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IGADI 28 de Marzo de 2016 Toro Hardy

Demócratas y Republicanos: Divisiones y coaliciones

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Tanto Demócratas como Republicanos evidencian divisiones internas. La de los segundos, a no dudarlo, es mucho más profunda. En el bando Demócrata los centristas se encuentran enfrentados a los progresistas. En el Republicano son los trabajadores de raza blanca los que están en conflicto con el “establishment” del partido. En este último grupo caerían de manera muy especial los grandes donantes económicos. Son ellos quienes no sólo  financian las carreras de los políticos, sino quienes han dado forma al ideario conservador, a través de una amplia red de académicos, periodistas, instituciones y medios de prensa, costeada con su dinero. El eje más importante de ese ideario es el liberalismo económico y la reducción del papel de Estado a su mínima expresión.

Insurgentes

Entre los progresistas del partido Demócrata y los trabajadores de raza blanca del Republicano existe un vínculo de unión. Ambos están bravos por la inequidad económica prevaleciente en dicho país, la cual destruye las oportunidades de avance social y hace cada vez más ricos a los ricos. Los progresistas Demócratas se nutren mayoritariamente de jóvenes con educación universitaria que encuentran inmensas dificultades para integrarse al mercado laboral y que ven con inmensa frustración la erosión de sus posibilidades de avance. El triunfo de Sanders en Michigan hizo ver las inmensas coincidencias entre éstos y los sectores obreros. De su lado, la clase trabajadora blanca Republicana, que se ha visto afectada hasta los tuétanos por el impacto de la externalización y de la automatización de empleos, reacciona no sólo frente a las condiciones económicas que posibilitaron este estado de cosas, sino frente a la pérdida de sus derechos adquiridos. En la medida en que el  “establishment” de su partido encarna a las ideas y a las políticas que sustentan esa realidad, su conflicto con éste comienza a hacerse existencial. La confrontación al interior de los Demócratas resulta en cambio más amortiguada. Ello  en la medida en que la rabia de los progresistas se dirige genéricamente hacia la situación económica predominante y no contra la mayoría centrista.

La insurgencia de los progresistas dirigida por Sanders ha obligado a Clinton, quien lidera a los centristas, a dar un viraje hacia la izquierda. De hecho los analistas pronostican que esta última se verá en la necesidad de buscar a un compañero de fórmula que resulte atractivo a este sector. Pero de allí no tendría por qué pasar el problema. Para el “establishment” Republicano, en cambio, la movilización populista de su sector obrero por parte de Trump amenaza no sólo con desplazarla del control del partido, sino con echar por tierra a un basamento de ideas que responde a sus intereses económicos. Así las cosas, mientras centristas y progresistas tienden a converger con miras a las elecciones presidenciales, el “establishment” y la clase trabajadora movilizada por Trump van en curso de colisión acelerada y frontal.

Impotencia

En el fondo, nada parecería más natural que la actual división entre los sectores obreros de raza blanca del partido Republicano y la plutocracia que lo domina. Lo extraño, por el contrario, es que durante tanto tiempo los primeros votaran por políticas que beneficiaban a los segundos a expensa manifiesta de sus propios intereses. La respuesta a esta paradoja podemos encontrarla en un artículo que efectúa una radiografía del Distrito Electoral de John Boehner, antiguo Presidente (Speaker) de la Cámara de Representantes estadounidense. En él se observa como un circuito electoral mayoritariamente de clase obrera ha elegido en diez ocasiones sucesivas a un Congresista cuyos votos e iniciativas se identifican con el 1% más rico del país. ¿La razón? Sus cofres de campaña, siempre repletos, le han permitido ahogar en publicidad electoral a sus contrincantes (David Russel, “Why do blue-collar workers vote against their economic interests?”, The Hill, April 20, 2015).

Esa estrategia secular del “establishment” no funcionó en esta campaña. A pesar de los cientos de millones de dólares volcados en figuras como Bush o Rubio, sus candidatos no remontaron la cuesta.  Por el contrario fue Trump, quien al interpretar debidamente la rabia de los desplazados, supo alimentarla con su retórica candente. De allí el porqué les es fundamental detenerlo. De tener éxito el proyecto del “establishment”, Trump se vería obligado a concurrir sin mayoría suficiente a una convención impugnada de la cual saldría derrotado.  Ello, de más está decirlo, alienaría de manera quizás irreversible la lealtad de los trabajadores de raza blanca hacia el partido Republicano. Y para una tolda política que se ha convertido en casi exclusivamente blanca, esto representaría una erosión brutal de sus filas.

Si tal fuese el caso, y Hillary moviese adecuadamente sus piezas, las huestes obreras que tanta fuerza dieron a los Republicanos desde los tiempos de Reagan, podrían pasar a engrosar la coalición Demócrata.

 

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