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12 de Outubro de 2020 Toro Hardy

China-Estados Unidos: Ideología y eficiencia

La Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética se sustentó en la ideología, algo para lo cual Estados Unidos se encontraba particularmente bien preparado. Habiendo sido el lugar de nacimiento de la democracia moderna, así como su cultor más importante, pudo reclamar fácilmente para si el manto de líder del “mundo libre”. Especialmente en la medida en que el comunismo soviético encarnaba a una ideología totalitaria de proyección global. Si bien la rivalidad entre ambos países resultó multifacética, su elemento determinante fue siempre el ideológico. 

La emergente Guerra Fría con China tiene una connotación distinta, pues ésta no busca venderle los méritos del comunismo ni siquiera a su propia población. La nueva confrontación se sustenta, por el contrario, en la capacidad de producir resultados. Resultados económicos, tecnológicos, militares, comerciales, o de cualquier otra naturaleza. El elemento determinante de esta nueva Guerra Fría es, por tanto, la eficiencia. 

A diferencia de su confrontación con la Unión Soviética, Estados Unidos se encuentra mal preparado para una rivalidad planteada en estos términos. Su sistema político se ha tornado demasiado disfuncional como para prevalecer en una medición de fuerzas basada en la eficiencia. 

Este es, por el contrario, el fuerte de China. Habiendo sacado de la pobreza a ochocientos millones de sus ciudadanos y saltado desde el subdesarrollo hasta la antesala de la preeminencia económica mundial, en poco más de cuatro décadas, China sabe producir resultados. Su manejo del Covid 19 así lo prueba.  

Aunque su falta de transparencia inicial fue responsable del salto de la pandemia a otras latitudes, su control doméstico de la misma no tiene parangón. Contando con 1.3 millardos de personas puede exhibir resultados similares a los de Singapur o Dinamarca, que rondan apenas los 6 millones de habitantes. Más aún, mientras el resto del mundo se encuentra aún en recesión, China reinició ya su crecimiento económico. 

China persigue un objetivo preciso: Convertirse en el número uno para el 2049, fecha del centenario de la República Popular fundada por Mao. Este claro sentido de propósito no sólo moviliza el sentimiento nacionalista de su población, sino que la unifica bajo una bandera común. Ello, en adición a hacer converger todas las energías de la nación en torno a un rumbo estratégico definido.  

Estados Unidos, en cambio, se encuentra dividido en dos parcelas irreconciliables de sociedad. Desde los tiempos de su Guerra Civil dicho país no evidenciaba una fractura horizontal de rasgos tan pronunciados. Tal polarización no sólo abarca los ámbitos más diversos, sino que confluye en dos identidades partidistas que han perdido capacidad para el diálogo. Esto no sólo se traduce en la erosión de valores sociales compartidos, sino en el bloqueo institucional. Más aún, la marcha en zigzag se torna inevitable cuando las parcelas de sociedad en conflicto se alternan en el control del poder político. No hay eficiencia posible bajo tales circunstancias. 

Tratándose de las dos superpotencias de nuestros días, la Guerra Fría entre China y Estados Unidos está llamada a proyectarse al ámbito planetario. No sólo la globalización pierde su oxígeno, sino que la sociedad planetaria tiende a fracturarse entre ambos bandos. De un lado, los que se ven atraídos por un modelo autoritario de probada capacidad de respuesta. Del otro, quienes permanecen fieles a una democracia que ha perdido dicha capacidad.  

La asociación entre autoritarismo y eficiencia erosionará en importante medida el lustre de la democracia como modelo. Para muchos ello no representa problema. Para la mayoría de las pragmáticas naciones asiáticas, continente que alberga a la mitad de las 20 economías de más rápido crecimiento del planeta y que genera dos tercios del crecimiento económico global, el atractivo representado por la eficiencia es claro. Particularmente en la medida en que China actúa como economía ancla y como plataforma de innovación y conectividad en esa parte del mundo. Tal convergencia hará mucho más atractivo al modelo chino para el resto del mundo. 

Para algunos, como la Unión Europea, la escogencia es sin embargo difícil. La opción de irse sola, en medio de una economía mundial fracturada y de una Rusia asertiva, resulta problemática. Sin embargo, como bien daba a entender Ángela Merkel en Aquisgrán en mayo de 2018, Europa no puede ya confiar en un país proclive a los extremos y a la inconsistencia estratégica como Estados Unidos. Atar el futuro europeo a dicho liderazgo ofrece cada vez menores atractivos.  

Una alianza estratégica con China podría, por el contrario, aparejar estabilidad en el rumbo así como la integración económica y de infraestructuras de la masa terrestre euroasiática. Ello, en adición, a representar una barrera de contención frente a Rusia.  

Acercarse demasiado a China, sin embargo, legitimaría a un autoritarismo susceptible de socavar la estabilidad política europea y, muy particularmente, a la alemana.  

          

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