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IGADI 23 de Novembro de 2015 Toro Hardy

El Estado Islámico y el vientre bajo europeo

            Todavía en septiembre de este año el portavoz del Estado Islámico Muhammad al-Adnani hacía un llamado a los musulmanes de Occidente “a encontrar un infiel y aplastar su cabeza con una roca, a envenenarlo, a pasarle por encima con el coche, a destruir sus cosechas” (citado por Graeme Wood, “What is the Islamic State?”, The Atlantic, March 2015). Es decir, la estrategia de apelar a lobos solitarios en el mundo occidental para que hicieran su contribución simbólica al Islam con una acción individual de terrorismo.

            A partir de noviembre de 2015 dicha estrategia cambió. El ataque perpetrado el 13 de noviembre en París por un grupo de siete miembros que de manera coordinada atacó a objetivos diversos, dentro de una acción que aparentemente fue organizada en Siria y llevada a cabo por una célula terrorista localizada en Bélgica, evidenció el pase a una nueva etapa. Las 128 víctimas fatales de la capital francesa habían sido precedidas pocos días antes por los 224 muertos resultantes de la voladura de un avión ruso en el Sinaí y por los 44 en el distrito de Bourj al Barajneh  en Líbano. Más aún, el 21 y 22 de noviembre la capital belga se vio paralizada y tomada militarmente ante la inminencia de un ataque terrorista mayor.

Los límites del EIIL

            ¿Qué razones se encontrarían detrás de este cambio de estrategia hacia el terrorismo en gran escala? Según el académico Oliver Roy, autor de un reconocido libro sobre la expansión del Islam, la razón se encontraría en el hecho de que el EIIL llegó se topó con sus límites geográficos estratégicos y no tiene capacidad de seguir expandiéndose territorialmente (“The strategic limits of ISIS”, International New York Times, November 17, 2015). En otras palabras, estancado en su capacidad de crecimiento territorial, el EIIL busca proyectarse ahora por vía del terrorismo globalizado.

            El argumento de Roy cobra sentido cuando focalizamos nuestra atención en la noción de califato. En efecto, éste se entiende como una entidad en expansión continua tal como ocurrió en el primer siglo de la era musulmana caracterizado por las guerras de conquista. De hecho, cuando el 5 de julio de 2014 Abu Bakr al-Baghdadi subió al púlpito de la Gran Mezquita de la recién tomada ciudad de Mosul y decretó la creación del primer califato en generaciones, abrió las puertas a la esperanza yihadista. El resultado de ello fue la afluencia sin precedentes de reclutas a su causa, provenientes del mundo entero.

            En palabras de Graeme Wood antes citado: “Bin Laden veía al terrorismo como prólogo a un califato, sin esperar ver la materialización de éste durante su vida. Su organización era flexible, operando como una red de células autónomas geográficamente difusa. El Estado Islámico, por el contrario, requiere de un territorio para mantener su legitimidad”. A ello cabría agregar que ese territorio debe encontrarse en expansión continua. No obstante como refería Roy, el EIIL pareciera verse encasillado en sus posibilidades de crecimiento.

          La misma razón que le permitió tomar con tanta facilidad al triángulo sunita en Irak, la poca disposición de los soldados chiitas a morir por un espacio que no era el propio, se vuelve ahora en muro de hierro cuando los chiitas defienden la tierra ancestral. Esto último ocurre también en relación a los kurdos en el Norte de Irak o de los alawitas, ahora respaldados por los rusos, en Siria. Tampoco los jordanos, unidos como nación luego de la horrible ejecución de uno de sus pilotos, permitirán el paso de los yihadistas a su territorio y otro tanto ocurre con Líbano donde se encuentra el muro de contención de Hezbbollah.

          Si todo lo que al-Baghdadi puede ofrecer a los yihadistas del mundo es una franja de terreno en territorios sunitas de Irak y Siria, el atractivo  de su causa pudiera llegar a verse comprometido. De allí la posible explicación de porqué estaría echando mano a la vieja estrategia de Bin Laden. A fin de cuentas, aquella provocó dos largas guerras en Irak y Afganistán. Nada daría mayor legitimidad al EIIL ni popularidad a su causa que la presencia de tropas occidentales sobre el terreno. Ello, por lo demás, se enmarcaría dentro de la visión apocalíptica que suscribe dicha agrupación.

El vientre bajo

          Desde luego, la manera más fácil de generar la deseada respuesta de Occidente es golpeando en su vientre bajo: Europa. La vulnerabilidad de esta última no podría resultar mayor. Tres fenómenos convergen para hacer de éste un continente ideal a tales fines: el Acuerdo de Shengen; la desafección y alienación de multitud de musulmanes allí nacidos y la oleada migratoria siria que ahora los arropa.  En virtud de lo primero los yihadistas pueden circular libremente y sin control alguno por veintidós países europeos. En base a lo segundo pueden apelar a una gran masa humana sobre lugar. En función de lo tercero pueden hacer penetrar de manera fácil a multitud de yihadistas encubiertos.

        Todo hace suponer que París fue el preludio de un largo estremecimiento terrorista.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais