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14 de Outubro de 2019 Toro Hardy

Espacios tapones

Tras el colapso del imperio soviético dos libros paradigmáticos buscaron explicar hacia donde se dirigiría el mundo con el fin de la Guerra Fría. Se trató de “El Fin de la Historia”  de Francis Fukuyama y de “El Choque de las Civilizaciones” de Samuel Huntington. Mientras para el primero el planeta tendía a homogeneizarse bajo la democracia y el libre mercado, para el segundo se entraba en una etapa de confrontación entre las siete grandes civilizaciones globales, siendo particularmente notorio el enfrentamiento entre Occidente y el Islam. Un tercer libro de mucha importancia, que buscó dar respuesta a la misma interrogante, no obtuvo la resonancia de aquellos. Su título era “El Imperio y los Nuevos Bárbaros” y su autor era el actual miembro de la Academia Francesa Jean-Christophe Rufin. El no provenir de la esfera anglosajona fue quizás la razón que determinó la resonancia menor de esta obra. De hecho, el único libro escrito por un francés que ha alcanzado talla global en las últimas décadas ha sido “El Capital en el Siglo XXI” de Thomas Piketty.

Recurriendo a un símil con el Imperio Romano y los territorios bárbaros no asimilados que lo rodeaban, Rufin dividía al mundo de las post Guerra Fría en dos grandes espacios. El imperial, conformado por el hemisferio Norte y el bárbaro, representado por el hemisferio Sur. Según él no habría articulación posible entre los mismos. Se trataba de dos esferas humanas llamadas a evolucionar en dirección contraria. Una hacia la prosperidad. La otra hacia una era de cataclismos económicos, políticos y sociales. El “Nuevo Imperio” (el hemisferio Norte) buscaría por tanto resguardar su florecimiento y su estabilidad de los sobresaltos inevitables en los que se sumiría el Sur. A tal fin, se abocaría a la construcción de una zona de delimitación con este último. La misma se identificaría con aquellas fronteras “blandas” que utilizaban los romanos y que fueron conocidas con el nombre latino de “limes”. Según Rufin el Nuevo Imperio crearía así un espacio “tapón”, por vía de una cadena de estados colindantes a los que se les permitiría beneficiarse parcialmente de la prosperidad del Norte. Países como México o Turquía formarían parte natural de esa cadena que estaba llamada a actuar como muro de contención frente a los flujos migratorios provenientes de un Sur sacudido por crisis continuas.

De más está decir que Rufin erró de manera importante en su análisis prospectivo del Sur. Este último, evidenció crecimiento económico e inmensa superación de pobreza. En efecto la globalización económica, diseñada a imagen y semejanza de los intereses de los países del Norte, no sólo termino volviéndose contra sus creadores sino que dio vuelo al emerger del Sur. Al promover la inclusión dentro de la ecuación laboral mundial de 1,3 millardos de chinos o 1,2 millardos de indios, dentro del contexto de una carrera hacia la mano de obra de menores costos, los países occidentales terminaron socavando su capacidad competitiva. En el proceso externalizaron hacia el mundo en desarrollo millones de empleos y transfirieron masivamente tecnología de punta hacia China. Bajo el liderazgo de este último país el hemisferio Sur pudo integrarse crecientemente y llegó a representar para 2011 el 75% del crecimiento de la demanda global. Cierto, el desaceleramiento del crecimiento económico  chino y la falta de expansión económica del mundo desarrollado, generarón una contracción económica en los países en vías de desarrollo. No obstante, es claro que el Sur ha estado lejos de adecuarse a la visión apocalíptica que planteó Rufin.

La Primavera Árabe, sin embargo, trajo consigo dosis mayúsculas de desorganización y anarquía societarias, amén de una terrible guerra civil en Siria. Ello desató la mayor crisis de refugiados vivida por Europa desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Ante el impacto de la misma, la Unión Europea buscó respondercomo lo anticipó Rufin. Es decir, recurriendo a un espació tapón susceptible de servir de muro de contención frente a ese impacto migratorio. Fue así que en el momento álgido de la crisis firmó un acuerdo con Turquía, ofreciendo a ésta ventajas múltiples, a cambio de contener en su territorio el impacto humano proveniente de Siria.

Cabría recordar que también Estados Unidos recurrió a su propio espacio tapón en México, Centroamérica y República Dominicana. Al integrarlos a su esfera económica y al trasladar a ellos, sobre todo al primero, una parte de su aparato industrial, siguió de cerca la prescripción de Rufin. Trump cambió el enfoque. Endureció los términos de la relación económica con México y desalentó a sus empresas a mover sus fábricas allí. Más aún, ha recurrido a las amenazas económicas para forzar a México a convertirse en barrera de contención frente la inmigración centroamericana. Como sea, México sigue actuando como Estado “tapón”, en función de consideraciones económicas.

De una manera u otra, el libro de Rufin ha superado airosamente el paso del tiempo y sigue manteniendo un nivel importante de vigencia.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais