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OPCh 29 de Abril de 2014 Toro Hardy

China: metiéndose en aguas profundas

      El Almirante Liu Huaqing, Comandandante General de la Armada china en los ochenta, acuñó la distinción hoy clásica entre “mares cercanos” y “mares lejanos”. Los primeros comprenden básicamente a los mares Amarillo y del Este y del Sur de China y se encuadran dentro de la llamada primera cadena de islas. Es decir aquel conjunto de archipiélagos mayores al Este de la costa continental asiática que limitan la proyección naval de China hacia el Pacífico. Esta cadena se caracteriza por la presencia de bases militares o de protección defensiva de Estados Unidos. Los segundos, de su lado, se corresponden a los grandes océanos del mundo.

            Si bien China acepta como expresión natural del status quo el control de los océanos por parte de la armada estadounidense, visualiza como una amenaza directa el dominio que ésta ejerce sobre los mares cercanos. Esto último podría traducirse, por ejemplo, en un bloqueo al 80% del petróleo importado por China, el cual pasa por el Estrecho de Malaca. Nada extraña por consiguiente que este país haya desarrollado una estrategia militar destinada a neutralizar el poder de la Armada estadounidense en los mares cercanos.

            Lo peculiar de esta última estrategia es que se sustenta en la noción de poder asimétrico. Consciente de que una de las razones que generó el colapso soviético fue la ruinosa competencia con Estados Unidos por la supremacía militar, China persigue neutralizar la apabullante superioridad bélica de ese país mediante el desarrollo de sistemas que cuesten una fracción del de los estadounidenses. Ello se posibilita gracias a la proximidad de su territorio, opción negada a Estados Unidos al tener que operar al otro extremo del mundo.

            Ejemplos de este armamento asimétrico lo encontramos en los misiles terrestres anti-portaviones. Mientras uno de estos cuesta 11 millones de dólares el costo de un portaviones puede ascender a 13,5 millardos de dólares.  Es la típica honda de David contra el gigante Goliat. Otro tanto podría decirse de sus patrulleros porta-misiles “astutos”, los cuales son difícilmente detectables por el radar y se desplazan a alta velocidad. Son el equivalente a una manada de lobos capaz de doblegar a un grupo de naves enemigas de mucho mayor tamaño. Y así sucesivamente.

            Frente a este armamento “anti acceso” la superioridad estadounidense vale de poco. Si allí quedase todo Washington se las vería muy cuesta arriba en caso de un enfrentamiento naval con Pekín. El problema es que este último ambiciona a desarrollar también un armada capaz de operar en los mares lejanos. Ello con miras a proteger sus rutas marítimas estratégicas en el Océano Índico y por razones de prestigio. Y aquí las cosas se le complican a China. Primero porque se ve obligado a desarrollar una flota de portaviones, única manera de obtener protección aérea a distancia. Segundo porque debe agenciarse bases navales en países lejanos. Tercero porque debe competir en condiciones de igualdad con los gastos estadounidenses. Cuarto porque se encontraría en inmensa desventaja frente a la amplia experiencia de Estados Unidos en este campo.

            El sentido común aconsejaría a China no meterse en aguas profundas.      

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais