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IGADI 22 de Outubro de 2013 Toro Hardy

El declive del partido Republicano

Entre 1860 y 1932 el partido Republicano resultó virtualmente hegemónico en Estados Unidos. Excepción hecha de las presidencias demócratas de Cleveland y Wilson, los republicanos controlaron la Casa Blanca durante 58 de esos 72 años. A partir de 1932, y hasta ahora, la contabilidad se equilibra con una ligera ventaja para los republicanos. Los indicios parecen señalar, sin embargo, que los demócratas van camino a transformarse en partido claramente preponderante ante el declive de los republicanos. 

       Ya las elecciones presidenciales pasadas pusieron evidencia el drama de estos últimos. En primer lugar su mensaje cada vez más radical amenazó con transformarlos en un partido de regiones y no en un partido nacional. Dicho mensaje les permitió aumentar su votación en los estados fuertemente conservadores a expensas de bloquearles el triunfo en aquellos que, al oscilar en una u otra dirección, definen la contienda. En segundo lugar su extremismo en materia de costumbres sociales e inmigración tendió a identificarse con un sector específico de la población a expensas de enfrentar a muchos otros. El suyo fue un voto mayoritariamente blanco, preferentemente masculino y mayor de 45 años que antagonizó de manera importante a mujeres, jóvenes, homosexuales, hispanos, negros y asiáticos. Cada uno de los grupos a los que su mensaje alejó tendió a transformarse en voto cautivo de la contraparte y se integró a una poderosa coalición electoral de signo contrario. En tercer lugar su agenda política fue a contracorriente de los sectores poblacionales de más rápido crecimiento, básicamente las minorías hispanas, negras y asiáticas cuyas tasas de nacimiento combinadas superaron ya a las de raza blanca. Todo lo anterior amenazaba con convertir a los republicanos en un partido estructuralmente minoritario.

            La reciente contienda con la Casa Blanca para frustrar la entrada en vigor de la Ley de Salud Obama, asumida al costo de paralizar la Administración Federal y de amenazar al país con la insolvencia, exhibe la profundidad de la crisis republicana. De un lado muestra como una parte importante de sus legisladores depende de circuitos electorales cada vez más radicalizados, lo cual los obliga a asumir posturas extremas a contracorriente de las prevalecientes a nivel nacional. Del otro hace inevitable una contienda desgarradora por el control del partido entre los sectores radicalizados y tradicionales. Estos últimos, identificados con el mundo de los negocios y sensibles a la exigencia pragmática de ganar elecciones, no se muestran dispuestos a sacrificar al partido en el altar de ideologías cerradas.

            Dos conclusiones derivan de lo anterior. Los republicanos consolidan su posición de agrupación estructuralmente minoritaria: partido de regiones a expensas de su vocación nacional y partido de ideas no negociables a expensas de su capacidad para ganar elecciones. A la vez se transforman en espacio de contienda existencial entre dos maneras de entender la política. Ello les garantiza una lucha interna sin cuartel que resultará tanto más grave cuanto ninguna de las dos partes pareciera poder prevalecer claramente sobre la otra.

           En síntesis, las bases para el declive inevitable y el consiguiente emerger de los demócratas como partido preponderante.    

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