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IGADI 24 de Febreiro de 2014 Toro Hardy

El club de los amos del mundo

 La globalización estimuló el surgimiento de una oligarquía mundial del capital, un auténtico club de los amos del mundo. El mismo desafía la esencia de la gobernabilidad democrática.

 Nunca antes las corporaciones multinacionales habían alcanzado su dimensión actual.  Tal como refería Noreena Hertz en su obra The Silent Takeover, publicada en 2001, de las cien mayores economías del mundo, cuarenta y nueve eran estados-naciones y cincuenta y uno corporaciones multinacionales. Desde entonces la balanza se ha inclinado cada vez más en la dirección de estas últimas, gracias a un proceso sistemático de megafusiones empresariales.

 Dichas mega corporaciones tienden a ser controladas con mano firme. Hace varias décadas Galbraith desarrolló su teoría de la evolución corporativa, según la cual las empresas habían pasado del liderazgo carismático de sus fundadores a aburridos directorios tecnocráticos. Ello no se corresponde a la realidad actual, donde figuras de inmensa fuerza como Warren Buffet, Larry Page, Sergey Brin, Carlos Slim, Mark Zuckerberg, Rubert Murdoch, Amancio Ortega, Larry Ellison o Bernard Arnault, dominan sin cortapisas sus emporios económicos. Ello responde al hecho, documentado por el censo 2013 de billonarios (mil millonarios) de Wealth-X y UBS, de que el 60 por ciento de éstos son “self-made men” que virtualmente crearon sus empresas de la nada.

Pero junto al valor de las empresas que controlan se encuentra la fortuna personal de estas figuras. De acuerdo a la encuesta de Wealth-X y de la banca UBS, antes citada, la fortuna combinada de las 2.170 personas que hoy pasan de los mil millones de dólares es de 6.5 millón de millones de dólares. Es decir, más que el PIB de Japón o más que los de Alemania y Francia juntos.

Esos grandes líderes corporativos no sólo suelen compartir un mismo código de valores sino que tienden a reunirse frecuentemente. Sus valores son aquellos que dan sustento a la globalización. Los espacios donde se reúnen van desde los de naturaleza abierta como el Foro Económico Mundial hasta agrupaciones reservadas como Bilderberg, la Comisión Trilateral, el Grupo de los Cincuenta o el Chairman Club. Según Bruno Cardeñosa: “Estos grupos pretenden gestar una red de mando que no se vea afectada por el `capricho´ de turno de los ciudadanos” (El Gobierno Invisible, Madrid, 2007).

Lo anterior se traduce en una conectividad que ha llegado a ser cuantificada económicamente. En palabras de Tyler Durden: “De acuerdo a (la publicación) Wealth-X las conexiones entre los billonarios del mundo equivale a un círculo social cuyo valor combinado asciende a 33 billones (millón de millones) de dólares, es decir, el doble que el PIB de Estados Unidos” (“The World 2170 billionaires control $33 trillion in net worth”, Zero Hedge, 23 November, 2013).

La conjunción entre el gigantesco poder económico de las grandes corporaciones, el liderazgo carismático sobre las mismas y la fortuna personal de quienes las controlan, la presencia de un código de valores compartidos, la existencia de un marco asociativo común y la conectividad derivada de ese marco asociativo, se traducen un poder inconmensurable. No es exagerado hablar, por tanto, de un “club de los amos del mundo”. Cualquier estado que se enfrente a los intereses de éste, debe estar dispuesto a asumir un costo alto, desmesuradamente alto. No en balde pocos se arriesgan a hacerlo.  Ello ha conducido a lo que el historiador John Pocock ha calificado como la subordinación de las comunidades soberanas de ciudadanos al poder del dinero.

Curiosamente algunos de estos amos han decido descender del Olimpo para medirse con los simples mortales. Ello ha implicado abandonar el mundo de la opacidad para someterse al conteo de los votos y al escrutinio público. Entre éstos cabría citar a Silvio Berlusconi en Italia, a Thaksin Shinawatra en Tailandia, a Rafic Hariri en Líbano o a Sebastián Piñera en Chile, quienes cedieron a la tentación del poder político. A juzgar por los costos que ello le implicó a Hariri y en menor medida a Shinawatra y a Berlusconi, cabría preguntarse si tiene algún sentido desdeñar los hilos ocultos y el poder gremial del “club”. Esto es algo que sin duda no se le ocurre a esa mayoría que tras bambalinas prefiere decidir sobre lo que debe decidirse y financiar las carreras políticas de quienes deben dar la batalla por ellos.

En definitiva, el club referido controla parte fundamental de la ecuación política y económica global mientras vende la ilusión democrática a las masas del mundo.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais