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IGADI 16 de Novembro de 2015 Toro Hardy

El aprendiz de brujo y los cuatro eslabones del Estado Islámico

Apuntar el dedo hacia Estados Unidos en relación al problema del Estado Islámico (EIL) puede sonar a retórica "anti imperialista". Sin embargo, el frío análisis de los hechos inescapablemente asigna una responsabilidad fundamental a ese país en el surgimiento de este monstruo que hoy espanta al mundo civilizado. Una cadena de cuatro eslabones sustenta ese proceso.

Primer eslabón

            El primer eslabón se remonta al papel jugado por Washington en la guerra librada por los soviéticos en Afganistán entre 1979 y 1989. En palabras de Ahmed Rashid: “Con el activo apoyo de la CIA se quiso convertir a la yihad islámica en una guerra global musulmana contra la Unión Soviética, en la que alrededor de 35.000 musulmanes radicales provenientes de cuarenta países islámicos se unieron a la lucha en Afganistán” (“The Taliban: Exporting Extremism”, Foreign Affairs, November/December 1999). Para Estados Unidos, en efecto, el islamismo se convirtió en la barrera de contención ideal contra el comunismo, viéndose en éste a una identidad tapón contra el expansionismo soviético.

            Al centrar su mirada en el corto plazo Washington estimuló activamente la creación de una yihad islámica trasnacional, propiciando la primera gran victoria contemporánea del mundo musulmán sustentada en una guerra religiosa. Como refería Samuel Huntington: “La Guerra de Afganistán dejó tras de sí una coalición de organizaciones islámicas que busca promover el Islam contra todas las fuerzas no musulmanas. Dejó también un legado de experiencia y de guerreros experimentados y…una extensa red islámica de relaciones organizacionales y personales” (The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order, New York, 1996).

 Segundo eslabón

            El segundo eslabón comienza a materializarse a partir del momento en que la caja de Pandora abierta por Estados Unidos en Afganistán volcó sus demonios sobre ellos un 11 de septiembre de 2001. A raíz de este evento se cometieron cinco errores fundamentales. El primero fue visualizar la lucha contra el terrorismo islámico no en sus propios términos sino asimilándosela a una confrontación convencional entre estados. En lugar de enfatizarse las labores de inteligencia y la cooperación internacional, el terrorismo pasó a ser visto como extensión de estados con capacidad efectiva o potencial para apoyarlo. De esta manera se introdujo a Irak en una ecuación de la que no era parte. El segundo fue no haber contado con tropas suficientes para estabilizar la situación de ese país luego de la victoria contra Saddam, con lo cual el país se deslizó hacia la anarquía. El tercero fue no haber desarrollado planes para después de esa victoria, dentro de una evaluación realista y bien informada del marco sobre el cual se actuaba. Ello puso en marcha una dinámica de improvisaciones sustentada en el desconocimiento de las complejidades religiosas, étnicas y políticas del país. El cuarto error, producto del anterior, fue haber desbandado al ejército iraquí y despedido a los funcionaros públicos vinculados al régimen derrotado, es decir a la totalidad de éstos. El quinto error fue enfatizar la democracia de los votos en un país en el cual ello inevitablemente se traducía en el control del mismo por parte de los chiitas. Con ello se doblegó a la población sunita que durante siglos había dominado, colocándosela a merced de una mayoría chiita sedienta de revancha.  

Tercer eslabón

            El tercer eslabón cobra forma durante la guerra civil de Siria. La alienación y radicalización de los sunitas de Irak, resultante del eslabón anterior, se transformó en un extraordinario caldo de cultivo para dar forma al terrorismo que hizo explosión en Siria. En lugar de visualizarse al régimen de Assad como mal menor y como barrera de contención natural frente a dicho terrorismo, Washington insistió en la salida de aquel dentro de una ingenua óptica de democratización y conciliación nacional. De esta manera no sólo socavo hasta sus tuétanos a dicho régimen, fortaleciendo por consecuencia al islamismo radical que lo combatía, sino que en el proceso hizo causa común con algunas de las monarquías del Golfo que financiaban al extremismo sunita.

Cuarto eslabón

            El cuarto eslabón tomó forma al propiciar el cambio de régimen en Libia, dando forma a un gigantesco vacío de poder apto para ser llenado por el terrorismo islámico. Al forzar la salida de un Gadafi ya plenamente neutralizado y asimilado a Occidente, se abrieron las puertas a la más profunda incertidumbre. El Estado fracasado de allí resultante brindó un excelente espacio para la expansión del EIL fuera de su territorio primigenio en Irak y Siria. De esta manera se creó una potente base de proyección sobre otros espacios colindantes.

            Si bien Washington no puede ser responsabilizado por las realidades propias del mundo musulmán, si puede serlo por su papel de aprendiz de brujo dentro del mismo, desatando con ello tempestades que no estaba en capacidad de controlar.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais