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Revista ZETA (Venezuela) 8 de Abril de 2015 Mansilla Blanco

El reequilibrio post-Primavera árabe

Membros da comunidade xiíta manifestándose na capital iemenita Saná en favor das milicias houthíes

El acuerdo entre Irán y el G5+1 alcanzado la semana pasada en Lausana (Suiza) para monitorear el programa nuclear iraní por un período de 25 años a cambio del final de las sanciones occidentales sobre el país persa, ocurre en paralelo a la espiral de violencia que vive Yemen desde mediados de febrero, potenciada tras la ofensiva militar contra las milicias houthíes liderada por Arabia Saudita, y el avance del Estado Islámico a las puertas de Damasco. Tomando en cuenta que el conflicto yemenita supone un pulso entre Arabia Saudita e Irán, y que las negociaciones nucleares con Teherán parecen augurar una posible apertura con Occidente, el panorama regional parece anunciar una correlación de fuerzas orientadas a reconfigurar el equilibrio estratégico entre el Golfo Pérsico y Oriente Medio, desmontando progresivamente las bases que sustentaron la Primavera árabe a favor de un nuevo status quo. 

Bajo esta perspectiva, el mes de abril viene siendo especialmente significativo a la hora de descifrar los cambios geopolíticos que a mediano plazo podrían transcender en Oriente Próximo, el Golfo Pérsico e incluso el Cuerno de África. En perspectiva, lo que se anuncia es la etapa definitiva de la post-Primavera árabe, donde las reacciones a los cambios políticos iniciados en 2011 parecen ser la tónica dominante.

Comencemos por el inesperado avance del Estado Islámico (EI) a las puertas de Damasco, con la ocupación la semana pasada de los campos de refugiados palestinos. Este evidente golpe de efecto del yihadismo salafista que encarna el EI parece presagiar horas complejas para uno de sus más odiados enemigos, el régimen sirio de Bashar al Asad. Curiosamente,  el régimen sirio es un aliado estratégico de Irán en la región el cual, irónicamente, si bien ha sido un tradicional incordio para Occidente y otros países árabes, el temor al avance del EI ha cohesionado tácitamente ciertos intereses internos y externos en seguir manteniendo al régimen sirio en pie.

El segundo aspecto es la intensificación de la espiral de violencia que comenzó en Yemen a mediados de febrero, y que ha llevado a las milicias houthíes, de confesión chiíta y aparentemente aliadas de Teherán, a desalojar al gobierno del presidente sunnita Abd al-Rahman Rabbuh al-Mansur al-Hadi, aliado de Arabia Saudita y, por tanto, tácitamente de Occidente. El gobierno de al-Hadi era el encargado de potenciar la transición política yemenita tras la caída en 2012 del autócrata Abdullah Saleh.

Con 500 muertos a cuestas en las últimas semanas, según agencias informativas, y una intervención militar saudita con apoyo de otros países islámicos, entre los que destacan Marruecos, Turquía, Jordania, Egipto y Pakistán, así como el apoyo del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), el actual conflicto yemenita ilustraría eventualmente una reconfiguración de nuevos equilibrios de poder enmarcadas en una etapa de post-Primavera árabe forjada por la radicalización de los conflictos regionales.

El entorno radicalizado

Esta radicalización parece presagiar una contención reaccionaria a los cambios políticos iniciados en el mundo árabe en 2011, así como un doble pulso dirigido precisamente hacia Irán, objeto de atención del presidente estadounidense Barack Obama para propiciar una histórica apertura que le permita dejar un legado en la región.

Resulta por tanto evidente que el nuevo mapa político regional está confeccionándose a cámara lenta, tomando en cuenta el alcance regional del conflicto yemenita, el avance del Estado Islámico entre Siria e Irak, la deriva derechista en Israel tras la reelección de Benjamín Netanyahu y los recientes atentados yihadistas en Túnez y la universidad en Kenia (con 175 muertos), este último perpetrado por la milicia somalí al Shabab, franquicia de Al Qaeda en el Cuerno de África.

En todo este escenario conflictivo destaca, por tanto, el histórico avance de las negociaciones nucleares entre Irán y el G5+1, alcanzado el pasado 2 de abril en Lausana (Suiza). Entre otras disposiciones, Teherán se compromete a reducir la producción de uranio enriquecido y a permitir la entrada de inspectores nucleares de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), a cambio del final de las sanciones internacionales que pesan sobre el país persa desde 2003.

En el fondo de este acuerdo está la posibilidad de que el mismo abra definitivamente la puerta a la esperada apertura de relaciones entre EEUU e Irán, potenciada desde finales de 2013 por Obama y su homólogo iraní Hassan Rouhaní. La aceptación iraní del plan acordado por el G5+1 implicaría preventivamente un tácito acuerdo del mismo por parte de China y Rusia, dos aliados estratégicos de Teherán.

El laberinto yemení

Con todo, el conflicto yemenita está abordando una perspectiva confusa para Teherán. El mismo pareciera abrir una espiral de confrontación con Irán por parte de Arabia Saudita y las petromonarquías del Golfo Pérsico, para evitar que Teherán gane posiciones en Yemen (y por tanto en un paso estratégico comercial, energético y militar como es el Golfo de Adén y el Océano índico), a través de su presunto apoyo a las milicias houthíes.

En el conflicto yemenita, debe destacarse que las milicias houthíes tomaron la capital Saná y puntos estratégicos hacia el Golfo de Adén, enviando al presidente al-Hadi al exilio saudita. Desde la capital saudita Riyad, al Hadi regresó a las regiones controladas por fuerzas sunnitas opuestas a los houthíes, toda vez Arabia Saudita inició su intervención militar en Yemen a través de bombardeos y del apoyo de países musulmanes y del CCG.

Con anterioridad, una vez ocupada la capital Saná a mediados de febrero, los houthíes prometieron la disolución del Parlamento, la conformación de una Asamblea provisional y un Consejo presidencial de cinco miembros que gobernaría por dos años. Este plan fue rechazado por las tribus sunnitas y los líderes del Sur yemenita, intensificando así el conflicto. En la actualidad, los houthíes podrían alcanzar los 100.000 militantes.

La perspectiva de guerra civil en Yemen está prácticamente afianzada, recreando así el secular conflicto islámico entre las comunidades sunnitas y chiítas.En el contexto del conflicto actual, el depuesto presidente al-Hadi posee el apoyo de diversas fuerzas de seguridad, principalmente sunnitas, como el partido Islah, la milicia Comité de Resistencia Popular y de varias tribus locales, principalmente de las comunidades sunnitas Shafais, mayoritarias en el centro, sur y occidente.

A nivel exterior, al-Hadi alberga el apoyo saudita, así como de la coalición árabe liderada por Riyad en el contexto de la CCG. En este sentido, y en el cometido de analizar el equilibrio de fuerzas en este conflicto, la dependencia de al-Hadi del apoyo saudita y de sus aliados árabes (cuya base de operaciones se trasladó de Saná a Adén) es aún más estratégico que, por ejemplo, el caso de los houthíes con respecto a Teherán.

Tras la toma de Adén por los houthíes, Hadi instó a Arabia Saudita y los países del CCG a atacar militarmente las posiciones de sus rivales. En este sentido, Riyad estableció una red de alianzas en apoyo a al-Hadi, contando con la inédita participación de EEUU, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar, Kuwait, Egipto, Jordania, Sudán, Pakistán, Marruecos y Turquía, estableciendo así una perspectiva de definitiva regionalización del conflicto yemenita.

Por último, no se debe olvidar un actor fuertemente militante, la red Al Qaeda en la Península Arábiga, principalmente enrolada bajo el nombre de Ansar ral-Sharia, y cuya participación confirma el estado de guerra civil en Yemen, con participación exterior.  Su lucha va dirigida tanto contra los houthíes como contra los partidarios del presidente al-Hadi, con el cual sugiere una guerra paralela igualmente establecida contra los principales apoyos exteriores, siendo estos Arabia Saudita e Irán.

Con anterioridad, Al Qaeda había luchado contra el régimen de Saleh, así como ansiaba expandir su radio de actuación en la deposición de los regímenes monárquicos regionales, en particular Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos.

Pero los objetivos de Al Qaeda parecen ser de mayor alcance regional. La súbita aparición y el éxito causado por el Estado Islámico entre Siria e Irak como referente de una nueva militancia y capacidad estratégica para difundir el yihadismo salafista a nivel global, dejaba a Al Qaeda excluida, sin capacidad e iniciativa, muy al margen de este nuevo contexto.

En el caso yemenita, el Estado Islámico reclamó su presencia a través de células locales activadas a partir de noviembre de 2014, y que provocaron importantes atentados terroristas con decenas de víctimas civiles. Por tanto, atizar un conflicto claro sectario como el de Yemen, donde la red yihadista posee bases operativas de notable alcance hacia la península arábiga y el Cuerno de África, le permitiría a Al Qaeda recobrar protagonismo perdido. No se debe olvidar el factor simbólico que persiste en los orígenes yemenitas del desaparecido Osama bin Laden, particularmente en determinados clanes y tribus yemenitas.

El reequilibrio estratégico

Siendo probablemente el país más pobre de la región, Yemen posee una importancia de notable calado estratégico para la seguridad regional. Su radio de expansión incluye la península arábiga, el Golfo de Adén, el Golfo Pérsico, el Cuerno de África, Egipto y Sudán, escenarios contextualizados por la presencia de células islamitas yihadistas, de la piratería (Somalia) y de un elevado tráfico comercial y de armamentos así como de transporte energético.

Esta perspectiva persuade a los actores involucrados a la concentrar posiciones de poder dentro del escenario yemenita. EEUU, Europa, diversos países árabes y musulmanes de notable posición geopolítica y principalmente sunnitas (Egipto, Turquía, Marruecos, Pakistán) así como Israel, apuestan por la preponderancia saudita en el conflicto yemenita, traducida en la ofensiva aérea a través de la coalición internacional y el CCG contra posiciones houthíes y la concentración de tropas en la frontera.

En este sentido, el objetivo occidental y saudita es evitare la toma por parte de las milicias houthíes (y por consiguiente del radio de actuación iraní) del estratégico punto de Bab al-Mandeb, enclavado en el Golfo de Adén y próximo con las islas Socotras. Este punto es un paso estratégico para el comercio marítimo y energético mundial, debido a que une el Golfo Pérsico y el Océano Índico con los Mares Rojo y Mediterráneo, implicando una importancia similar a la del Canal de Suez.

A consecuencia, Irán intenta equilibrar la correlación de fuerzas y la presión del “eje sunnita” capitaneado por Arabia Saudita, sus aliados árabes y tácitamente por Washington, con la finalidad de evitar una derrota severa de sus aliados houthíes ante la eventual preponderancia saudita que implique un desequilibrio regional, principalmente en el Golfo Pérsico.

Finalmente, el yihadismo salafista también juega sus cartas, especialmente por el pulso aparentemente establecido entre Al Qaeda y el Estado Islámico por controlar posiciones en un entorno estratégico Yemen y su periferia.

Para Al Qaeda en la península arábiga, el control de Yemen se presume estratégico, especialmente ante lo reciente avance de las milicias del Estado Islámico hacia Damasco, y por las recientes simpatías y alianzas adquiridas por el EI, como es el caso del grupo islamita Boko Haram al norte de Nigeria.

Paralelamente, el conflicto de Yemen puede igualmente repercutir en una nueva estrategia de expansión de las actuaciones regionales de Al Qaeda, el cual puede explicarse tras el reciente atentado del grupo islamita somalí Al Shabab en la universidad de Kenia.

Pero la ofensiva militar saudita y de sus aliados árabes y musulmanes en Yemen, así como los intereses de Washington y de otros aliados como Israel, sugiere observar que detrás del conflicto yemenita existiría una estrategia geopolítica orientada a la reconfiguración del sistema de alianzas y del equilibrio regional post-Primavera árabe, así como en la eventual conformación de estrategias conjuntas de actuación para repeler cualquier alteración del nuevo status quo en construcción. 

 

 


 

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