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OPCh 29 de Xullo de 2014 Toro Hardy

EEUU y China: la carga de la historia

Mucho se habla de cómo la carga de la historia impone su peso en las relaciones internacionales de China, determinando muchas de sus acciones y reacciones. Poco se dice, sin embargo, de cómo también Estados Unidos guía sus relaciones con China en función de una visión rígidamente encasillada en tiempos pretéritos. En este sentido Hugh White, el más reputado analista estratégico de Australia, aporta una interesante perspectiva del porque Washington insiste en mantener su primacía en el Este de Asia y se niega a aceptar la paridad estratégica que demanda China (The China Choice, Oxford, 2013). Según él, su anclaje en el pasado le impide a Estados Unidos darse cuenta de que no es posible pretender que una China que está a punto de convertirse en la primera potencia económica mundial, le siga estando subordinada en su propia región del mundo.

            Ante el reclamo chino de que se le brinde un trato de igual a igual en el Este de Asia, Washington se guía por dos marcos de referencia: la contención y el rechazo al apaciguamiento. Estas dos nociones, producto de otros tiempos y de otras realidades, se han transformado en las guías que determinan la manera de enfocar a una situación novedosa y  signada por una especificidad propia. La política de la contención fue la estrategia escogida por Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial, para hacer frente al reto planteado por una Unión Soviética que buscaba expandirse sobre el mapa de Europa. La política del apaciguamiento, de su lado, fue la fórmula mediante la cual Inglaterra y Francia intentaron mantener bajo control a Hitler, cediendo ante sus exigencias. De acuerdo a la visión de Washington la contención no sólo logro frenar el expansionismo soviético durante décadas sino que llevó a la implosión de ese modelo, mientras que el apaciguamiento sólo envalentonó a Hitler haciendo inevitable la guerra. Así las cosas la manera apropiada de lidiar con China debe ser la de contener su ascenso y la de negarse a aceptar sus requerimientos.

            Sin embargo, China no es la Unión Soviética o la Alemania nazi.  China reclama que se le reconozca una jerarquía proporcional al peso de su economía y al de su historia y cuestiona un status quo que tomó cuerpo en el momento de su mayor debilidad histórica. Afrontar esta situación teniendo como marcos de referencia a Stalin y a Hitler es deformar por completo la realidad. Como advierte High White: “China es ambiciosa pero al mismo tiempo es cauta y conservadora, queriendo balancear su deseo por una mayor influencia con la necesidad de mantener el orden y de evitar un conflicto directo con Estados Unidos”. La evidencia muestra en efecto como desde los tiempos de Deng Xiaoping, Pekín ha seguido un itinerario marcado por la racionalidad. Por lo demás, China no sólo detenta 1,2 billones de dólares en bonos de la deuda pública estadounidense sino que la balanza comercial entre ambos países superó los  562 millardos de dólares en 2013. No se trata, por tanto, de un enemigo existencial sino de un indispensable socio económico.

            Visualizar a China como un rival cuyo ascenso hay que mantener a raya y cuyas aspiraciones no deben ser tomadas en cuenta es invitar al desastre.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais