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IGADI 7 de Setembro de 2015 Toro Hardy

¿Es viable la hegemonía alemana en Europa?

La tradicional enemistad Franco-Alemana se desvaneció en base a un pacto tácito surgido en tiempos de la Guerra Fría y consolidado con el surgimiento de la Unión Europea: a pesar de su músculo económico, Alemania le reconocía a Francia su primacía política. El sostenido declive económico de la segunda y el fortalecimiento sin freno de la primera terminaron, no obstante,  haciendo inviable este acuerdo. Máxime cuando la reunificación germana fue consolidando una nueva dimensión de jerarquía política. Al creciente vigor político alemán se ha sumado la ausencia de un contrapeso adecuado en Bruselas, capital teórica de Europa, o en algún otro lugar de ese continente. En los últimos años Alemania se ha ido transformando así en el epicentro hegemónico europeo.

Alemania, sin embargo, pareciera poco preparada para asumir este papel. La hegemonía, de acuerdo a la definición clásica de Gramsci, se sustenta en la capacidad para definir la agenda política y determinar el marco de referencia del debate, lo cual por definición requiere del reconocimiento brindado por los otros. Alemania adolece de dos limitaciones básicas en este sentido.

La primera de tales limitaciones viene determinada por su relativa inexperiencia en materia de política exterior. Esta aseveración resulta valida, desde luego, si nos remontamos únicamente al final de la Segunda Guerra Mundial y no buscamos retrotraernos a otros tiempos. Durante parte importante de la Guerra Fría la política exterior de la  República Federal Alemana fue marcadamente unidimensional, girando alrededor de un tema básico: la “ostpolitik”. Es decir, el acercamiento con la República Democrática Alemana con miras a la eventual reunificación. De su lado la política exterior de esta última no fue otra cosa que una extensión de la de Moscú. A ello debe agregarse el acuerdo tácito entre la República Federal Alemana y Francia (antes y después de la reunificación), de ceder a esta última la primacía en temas de política exterior, así como la sujeción del país al marco de seguridad colectiva controlado por Washington. El resultado de todos estos factores no podía ser otro que el de una manifiesta falta de destreza en el manejo de los asuntos internacionales.

Berlín carece, en efecto, del fogueo adecuado para forjar los consensos que requiere un entorno europeo de altísima complejidad. Este último se caracteriza por las diferencias entre sus países del Norte y del Sur, del Este y el Oeste, entre sus estados grandes y pequeños, entre los ricos y no tan ricos, entre acreedores y deudores, entre los diecinueve miembros de la Eurozona y los nueve países de la Unión Europea que no integran la Eurozona. A todo ello se agrega el requerimiento de saber actuar con flexibilidad y sutileza en medio de una institución que, como la Unión Europea, es supuestamente una asociación entre iguales. Para moverse con éxito en un entramado plural, versátil y complicado como éste hace falta un nivel de veteranía del cual Alemania carece.

La segunda de las dos limitaciones se encuentra estrechamente vinculada a la primera y resulta aún más significativa. Alemania define sus prioridades hacia el exterior, y por extensión las impone dentro de su ámbito hegemónico, a partir de una simple extensión de sus convicciones domésticas. El manejo de la crisis griega y la de la actual crisis migratoria pueden corroborarlo. En el primer caso Berlín impuso a Atenas uno de los paquetes económicos más duros y humillantes de la historia reciente, pasando por encima de las objeciones de la mayor parte de Europa y del propio Fondo Monetario Internacional. Detrás de ello se encuentra el puritanismo luterano y la devoción casi religiosa por las reglas pautadas, propios de la identidad germana. De hecho en alemán el término “schuld” significa a la vez deuda y culpa, lo que hace que en la psiquis germana ambas vertientes de la palabra sean asociadas. De tal forma la redención de la culpa pasa por el sufrimiento. Jacob Soll, reconocido académico y autor estadounidense, explica así el tratamiento de la crisis griega por parte de Alemania: “Los deudores que no  cumplen tienen simplemente que sufrir” (“Germany’s destructive anger”, International New York Times, 16-07-15).

Algo similar podría decirse en relación al tratamiento de la avalancha migratoria que sacude a Europa. Una Alemania traumatizada por la herencia del nazismo ha hecho del humanitarismo una profesión de fe, lo cual proyecta a este caso. Sin preocuparse por la inmensa vulnerabilidad política que este tema le representa a otros gobiernos de la región o por las tasas masivas de desempleo que enfrentan varios países de ésta, Berlín quiere que todos compartan los costos asociados a su particular carga de culpa histórica.  

Lo cierto es que sus posturas arropadoras y arrolladoras en relación a Grecia, Rusia o la inmigración han generado malestar, resentimiento y división. Máxime cuando las mismas emanan de sus preferencias domésticas y no del interés general del conjunto. Se trata de un lujo que Alemania no puede darse en un continente donde la memoria de la Segunda Guerra aún permanece fresca.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais