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IGADI 4 de Febreiro de 2015 Toro Hardy

El 1% de la humanidad con mayor riqueza que el 99% restante

A mediados de enero la organización internacional Oxfam, basada en Oxford, Reino Unido, difundió un reporte titulado Riqueza: Tenerlo Todo y querer más donde proporcionaba una cifra  espeluznante: A partir de 2016, la riqueza de 1% de la humanidad superará a la del 99% restante. Bien valdría la pena que tratáramos de dilucidar como se llegó allí.

La dependencia de la industria a las finanzas que habría de afianzarse hace algunas décadas en Estados Unidos, haría de la rentabilidad trimestral la base para medir el éxito o fracaso de las empresas. Ello proyectaría sobre éstas enormes presiones competitivas, propiciando un esfuerzo feroz por la reducción de costos productivos. Este fenómeno se vería complementado posteriormente por otros dos. El primero, la globalización, producto del salto cuántico en las tecnologías de las telecomunicaciones, la información y el transporte. El segundo, la incorporación al mercado laboral global de 1,3 millardos de chinos, 1,2 millardos de indios e ingentes cantidades de indonesios, filipinos o vietnamitas, ofreciendo una mano de obra mucho más barata. La convergencia de estos tres fenómenos se plasmaría en las llamadas cadenas de suministro. Mediante las mismas, las distintas fases de un mismo proceso de manufactura se llevan a cabo en diferentes países buscando la mano de obra más económica para cada componente a fabricarse. Ello se logra gracias a la posibilidad de movilizar y dar seguimiento logístico a infinidad de piezas y partes que se mueven en diferentes direcciones antes de llegar a su fase de ensamblaje final. En síntesis, la mercancía a la venta es producto del trabajador de menor costo en cada fase de proceso. Bangladeshis, filipinos o vietnamitas compiten entre sí para hacer cada vez más barato el precio de su sudor.

            Por otro lado, la revolución en la tecnología de la información, también consolidada en estas últimas décadas, se ha evidenciado a través de la llamada Ley de Moore. En su esencia esta última formula que el poder de la computación se duplica cada dos años. Así, un teléfono celular contiene hoy  la capacidad de una computadora personal de hace unos años, la cual a su vez resultaba más completa que una computadora central de años antes. El software, de su lado, avanza también a velocidad pasmosa. Un teléfono  celular con un programa de ajedrez “Pocket Fritz 4” puede vencer a un gran maestro de ese juego. La robótica no se queda atrás y también allí, como señala Tim Harford, aplica la Ley de Moore (“The robots are coming and will terminate your Jobs”, Financial Times, 27 diciembre 2013). De los robots industriales se está pasando a los robots de “servicio”, según afirma Tom Standage, lo cual equivale al salto de un ordenador central a una ordenador personal (“At your service”, The Economist: The World in 2014). Compitiendo con las tecnologías anteriores hace su aparición la impresión 3-D, mediante la cual programador y máquina se bastan a si mismos en el proceso productivo. Todos estos fenómenos convergen en una misma dirección: la eliminación de una gigantesca cantidad de puestos de trabajo que hasta fecha reciente sólo podían ser desempeñados por seres humanos. Ello se materializa en una masa humana que a pesar de tener disposición y conocimientos para el trabajo va perdiendo capacidad para ser empleada.

            Lo anterior genera una terrorífica competencia por la búsqueda de una mayor rentabilidad entre la mano de obra más barata de Asia y la tecnología supresora de empleos del mundo desarrollado. Ello afecta gravemente al tejido social de ambos. Para los primeros porque deprime de manera deliberada y sistemática el costo de su mano de obra. Para los países desarrollados porque conduce a lo que Alan Manning del London School of Economics ha bautizado como la “polarización del empleo” y David Author de MIT ha llamado la “desaparición del medio”. Es decir, el fenómeno mediante el cual sólo los empleos situados a los extremos de la escala laboral siguen creciendo. De un lado aquellos de muy alta calificación profesional, sobre todo en el área científico-tecnológica. Del otro, los empleos de baja remuneración y estabilidad en el área de los servicios. Los empleos situados entre los dos grupos anteriores se van haciendo crecientemente redundantes.

            Siendo así los dueños del capital, valga de decir de los grandes paquetes accionarios, los de la tecnología y la alta gerencia van acumulando riquezas a velocidad exponencial, mientras que mano de obra y empleo representan cada vez menos. Sin embargo el estado de cosas anterior, por terrorífico que parezca, no es más que una transición hacia una situación aún peor. Según señalan Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee de MIT, en un artículo conjunto con Michel Spence de la Universidad de Nueva York, se está evolucionando hacia maquinas inteligentes cada vez más económicas que habrán de suplantar al obrero de bajo costo de Filipinas, Bangladesh o Indonesia (“The New World Order”, Foreign Affairs, July/August 2014). En otras palabras, la mano de obra intensiva del mundo en desarrollo va también camino a hacerse redundante.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais