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IGADI 13 de Outubro de 2014 Toro Hardy

El EIIL y el conflicto sunita-chiita

El Medio Oriente confronta dos conflictos básicos y paralelos. Uno entre chiitas y sunitas. Otro entre estados y organizaciones islamistas para quienes dichos estados constituyen una afrenta al Corán. Durante varios años dentro de las monarquías del Golfo, con particular referencia a dos de ellas, se consideró que el conflicto fundamental era el primero y en tal sentido se buscó instrumentalizar a las organizaciones islamistas para enfrentar a los chiitas y a sus aliados, entre los que destaca el régimen de Assad en Siria.  La impresionante expansión de EIIL (Estado Islámico de Irak  y del Levante) alteró radicalmente la ecuación anterior. Al proclamar un Califato Islámico esta organización se transformó en enemigo existencial de los estados de la región y, en particular, de las monarquías del Golfo. En efecto, un Califato no está sujeto a fronteras y su objetivo es el de expandir sus dominios y la pureza de su fe tan lejos como la fuerza de sus armas lo permita. No en balde las monarquías del Golfo han hecho causa común con Washington en una gran coalición internacional en contra de EIIL. Un poco de contexto es necesario.

La expansión chiita

            Bajo el supuesto no comprobado de que Irak buscaba dotarse de armamento nuclear y de que ello colocaría el mismo a disposición de Al Qaeda, se introdujo a este país en una ecuación de la que no era parte. Esto implicó pasar por alto la histórica enemistad entre el islamismo y el partido Baath en el poder, que hacía tan poco plausible la asociación entre Al Qaeda y el Estado iraquí. A lo gratuito de la invasión a Irak vino a sumarse una cadena monumental de errores.

 El primero fue haber visualizado a la misma bajo la óptica de la comunidad iraquí en el exilio, lo que proyectó un mundo de fantasías sobre la actuación de Washington. El segundo fue asumir una aventura de tal magnitud en medio de un desconocimiento flagrante de las complejidades religiosas y étnicas que se enfrentaban. El tercero fue acabar con el ejército iraquí, lanzando a la calle a cientos de miles de militares cuyo entrenamiento y resentimiento sirvieron para alimentar a la insurgencia. El cuarto fue enfatizar la democracia de los votos en un país en el cual ello inevitable significaba entregar el poder a los chiitas y convertir a los sunitas, hasta entonces gobernantes, en minoría sedienta de revancha.

            Las consecuencias de lo anterior alteraron por completo la faz del Medio Oriente. Se sacó a Irak de la esfera del poder sunita para colocarlo bajo la esfera de influencia iraní; se modificó la correlación regional de fuerzas entre chiitas y sunitas, echando por tierra los mecanismos de seguridad existentes; se energizó política, económica y culturalmente a los chiitas a expensas de la angustia generada entre los sunitas; se promovió la vulnerabilidad política de los regímenes sunitas con importantes minorías chiitas. Baste citar, a título de ejemplo, que desde 2003 cientos de miles de peregrinos de países de la región han visitado a Najab y a otras ciudades santas chiitas localizadas en Irak, dando nuevo ímpetu a una identidad político-religiosa.

           El orden sunita liderado por Arabia Saudita e integrado por los estados del Golfo, Jordania y de manera más laxa Egipto (y manteniendo a la vez una cautelosa alianza con Turquía), pasó así a enfrentarse a un archipiélago de poder chiita en ascenso liderado por Irán. Este último abarcaba a Irak y Líbano e incluía a las milicias de Hézbola en Líbano y Hamas en Gaza (manteniendo una estrecha alianza con la Siria de Assad). Desde luego lo más preocupante para los regímenes sunitas era el porcentaje de población chiita al interior de sus propios estados: 75% en Bahréin, 30% en Kuwait, 16% en Qatar, 10% en Arabia Saudita y 6% en Emiratos Árabes Unidos.

            No en balde Siria se convirtió en la oportunidad perfecta para que ambos bandos midieran sus fuerzas, dando lugar a una suerte de guerra civil española en el Medio Oriente. Fue dentro de este contexto que el islamismo radical se convirtió en un instrumento útil dentro de la confrontación sunita-chiita. Ello hasta que la emergencia del monstruo del EIIL alarmó a chiitas y a sunitas por igual, generando una convergencia disímil de fuerzas con el objetivo de poner freno a aquel.

Enfrentando a EIIL

            Es de esta manera que las monarquías del Golfo, y otros estados de la región que apoyaban la caída de Assad en Siria, se han integrado a una coalición de más de cuarenta países liderada por Estados Unidos que busca poner fin a la amenaza de EIIL. Aunque como precondición de esta coalición se sacó del poder a Al-Maliki en Irak y no se incluyó en la misma a Irán y al gobierno de Assad, lo cierto es que en la práctica Arabia Saudita y Hézbola, Qatar y las milicias chiitas de Irak, Emiratos Árabes y Assad estarán en el mismo bote, luchando contra el mismo enemigo.

            A pesar del temor a EIIL, el compromiso de los gobiernos sunitas que integran la coalición anterior, y de manera muy particular el de las monarquías del Golfo, se verá limitado por varias razones. En primer lugar por la desconfianza hacia Washington. La misma deriva entre otras consideraciones de la mala experiencia derivada de la invasión a Irak, de su abandono a Mubarak y de su aceptación al gobierno de la Hermandad Musulmana en Egipto.   En segundo lugar por la popularidad que genera la causa de EIIL en sectores importantes de su población (con especial referencia a Arabia Saudita) y por la dificultad de poder explicar a ésta el porqué de un esfuerzo cuyos mayores beneficiarios son los chiitas de Irak y el régimen de Assad.  En tercer lugar por la imposibilidad de articular una coalición estable, a partir del laberinto de enemistades encontradas que confluye en la oposición a EIIL.

            Así las cosas, las botas en tierra que hacen falta para enfrentar a EIIL difícilmente saldrán de esa parte de la región, tal como es la aspiración de Washington.

 

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