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IGADI 13 de Xullo de 2015 Toro Hardy

Estados Unidos: Entre plutócratas y desplazados

En enero de este año la organización internacional Oxfam, basada en Oxford, Reino Unido, difundió un reporte titulado “Riqueza: Tenerlo todo y querer más” donde proporcionaba una cifra  espeluznante: A partir de 2016 la riqueza de 1% de la humanidad superará a la del 99% restante. Esta disparidad comienza en los predios mismos de los países ricos que es donde el incremento de la desigualdad se hace más notorio. El mejor ejemplo en tal sentido lo representa Estados Unidos, donde la riqueza poseída por el 0,1% de arriba resulta igual al del 90% de su población contada a partir de abajo (Angela Monaghan, The Guardian, 13 noviembre, 2014).

Los datos que confirman esta polarización en la distribución de la riqueza en Estados Unidos hablan por sí solos. Entre 2002 y 2007 el 1% de su población obtuvo los dos tercios de las ganancias resultantes del crecimiento económico del país durante ese período. Sin embargo, el porcentaje de beneficios obtenido por el 00,1% resultó superior a los dos tercios de lo que alcanzó ese 1%. Dicho 1% se encuentra constituido por 1,35 millones de hogares que disponen de un ingreso promedio anual de 1,12 millones de dólares, mientras que el 00,1% se encuentra representado por 14.588 familias cuyo ingreso anual supera los 11.477.000 dólares. Siguiendo esta misma ruta encontramos que la riqueza combinada de las cuatrocientas personas más acaudaladas de los Estados Unidos alcanzó a 2 billones (millón de millones) de dólares en 2013, habiéndose duplicado entre 2003 y esta última fecha. En 2010 los seis herederos de Sam Walton, el fundador de Walmart, poseían una riqueza combinada superior al 40% de la población estadounidense contada a partir de abajo. Mientras tanto en 2009, el 80% de la población estadounidense había evidenciado una disminución neta de su patrimonio en relación a 1983 (Erik Brynjolfsson y Andrew McAffe, The Second Machine Age, New York, 2014).

El factor determinante de esta brecha en vertiginoso ascenso es la tecnología. Es decir, la dicotomía existente entre quienes pueden beneficiarse de ella por adquisición o generación y quienes se ven desplazados por ésta. Tal desplazamiento puede producirse por dos vías. Primero por la externalización de empleos hacia el exterior que se posibilita por el gigantesco avance en las tecnologías del transporte, las comunicaciones y la informática. Segundo como resultado de la sustitución del empleo humano por las diversas variantes de la revolución digital. Durante los años iniciales del presente siglo prevaleció lo primero. A partir de la crisis económica del 2008 se aceleró exponencialmente lo segundo. De acuerdo a una investigación realizada por Carl Frey y Michael Osborne, el 47% de los empleos en Estados Unidos corren el riesgo de ser automatizados en el transcurso de la próxima década (“The Future of Employment”, Department of Engineering Science, Oxford University, 2013).

Entre yates y Ferraris

En medio de esta acelerada polarización entre los que se van haciendo cada vez más ricos y los que se van viendo laboral y económicamente desplazados, surge la interrogante de cómo se sostendrá la demanda agregada en ese país. ¿Podrán las minorías privilegiadas mantener al aparato productivo en marcha? Ya en la actualidad el 40% del consumo doméstico estadounidense es sostenido por el 5% de su población más pudiente. Sin embargo, como señala Martin Ford, la automatización en marcha no sólo afectará al 95% de la población, sino también a parte importante de ese 5%.

Según Ford: “El escenario más temible a largo plazo sería que el sistema económico lograra adaptarse a esta nueva realidad. En un proceso perverso de creación destructiva las industrias de consumo masivo que mantienen en pie a nuestra economía podrían verse reemplazadas por nuevas industrias productoras de bienes y servicios destinadas a satisfacer las necesidades de la élite súper rica” (The Rise of the Robots, New York, 2015). Este escenario es visto como plausible por Paul Krugman, quien considera que el aparato productivo podría llegar a sostenerse “en base a la compra de yates o carros de lujo así como a servicios prestados por entrenadores personales o chefs célebres” (citado por Martin Ford).

Muy a su pesar Krugman, quien es sin duda uno de los economistas más sensatos de nuestros días, se ve obligado a reconocer la viabilidad de una economía sustentada en la producción de Ferraris, cruceros de super lujo, aviones privados o comerciales con sólo Primera Clase y demás manifestaciones de consumo suntuario. De hacerse realidad esta hipótesis aterradora, que sin duda no se restringiría a Estados Unidos, las nociones de Estado y democracia deberían sufrir una reformulación radical. No sería posible, en efecto, concebir su existencia en medio de la dicotomía entre una casta plutocrática todopoderosa y el resto de una humanidad librada a su propia suerte, tal como lo reflejaba recientemente la película “Eliseo” protagonizada por Matt Damon.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais