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La Vanguardia 6 de Xaneiro de 2014 Ríos

El extravío de Japón

La apuesta de Tokio por elevar la tensión en las relaciones bilaterales con China, claramente de manifiesto desde septiembre de 2012 con la “compra” de parte de las islas Diaoyu/Senkaku y respondida por China con gestos como la habilitación de una zona de identificación de defensa aérea, es una tendencia suicida, con un no poco probable efecto boomerang, y podría llegar a ser dramática para una Asia que no se encuentra en 1895, ni en 1931 ni en 1937. Los tiempos son otros.

Pese a que en su primer mandato (2006-2007), Shinzo Abe protagonizó el deshielo en las relaciones bilaterales, igualmente tensas con su predecesor Junichiro Koizumi, y que durante el controvertido e inestable mandato del Partido Democrático se ensayó un modelo constructivo de relaciones, el robustecimiento de los liberal demócratas  en Japón parece depender ahora del nivel de tensión con China. Dicho escenario sirve argumentos internos para justificar las polémicas transformaciones que propone el gobierno de Abe, incluyendo la modificación de la Constitución y el repunte de la militarización, y también añade razones más visibles a la estrategia de EEUU para reforzar su presencia “arbitral” en la región y edulcorar su hipotético propósito de contención de China, en medio de dudas, vigilancias y sospechas mutuas que a duras penas van cediendo.

Cuesta creer que los recientes pasos de Abe no se hayan dado con el conocimiento previo y cierta complicidad de EEUU, pero cabe interpretar también que estas medidas sean una muestra de la creciente voluntad de independencia de Tokio en relación a Washington. Lo cual no sería menos preocupante en función del rumbo elegido. En un ejercicio ciertamente difícil, China trata de atraer a EEUU a sus tesis y abrir brecha en las relaciones con Tokio, confiando en que la Casa Blanca apueste sinceramente por recrear esa “relación de nuevo tipo entre potencias” por la que apostaron Xi y Obama y que pueda contener a su aliado, al igual que ha venido haciendo en las últimas décadas. Sea como fuere, al paso que vamos, en este marco de dobles juegos que alternan la sorpresa, el disimulo y el desconcierto, las posibilidades de que más pronto que tarde se produzca una escaramuza en aguas del Mar de China oriental son cada vez mayores. Y aunque no se pueda descartar del todo, no es probable que un incidente por el control de las islas Diaoyu/Senkaku, pongamos por caso, lleve a EEUU a implicarse directamente y a gran escala en un conflicto con China, lo cual, de darse el caso, evidenciaría ante los países aliados y los dubitativos de la zona cuánto pueden esperar del Pentágono a pesar de sus promesas.

En cualquier caso, la de la fuerza no es la mejor opción para China, aunque los partidarios de una acción relámpago, para la cual en teoría se estarían preparando concienzudamente los militares chinos, podrían ganar adeptos si el pulso se enroca y agrava. Pero los impactos en materia de imagen regional e internacional no serían menores (aunque algunos podrían pensar que asumibles) y pondrían de nuevo en la picota las bondades de su emergencia, esencia de su estrategia de poder blando, por más que la razón le asista total o parcialmente en uno u otro contencioso, ya sea en lo territorial o en el insuficiente reconocimiento por parte de Japón de sus responsabilidades históricas. Lo importante, como bien sabemos, no es solo tenerla sino que te la den. Y como decía Sun Zi, apóstol como Confucio de su charme cultural, es mejor ganar sin luchar, aunque requiera más tiempo y la aplicación prioritaria de las capacidades seductoras.

Frente a la estrategia de la confrontación, el camino más sensato y conveniente para los países asiáticos en su conjunto, ahora que la fuerza de su economía irrumpe globalmente con un énfasis reconocible, es la integración continental, que debe tener en la cooperación sino-japonesa un fundamento esencial. Cierto que dicho eje no es fácil de construir como tampoco la relación de China con EEUU o con Rusia o India, todas ellas lastradas por luces y sombras. Pero es la propuesta que los dirigentes chinos han primado y reiterado formalmente a los países vecinos a lo largo de 2013, estimulando la cooperación económica y comercial, la conectividad y el desarrollo de las infraestructuras, ensanchando la esfera de los intereses comunes. Una propuesta tan lógica no es naturalmente desinteresada y tiene el “inconveniente” de favorecer en paralelo la afirmación del poder chino en toda la región en virtud de unas dimensiones naturales y unas capacidades añadidas que no pueden ignorarse, algo que Japón intentaría evitar precisamente con su política de confrontación, abriendo camino a la conformación de bloques entre los afines y los reticentes con China que debiera ofrecer garantías para evitarlo.

El problema es que la estrategia actual de Tokio puede resultar a la postre un esfuerzo inútil, al que solo cabría concederle una oportunidad a corto plazo si la situación en China se complica internamente y fracasa el nuevo impulso reformista. Algo que a día de hoy parece poco probable.

 

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