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Magazine Español (Venezuela) 15 de Xullo de 2014 Mansilla Blanco

El verdadero “Maracanazo”

O espectacular atardecer no Corcovado de Río de Xaneiro, minutos antes da Final do Mundial 2014

Mucho se ha hablado del efecto psicológico provocado por la humillante goleada 1-7 de Alemania a Brasil en las semifinales del Mundial. El posterior título germano ante Argentina en la final vino a confirmar su potencialidad, edificada gracias a una década de trabajo silencioso impulsado por un inteligente relevo generacional y un necesario cambio de cultura futbolística. Pero en este Mundial han habido otros “Maracanazos”, no siempre vinculados con el fútbol pero que nos enseñan más de lo que realmente creemos.

Hay evidencias de que ciertos patrones culturales pueden definir diversas pautas de lo que ha sido el Mundial. El fracaso de talentos individuales como Messi, Cristiano Ronaldo o Neymar, ha dado paso a la preeminencia del juego colectivo, donde Alemania, Holanda e incluso Argentina han logrado imponer su oficio y experiencia.

En un Mundial netamente latinoamericano, Alemania ha sido la primera selección europea en ganarlo en tierras americanas. Esto constituye un indudable hecho histórico, tanto como la inesperada goleada infligida al anfitrión, una de las mayores en la historia mundialista.

Junto al ridículo de la vigente campeona España, nadie se explica cómo Brasil, el pentacampeón con más Mundiales en su palmarés, cuya marca-país se explota comercialmente en torno al fútbol, la samba y el carnaval, haya transitado por este torneo ofreciendo una imagen opaca y triste, sumido en una depresión de terapia urgente. La opacidad en la ceremonia de clausura fue tan evidente que la única brillantez fue el espectacular atardecer detrás del Corcovado de Río de Janeiro, justo frente al Maracaná.

Si bien las protestas sociales pre-Mundial fueron obligatoriamente desvaneciéndose mientras el torneo se desarrollaba, las mismas comenzarán a cobrar intensidad de cara a las elecciones presidenciales de octubre próximo. Brasil es un país en transformación, con un cambio social inevitable. Eso ni siquiera el fútbol lo puede evitar.

Por otro lado, este Mundial certificó que en el fútbol, las distancias se reducen cada vez más. Costa Rica, Argelia, Colombia, Nigeria, incluso la debutante Bosnia-Herzegovina, han demostrado que no hay rival pequeño. Aunque la hegemonía sigue siendo europea y suramericana, más en el caso europeo, con once títulos sobre nueve, y tres Mundiales consecutivos desde 2006.

El oneroso gasto del Mundial, por no hablar de las primas y sueldos de las “estrellas”, las indecorosas reventas de entradas, etc, son un reflejo de que el fútbol es marketing imparable, lo que reduce su influjo romántico. Y también un fenómeno global, que ocupa durante un mes casi la totalidad de la atención informativa y “oculta” todo lo demás: mientras el balón rodaba en Brasil, por ejemplo, Israel preparaba una nueva agresión a los palestinos de Gaza. Y ni hablar de la explotación laboral que sufren poblaciones infantiles en países en desarrollo sobre todo lo que tiene que ver con el marketing mundialista.

Pero hay gestos solidarios que merecen reflejarse: los jugadores argelinos donaron sus primas ganadas por acceder a octavos de final, a las víctimas palestinas que sufren la agresión israelí a Gaza. Ese es el verdadero “Maracanazo”. No todo es dinero en el fútbol. Messi, Cristiano y Neymar deberían aprender de ello.

             

           

 

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