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Anuario CEID 2013 (Argentina) 11 de Febreiro de 2014 Mansilla Blanco

El ALBA post-Chávez

Evo Morales (esquerda) e Nicolás Maduro, durante unha reunión da ALBA.

Tras el fallecimiento de su líder impulsor, el ex presidente Hugo Chávez, en marzo de 2013, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) asumió una nueva etapa, donde el pragmatismo y la convicción por concretar espacios de cooperación con otros organismos regionales de integración (CELAC, MERCOSUR), parece constituir un leitmotiv esencial a la hora de imponer su ritmo, por encima de los factores ideológicos.

Esta perspectiva parece ir cobrando forma a través de sus diversos foros y cumbres. La XII Cumbre del ALBA celebrada el 30 de julio de 2013 en Guayaquil (Ecuador), la primera que se realizaba tras la muerte de Chávez, trazó diversas líneas de actuación que pueden definir esta nueva etapa, contextualizado en una coyuntura determinada por las incertidumbres en cuanto a liderazgo, consistencia institucional, continuidad del proyecto y, principalmente, ante la aparición de nuevas expresiones de integración (Alianza del Pacífico), con evidentes implicaciones para el ALBA.

Con todo, el ALBA sigue avanzando, al menos en la concreción de agendas de actuación. La II Cumbre Extraordinaria del ALBA y su emblema de integración energética, PETROCARIBE, celebrada a mediados de diciembre de 2013 en Venezuela, significó igualmente un punto de inflexión y un test político clave para el anfitrión, el presidente venezolano Nicolás Maduro, designado por el propio Chávez como su sucesor.

En este sentido, el ALBA y PETROCARIBE avanzaron en la necesidad de construir una Zona Económica Exclusiva así como en ampliar el radio de actuación hacia otros organismos, en particular la Comunidad de Países de América Latina y el Caribe (CELAC), creada en 2010 igualmente bajo el impulso de Chávez; así como también hacia el eje del MERCOSUR y de la UNASUR, aunque estos organismos transiten actualmente por cierto nivel de letargo y parálisis.

Bajo esta perspectiva, esta eventual concreción de marcos de cooperación entre ALBA y MERCOSUR daría curso, según palabras del propio Maduro, a un bloque económico que se convertiría en la cuarta potencia económica del planeta, con más de 400 millones de habitantes, 23 países incluidos y un PIB estimado en US$ 3 billones. El avance del proyecto también tocaría a la CELAC, cuya reciente cumbre en La Habana (enero de 2014) dio paso a la eventual creación de un foro China-CELAC. En esta cumbre de la CELAC, las islas de Grenada y San Cristóbal y Nevis manifestaron su intención por ingresar al ALBA.

El test de Maduro

El contexto actual del ALBA post-Chávez revela, por tanto, un test de calibración expresamente dirigido al presidente venezolano Maduro. Otras perspectivas, sin embargo, aducen de la eventualidad de que el mandatario ecuatoriano Rafael Correa o incluso su homólogo boliviano Evo Morales, se convirtieran en hipotéticos sucesores del legado de Chávez. No obstante, Correa y Morales han actuado más bien como factores de equilibrio y de vertebración, especialmente hacia otros mecanismos regionales de integración.

Las dos cumbres realizadas por el ALBA a lo largo de 2013 supusieron para Maduro sendas pruebas encaminadas a fortalecer el factor de la legitimidad, primero como sucesor del legado de Chávez y, principalmente, ante la necesidad de consolidar su mandato tras su contestada victoria en la elección presidencial de abril de 2013, aún no reconocida oficialmente por la oposición venezolana.

Del mismo modo, la abrumadora victoria del oficialista Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) liderado por Maduro en las elecciones municipales venezolanas de diciembre de 2013, pareció confirmar este factor de legitimidad presidencial para Maduro, a pesar de que estos comicios evidenciaron al mismo tiempo una aguda polarización entre los sectores “rurales”, más inclinados a votar por el “chavismo”, y los sectores urbanos, donde la oposición alcanzó sus principales victorias.

En todo caso, el liderazgo de Maduro deberá igualmente definirse dentro del contexto venezolano, en particular ante la crisis económica y las medidas gubernamentales para paliar la escasez de productos básicos, las distorsiones en el mercado cambiario y financiero e, igualmente, el impacto en la ciudadanía de problemas crónicos como la inseguridad, la delincuencia y la impunidad, que recrean la intensificación de presiones hacia su presidencia, en particular ante eventuales luchas intestinas dentro del “chavismo” y de la posibilidad de incremento de conflictos sociales y laborales.

Bajo este contexto, Maduro deberá asumir un escenario hemisférico tangencialmente diferente al impulsado por Chávez a través del ALBA, lo cual puede condicionar una notable dosis de pragmatismo y de menor caudal ideológico, así como de impulso, para la política exterior venezolana, cuyas repercusiones influirán decisivamente en el ámbito de actuación del ALBA.

El impulso del ALBA a partir de diciembre de 2004 ocurrió en un contexto de vertiginoso giro político y electoral hacia diversas manifestaciones de izquierda a nivel hemisférico. Pero el contexto post-Chávez, si bien define una orientación progresista en la política latinoamericana, también evidencia otras variables (liberales, centristas, socialdemócratas) que clarifica una orientación reaccionaria hacia ese giro a la izquierda durante el decenio 1999-2010, en particular tomando en cuenta el retorno de las elites o bien del ascenso de nuevas capas sociales, particularmente contrariados con el modelo de Socialismo del Siglo XXI que expone el ALBA.

Con ello, Maduro deberá igualmente calibrar en qué medida está garantizada la fortaleza política e institucional del ALBA, en particular ante el peso estratégico (con su consecuente nivel de dependencia en materia de impulso exterior) que poseen los mecanismos de integración energética (PETROCARIBE) en la definición de alianzas y de expansión del ALBA.

Igualmente, la política económica, financiera y energética venezolana muy probablemente dependerá del peso de un baluarte clave, como es la estratégica cooperación con China, cuya incidencia igualmente puede influir en otros mecanismos de integración tanto dentro del ALBA, en particular la CELAC, especialmente ante las perspectivas de creación de un Foro China-CELAC, tal y como se discutió en la reciente cumbre de La Habana.

El reto: ampliar las alianzas hemisféricas

Por tanto, la cumbre del ALBA en Guayaquil (julio de 2013) sirvió como colofón para ampliar toda serie de acuerdos en diversas áreas (seguridad y defensa, energía, educación), así como en la concreción de una red multinacional de canales televisivos. Todo ello sin menoscabar otros aspectos de la política internacional, como la solidaridad con el “caso Snowden”, el combate contra “el imperio del capital”, así como la dotación de un mayor fortalecimiento institucional a través de la ampliación del Sistema Unitario de Compensación Regional (SUCRE), del Fondo Común de Reservas y del incremento de los programas y misiones sociales en la región.

Pero la apuesta más relevante para el ALBA post-Chávez, y que se hizo evidente en su XII Cumbre de Guayaquil, se identifica en la propuesta de creación de una “área económica común de desarrollo compartido”, el cual eventualmente implicaría la concreción de marcos de acercamiento y cooperación con MERCOSUR, PETROCARIBE y CARICOM.

Esta inédita propuesta de la ALBA apunta claramente hacia un objetivo: acordar una posición común que permita asumir la potencial competencia emanada de la reciente creación e impulso en su evolución de la Alianza del Pacífico, conformada por México, Colombia, Perú y Chile y cuyo radio de actuación, principalmente en calidad de observadores, se enfoca hacia otros países hemisféricos (Canadá, EEUU, Guatemala, El Salvador, República Dominicana, Costa Rica, Paraguay, Uruguay, Panamá), incluso algunos miembro del ALBA (Ecuador), así como de Asia-Pacífico (China, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Japón) y Europa (España, Portugal, Francia, Turquía).

Aquí se abordan diversos escenarios. Implicar una eventual alianza entre la ALBA, PETROCARIBE, CARICOM y el MERCOSUR, obviamente respetando las “asimetrías existentes” tal y como declaró el propio Maduro, supondría una apuesta geopolítica destinada a amortiguar el radio de actuación de la Alianza del Pacífico en el Caribe y América del Sur. El énfasis en el libre comercio y en la potenciación de los “mercados emergentes” dentro de esta alianza contrastaría (e polarizaría) con los postulados de integración social y política establecidos por el ALBA.

La estratégica posición venezolana como pivote de actuación de cara al Caribe, América del Sur (miembro del MERCOSUR desde mediados de 2012) y América Central, le permite inferir una posición geopolítica clave para desarrollar los marcos de actuación del ALBA. Junto a Cuba, el ALBA incluye a otros países caribeños como Dominica, San Vicente y las Granadinas, Antigua y Barbuda y Santa Lucía, miembros también del CARICOM y beneficiados por la cooperación energética de PETROCARIBE.

Otros miembros del ALBA como Bolivia y Ecuador permiten la inserción del organismo hacia otros mecanismos de integración como la Comunidad Andina y UNASUR. En el caso de Nicaragua, su posición como miembro del ALBA le facultaría como marco de inserción centroamericana para la ALBA, principalmente hacia países con gobierno de izquierdas como El Salvador (FMLN, a definir en una segunda vuelta electoral en marzo de 2014).

Del mismo modo, Managua le otorgaría al ALBA una mayor atención al proyecto del presidente nicaragüense Daniel Ortega sobre la construcción del Canal Interoceánica de unión entre el Atlántico y el Pacífico, proyecto donde China tiene una posición central y en la que se espera ampliar cara otros países como Brasil, Canadá, Suiza y Arabia Saudí.

De igual modo, Ecuador es un actor estratégico para esta nueva etapa del ALBA. Sin menoscabar su acento en la cooperación autóctona y en la integración social, el pragmatismo de la presidencia de Correa permite abrir espacios de actuación en la zona de Asia-Pacífico (recientes acuerdos con Corea del Sur), que suponen igualmente áreas de actuación prioritaria para la Alianza del Pacífico.

La implicación de MERCOSUR en este nueva apuesta del ALBA determina claro una posición de mayor acercamiento hacia Brasil, país igualmente contrariado por la potenciación de la Alianza del Pacífico cómo nuevo eje de desarrollo hemisférico.

Realidades de un nuevo ciclo

Esta apuesta por la ampliación en la cooperación con PETROCARIBE, CARICOM y MERCOSUR y eventualmente hacia otras realidades de integración (UNASUR y CELAC), explicaría los resortes de actuación en esta nueva etapa para el ALBA.

La consolidación de mecanismos institucionales de integración supondría igualmente adoptar una posición de consenso común entre los mandatarios miembros, con una especie de “triunvirato” eventualmente impulsado por Maduro, Correa y el presidente boliviano Evo Morales (quién buscará la reelección presidencial a finales dse 2014), lo cual permita preservar el indudable legado de Chávez.

Pero resta calibrar ciertas perspectivas de actuación dentro de esta “nueva ALBA”. Salvo el “caso Snowden”, que implicó una grave crisis transatlántica con epicentro en el agravio europeo a Evo Morales, la Cumbre de Guayaquil escasamente abordó con mayor ímpetu otros aspectos de la política internacional que implican a miembros asociados de este organismo, como fueron los casos de la guerra en Siria y el nuevo gobierno en Irán, así como hacia otros actores estratégicos no miembros (China y Rusia) que conforman un radio de actuación primordial para la política exterior de países miembros de la ALBA como Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.

También el ALBA post-Chávez deberá acometer los nuevos escenarios electorales que se abren en la región latinoamericana entre 2014 y 2016, con especial incidencia en las elecciones presidenciales en países no miembros del ALBA pero que juegan geopolíticamente dentro de su radio de actuación (Colombia, Brasil y El Salvador en 2014; Argentina en 2015; Perú en 2016), así como de otros países miembro (presidenciales en Bolivia en 2014; legislativas en Venezuela en 2015).

Todo ello sin olvidar la influencia en el ALBA del futuro de Cuba, país fundador junto a Venezuela de este organismo en diciembre de 2004, y cuyo proceso de reformas económicas y sociales internas puede definir nuevos marcos de actuación para la isla caribeña, incluso más aperturas, con la mirada estratégica focalizada en sus conflictivas relaciones con EEUU.

Otro factor que no debe perderse de vista puede ser el eventual peso del ALBA de los Movimientos Sociales como factor de influencia política a nivel hemisférico, especialmente de cara al nuevo ciclo electoral latinoamericano.

Con todo, la perspectiva de pragmatismo necesariamente determina observar cuál será el verdadero leitmotiv del ALBA para los próximos tiempos. Sin menoscabar su razón de ser, configurada en constituirse como alternativa autóctona de integración orientada en la construcción de un mundo multipolar, multilateral y no hegemónico, El ALBA post-Chávez asume nuevas realidades que cobrarán su ritmo más bien a mediano plazo. Así y todo, el panorama del ALBA post-Chávez no deja de ilustrar determinadas incertidumbres ante los retos que implica la asunción de este nuevo ciclo.

 

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