Distribuir

Distribuir contido
IGADI 20 de Febreiro de 2017 Toro Hardy

El nuevo proteccionismo estadounidense

volvo-fabrica-eeuu-211.jpg

            Según Paul Krugman: “El colapso social de la clase trabajadora blanca es mortalmente serio…La mortalidad entre los estadounidenses de raza blanca y edad media, que había venido declinando por generaciones, comenzó a subir de nuevo a partir del 2000. Este incremento en la tasa de mortalidad se refleja en importante medida por un aumento en los suicidios, el alcoholismo y el abuso de opioides prescritos…Algo está realmente mal en el país de tierra adentro” (“Republican elite’s reign of disdain”, The International New York Times, March 19-20, 2016).

            Efectivamente, “el país de tierra adentro” está en crisis profunda ante la contracción del empleo fabril en Estados Unidos. Al centrar su atención y su mensaje en el voto obrero blanco, Trump logró que la matemática del Colegio Electoral le abriera las puertas de la Casa Blanca. Durante su campaña prometió dejar sin efecto la asociación Tras Pacífica y renegocias el TLCAN y otros “terribles” acuerdos comerciales. Más aún amenazó con sacar a su país de la Organización Mundial de Comercio. Desde la presidencia está haciendo realidad ese mensaje.

            Un conjunto de consideraciones parecieran señalar, sin embargo, que el proteccionismo no es la respuesta al problema planteado.

            Primero. Desoír la lógica de las ventajas económicas comparativas es siempre riesgoso. En función de las mismas cada país aporta aquel segmento del proceso productivo donde es más fuerte, cediendo a otros las áreas donde no lo es. Es la esencia de las llamadas cadenas de suministro. Bajo esta óptica Estados Unidos es fuerte en áreas como la innovación tecnológica, la conceptualización general del proceso productivo y el mercadeo internacional, resultando débil en la manufactura donde el costo de su mano de obra es elevado. Si en función de consideraciones políticas el proceso de manufactura se concentrase en Estados Unidos, el resultado sería un producto final más caro. Ello conllevaría al encarecimiento significativo del costo de vida para el consumidor estadounidense, incluyendo allí a los obreros. Pero a la vez a la pérdida de competitividad internacional para los productos estadounidenses, pues el hecho de que este país se retire de las cadenas globales de suministro no significa que sus competidores también lo hagan. 

            Segundo. Proteccionismo invita a proteccionismo. La evidencia histórica muestra que las guerras comerciales conducen a un empeoramiento económico de las partes involucradas. En 1930, en ocasión de la depresión económica, Estados Unidos aprobó la ley Hawley-Smoot que imponía tarifas a 2000 productos importados. Como resultado de la guerra de tarifas el comercio mundial decreció en 66% hasta 1934. El desempleo estadounidense que en 1930 había sido de 8% alcanzó a 25% durante el período 1932-33.

            Tercero. Si bien es cierto que el porcentaje de empleo fabril en Estados Unidos se ha contraído significativamente, también lo es el que desde 1990 la fuerza laboral no agrícola ha aumentado en 33% (“Robots are taking jobs…”, Harvard Gazette, February 15, 2017). La mayoría del nuevo empleo creado ha ido al sector de los servicios.

            Cuarto. Un estudio de 2015 publicado por Ball State University señala que entre 2000 y 2010 el 88% de los empleos manufactureros perdidos en Estados Unidos fueron atribuibles a la automatización y sólo un 13,4% al comercio internacional. De acuerdo a un informe del Mckinsey Global Institute de febrero 2017, la automatización en su nivel actual estaría en capacidad de absorber 1,2 millardos de empleos. La mitad de ellos en sólo cuatro países: Estados Unidos, China, Japón e India. Lo anterior conlleva a dos consideraciones. La tecnología y no el comercio es la responsable del grueso de los empleos fabriles perdidos. Aún cuando Estados Unidos enfatizara la preservación de su empleo fabril ello no garantiza que otros países también lo hiciesen con lo cual, al igual que en el primer punto, sus productos perderían competitividad internacional.

            Quinto. Si es en los servicios y no en la manufactura donde los empleos están siendo creados y si el desplazamiento manufacturero es producto de la tecnología, lo lógico sería enfatizar la reconversión laboral. Ello implicaría un énfasis en los procesos educativos y de entrenamiento laboral. Un informe de la Casa Blanca del 2016 reconoce, sin embargo, que los sistemas educativos y de entrenamiento laboral en Estados Unidos resultan manifiestamente inadecuados para hacer frente a los retos que confronta el empleo.

            Mantener en respirador artificial al empleo fabril estadounidense, a expensas de la pérdida de competitividad de su industria, del encarecimiento de su costo de vida y de las represalias comerciales, no es la respuesta. Esta pareciera encontrarse, por el contrario, en la educación y en el entrenamiento adecuado para amortiguar el impacto tecnológico y propiciar la reconversión laboral. Y allí queda un inmenso trabajo por hacer, pues la crisis del sistema educativo estadounidense es casi tan grande como la de su industria manufacturera.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais