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IGADI 10 de Febreiro de 2014 Toro Hardy

El inverosímil retorno a las sociedades patriarcales

 Las sociedades patriarcales constituyeron las primeras expresiones de vida política organizada. Según Fernando Savater: “Las leyes o normas que regían los diversos aspectos de la existencia colectiva se apoyaban en la tradición, la leyenda, el mito…El mayor argumento para respetar una norma era `siempre se ha hecho así´…La norma en cuestión había nacido como intento de resolver algún problema concreto del grupo y luego, para que nadie la discutiera, se aseguraba que provenía de la más nebulosa antigüedad…La lógica primitiva creía que los padres de los padres de los padres debieron de ser más fuertes y sabios. Lo que ellos habían considerado como bueno, quizá porque se lo había revelado alguna divinidad, no podían discutirlo los individuos presentes mucho más frágiles y lamentablemente humanos” (Política para Amador, Barcelona, 2008). Eran sociedades en donde reglas fundamentales de comportamiento social como el “no matarás” adquirían  sustento cuando su origen era atribuido a la palabra revelada.

Frente a estas sociedades, la tradición greco-romana sentó cauces racionales. Para los atenienses la fuente de toda norma era el propio ser humano. Más concretamente la asamblea de ciudadanos. Dado su origen la norma valía tanto como su utilidad comprobada para la vida social, motivo por el cual ésta podía ser modificada o abolida si la mayoría así lo juzgaba pertinente. La “polis”, es decir la comunidad de ciudadanos, no era gobernada por la palabra revelada sino por la capacidad de razonar y discutir de sus integrantes. A este aporte fundamental de los griegos, vino a sumársele otro no menos importante proveniente de los romanos: el derecho. Ello implicaba la existencia de normas precisas y suficientemente divulgadas que resultaban el producto de la razón y del sentido común.

Quizás uno de los hechos más curiosos de nuestro tiempo haya sido que el tránsito de los siglos XX al XXI estuvo signado por el reemerger de las sociedades patriarcales. Cuando la herencia greco-romana parecía estar consolidada, se vio surgir virtualmente de la nada un impulso telúrico que provenía de distintas direcciones pero que guardaba un denominador común: el despuntar de la tradición y de la palabra revelada como fuente de legitimidad política.

En palabras de Karen Armstrong: “El asalto fundamentalista tomó a los secularistas por sorpresa. Estos habían asumido que la religión nunca volvería a jugar un papel relevante en la política, pero durante el período final de los setenta se  produjo una explosión militante de fe...En lugar de recurrir a alguna de las ideologías modernas, estos tradicionalistas citaban a las escrituras, así como a leyes y principios arcaicos que resultaban por entero ajenos al discurso político del siglo XX” (The Battle for God, London, 2000).

En Israel, el mundo islámico y Estados Unidos, constatamos el retorno de la sociedad patriarcal al mundo de la política.  De nuevo resulta que “los individuos presentes mucho más frágiles y lamentablemente humanos”, deben respetar en el campo de la política la palabra revelada a los ancestros de sus ancestros. Es el inverosímil retorno a los primeros tiempos de la vida social organizada.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais