Ello ha implicado la paralización de actividades en las zonas menos productivas y la concentración de esfuerzos en las más productivas, enfatizando al máximo el elemento eficiencia. Sin embargo, lo realmente significativo de dicho informe es la explicación del porqué dicha industria está en capacidad de responder al reto planteado

        Según refiere el mismo, la industria del esquisto resulta altamente flexible por su propia naturaleza. Las barreras de entrada al negocio son bajas, permitiendo a los productores independientes moverse con rapidez y perforar con celeridad. Cuando la rentabilidad disminuye la salida no resulta complicada pero, a la inversa, apenas la rentabilidad vuelve a hacerse atractiva es fácil volver a la carga. Al igual que la hierba se dobla cuando el viento es fuerte y esta en capacidad de enderezarse cuando éste pasa. 

        Estas no parecieran las condiciones ideales para asumir una competencia en términos de precios. Si bien la elasticidad de la industria petrolera saudita es proverbial, disponiendo de capacidad para abrir o cerrar a su antojo el chorro petrolero, lo cierto es que en la industria del esquisto estadounidense encontró la horma de su zapato. Siendo así los altos costos asumidos parecieran toparse con una frágil posibilidad de éxito.  

        Lo cierto es que al asumirse una lucha frontal contra el petróleo de lulita se está buscando detener el salto tecnológico y esa, a no dudarlo, es una pelea perdida. Tomemos dentro del mismo contexto, pero al nivel de la demanda, el caso de los carros eléctricos. De los sesenta millones de automóviles que cada año se venden alrededor del mundo sólo una fracción circula con energía eléctrica. La razón es que los vehículos eléctricos son más costosos y requieren cargarse con frecuencia, todo lo cual responde a las limitaciones de sus baterías. Sin embargo, los avances en la capacidad de almacenamiento de éstas van camino a hacerlos competitivos con los automóviles de pistón. ¿Qué se hará entonces?

        El problema de fondo es el avance exponencial de la tecnología y frente a éste no hay salida simple como lo pretenden los sauditas.

 

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